Hoy os traigo un relato que algunos ya conoceréis, pues apareció en la novela La ciudad blanca, de Leyendas de Lácenor. A los que no, espero que os guste.
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Caía la noche lenta e implacable, cubriéndolo todo de sombras y oscuridad. El bosque parecía un remanso de paz y tranquilidad en ese momento de la noche en el que los animales diurnos ya se han retirado a descansar y los nocturnos aún no han salido de sus escondrijos. El viento agitaba las hojas de los árboles hablando en un leve susurro que, combinado con el rítmico fluir del río, creaba una musicalidad capaz de atrapar a cualquiera que dedicase el tiempo suficiente a escucharla.
Ajeno a todo lo que le envolvía una figura permanecía de pie en la linde del bosque como si dudase si debía o no internarse en aquel lugar mágico. El hombre, cuyas armas y armadura le identificaban como caballero, se encontraba librando la más grande batalla en la que jamás había participado. Pero en esta ocasión no luchaba contra ningún monstruo ni guerrero oscuro. Se enfrentaba a sí mismo. Recordaba las lecciones inculcadas por su padre y maestro desde que tenía edad para comprender, lecciones sobre el honor, el deber, la lealtad y el valor que le habían marcado en cada paso que había dado a lo largo de su vida. Sabía qué era lo que se esperaba de él, así como cuáles eran sus obligaciones y responsabilidades. Sabía qué era lo que debía hacer. Y, cuando parecía ir a dar el paso definitivo, la recordaba a ella.
Revivía el momento en que la conoció, cuando aquella mágica sílfide surgió del bosque para encontrarse con él, inundando su corazón de un amor que, desde ese día, ardía con tal pasión que le había marcado a fuego, una marca indeleble y eterna que nunca perecería. Recordaba cómo habían corrido entre ríos y maleza para poder compartir unos valiosos minutos, ambos huidos de sus respectivos mundos. Y allí, donde solo los árboles eran testigos de su amor, se prometieron que siempre estarían juntos.
Fáciles e inconscientes palabras.
El caballero no sabía entonces lo que iba a suponerle tal promesa, pero no estaba seguro de que en el caso de haberlo sabido hubiera actuado de otro modo.
Ante él tenía ahora dos caminos, ambos difíciles de elegir pero también de descartar, y ambos en crisis con sus votos de caballero. Sabía perfectamente lo que para su familia supondría su marcha, la deslealtad y el deshonor que conllevarían sus acciones. Pero también sabía que de no hacerlo rompería una promesa y haría daño a quién más le importaba. ¿Cómo elegir entre ambos caminos sabiendo que no habría elección acertada?
El caballero sacó de su jubón un mechón de cabellos de oro y el anillo con el sello de su familia. Acarició el recuerdo de su amada, dejando que su perfume le embriagase mientras recorría con sus dedos los sedosos hilos dorados. Alzó el anillo y los sostuvo ante sí, admirando sus formas redondeadas y el detallado escudo familiar que para él tanto significaba, deleitándose con los reflejos plateados de la joya. Amaba a su enamorada, pero también a su familia. Los observó, enfrentado de nuevo a la difícil elección que le atormentaba…
Como la luz de la luna entre la oscuridad de la noche, la respuesta pareció abrirse paso entre las tinieblas de la incertidumbre, mostrándole el camino a seguir. Advirtió que, de un modo u otro, ambas opciones le llevarían a diferentes destinos con muy distintas recompensas y castigos. Comprendía ahora que no había camino bueno, pero tampoco malo. No podía elegir, no mientras pretendiese que su elección le llevase a la decisión adecuada.
Pero sabía qué era lo que su corazón -su alma- necesitaba y anhelaba. Más allá de obligaciones, compromisos o promesas pasionales; más allá del honor y del deber; más allá de lo que era correcto o incorrecto. Comprendía al fin cuál debía ser el camino a seguir si no quería traicionarse a sí mismo.
Aliviado, el caballero comenzó a caminar.
No miraría atrás.