martes, 23 de febrero de 2010

Imagen promocional

domingo, 21 de febrero de 2010

Noticias

Hay confirmadas a lo largo del año presentaciones en Valencia, Madrid y Gandía (Valencia). Además, me gustaría mucho poder presentar también en Córdoba y Barcelona. A lo largo del mes, una vez hagamos el anuncio de la fecha de publicación de Leyendas de Lácenor: La ciudad blanca, iré dando más datos y fechas.

Mapas

Mapas

sábado, 20 de febrero de 2010

Caronte

Leyendas de Lácenor: La ciudad blanca.

CAPÍTULO 1.

Año 1002 de la Era de los Mortales.

La llegada del invierno solía ser señal de calma y tranquilidad en Orium, enclavado al noreste de Madoria como único paso entre las cordilleras que marcan la frontera del imperio con el reino de piedra de los enanos. La ciudad, declarada independiente décadas atrás, se alzaba entre valles y montañas, rodeada por una muralla de piedra. En el interior podía encontrarse un lugar apacible y tranquilo, con una población de varios cientos de personas, humanos en su mayoría. Desde su fundación el lugar había sido más un puesto de comercio fronterizo entre enanos y humanos que otra cosa, por lo que solía disfrutar de paz y tranquilidad. Se encontraba situada entre picos nevados, majestuosa. En invierno era frecuente que la ciudad luciera completamente blanca, a causa de las copiosas nevadas que caían en zonas tan elevadas. Además, al estar situada entre las montañas y a varios días de viaje de la ciudad más próxima, Orium debía permanecer aislada durante los meses más gélidos. En realidad eso era algo que nunca había preocupado a sus habitantes, más que acostumbrados a tratar con las inclemencias del tiempo. Pero ese año, el 1002 de la Era de los Mortales, iba a ser diferente. Por algún motivo que nadie alcanzaba a comprender, Lácenor entero parecía estar alterado; desde hacía unos meses los incidentes y conflictos se sucedían en cualquier rincón del mundo. Nadie conocía los motivos de tales ataques y solía causar mayor inquietud cómo rechazar las agresiones que comprender qué era lo que las originaba. La supervivencia en los tiempos que corrían era un bien demasiado valioso y difícil de conservar como para preocuparse de nada más.

Así sucedía también en Orium. En las últimas semanas había sufrido la desaparición de diversos habitantes, en su mayoría muchachas jóvenes. Por ello, cuando varios vecinos aseguraron haber visto figuras cubiertas por túnicas negras y capuchas o máscaras siniestras en la oscuridad de la noche, se propagó el temor de que un grupo de fanáticos de Angorthor estuviera detrás de esas desapariciones.

Fue entonces cuando decidieron buscar ayuda del exterior.

–Lord Cirn, un emisario de la ciudad fronteriza de Orium espera audiencia –informó el anciano criado a su señor, conocido como el Paladín Blanco, maestro de la Orden Blanca. Esta, fundada por un reducido número de seguidores de la Luz unos años antes, no había hecho más que conseguir un éxito tras otro desde su creación, había cosechado victorias y exterminado el mal allí donde lo encontraban, o donde creían encontrarlo. Su empeño en librar al mundo de todo lo que consideraban maligno les había creado numerosos enemigos, pero eso era algo que ni a Cirn ni a sus fieles seguidores les preocupaba lo más mínimo.

–¿Orium has dicho? –preguntó el aludido con sorpresa, levantando la vista del libro en la lectura del cual se encontraba sumergido. El hombre, de unos cuarenta años, lucía barba y cabellos níveos sumamente pulcros y cuidados.

–Sí, señor. Es una pequeña ciudad del noreste del país que…

–Conozco el lugar, Álfred. Que sea de la capital no significa que no conozca el resto de Madoria –interrumpió secamente el caballero mientras depositaba el libro en una pequeña mesita–. Debe estar realmente desesperado. Hazle pasar, siento curiosidad por saber qué puede ser tan importante como para hacer semejante viaje a estas alturas del año. Encárgate de que le traigan un poco de vino y algo de comer –añadió mientras se acomodaba en su sillón. Tras una leve inclinación de cabeza el sirviente salió de la habitación. Unos minutos más tarde un joven harapiento, delgado y sucio entró escoltado por dos de los caballeros de la guardia personal de lord Cirn.

–Gracias por recibirme, mi señor –farfulló el mensajero, visiblemente nervioso.

–Siéntate, por favor –indicó el Paladín Blanco señalando una silla con un leve movimiento de cabeza–. Cuéntame qué es lo que te ha hecho venir hasta aquí desde tan lejos.

El muchacho retorcía entre las manos un estropeado gorro de cuero sin atreverse a levantar la mirada del suelo.

–Verá, señor… no sabíamos a quién acudir que pudiera ayudarnos, pero alguien de mi ciudad dijo que había oído historias sobre vuestra cruzada contra la Oscuridad y pensamos que tal vez… tal vez… –tartamudeó. Era evidente que aún estaba asustado y agotado. El regreso del criado con una botella de vino y unas viandas frías interrumpió el tembloroso discurso.

–Bebe un trago para quitar el polvo de la garganta y come algo, hijo. Cuando estés preparado habla con libertad. Sea lo que sea de lo que estás tan asustado aquí ya no puede hacerte ningún daño, te lo garantizo. –Una esperanzada sonrisa nació en el fatigado rostro del mensajero, embriagado por la calidez y tranquilidad que irradiaba el hombre que tenía ante él.

–Señor. –El hombre se puso en pie de nuevo–. Os agradezco tanta amabilidad, pero permitidme cumplir con mi cometido antes de aceptar vuestra hospitalidad.

Ante estas palabras lord Cirn sonrió levemente y, con un gesto de la cabeza, animó al mensajero a seguir hablando.

–Mi señor, tenemos serios motivos para creer que una secta de adoradores del Oscuro se ha instalado en Orium. Mucha gente ha desaparecido, pensamos que han sido víctimas de los sectarios. Por las noches el viento trae cánticos siniestros, no sabemos muy bien de dónde. Tenebrosas sombras recorren las calles en busca de nuevos sacrificios. Hemos intentado enfrentarnos a ellos, pero todo el que lo hace muere a causa de oscuros hechizos. De nada sirve la milicia contra esos hombres, señor. Estamos desesperados, no sabemos a quién más acudir. Si nos ayuda, nosotros…

El Paladín Blanco ordenó silencio con un gesto y el mensajero obedeció, sumiso.

–Ayuda viniste a buscar y ayuda has encontrado, hijo. No necesitas más argumentos que el terrible tormento al que os tiene sometido el Oscuro para convencerme. Ahora descansa, partiremos al amanecer.

Álfred contempló detenidamente al mensajero, que reposaba en una cama después de lavarse, asearse y haber comido algo. Era obvio que se encontraba al límite de sus fuerzas y el criado sabía que cualquier persona capaz de llegar a ese extremo para solicitar ayuda realmente debía necesitarla. Su señor no había dudado un solo instante en prestar su auxilio a esa ciudad, pero eso no hacía que él estuviera menos preocupado. Llevaba mucho tiempo trabajando para el Paladín Blanco y sabía perfectamente de lo que era capaz.

Mientras salía de la habitación y cerraba la puerta pensó que tal vez fuera eso lo que más le preocupaba.

–¿Se encuentra bien nuestro invitado, Álfred? –inquirió una voz desde el pasillo.

Sobresaltado, el aludido se giró, encontrándose a Cirn ante él. No lo había oído acercarse.

–Sí, señor. Ya se ha aseado y ha comido algo. Ahora está descansando.

–Excelente –respondió el caballero mientras se giraba para volver sobre sus pasos.

–Eh… señor, si me lo permite querría preguntarle algo –murmuró el criado, dubitativo.

–¿Qué sucede?

–Me ha sorprendido la rapidez con la que ha aceptado socorrer a esas personas. ¿Partir al alba hacia esa ciudad? No querría parecer insensible, pero ni tan solo sabe a lo que se enfrentará allí. Puede ser un poco arriesgado ir a ciegas, mi señor. Si al menos retrasase su partida una semana, lo suficiente para organizar un viaje en condiciones…

–Álfred, ¿acaso estás poniendo en duda la capacidad de mi Orden Blanca?

–No, mi señor. Jamás se me ocurriría hacer algo así.

–Eso espero –advirtió el maestro de la orden sin volverse.

El criado, incómodo, se apresuró a retomar sus quehaceres cuando la voz de su señor lo detuvo.

–Espera, Álfred.

–¿Señor?

–No era mi intención ser tan brusco –se disculpó Cirn mientras se acercaba al anciano y le posaba una mano en el hombro–. Verás, viejo amigo. Llevo mucho tiempo esperando una ocasión como esta. Desde que consagré mi vida a Isilwentari, la Madre Luminosa, he esperado una oportunidad para demostrar tanto mi valía como la de la Orden Blanca. Ese lugar permanecerá sitiado por la nieve durante todo el invierno, permitiéndonos actuar sin intervenciones externas y hacer las cosas a nuestra manera. Hasta el momento hemos estado demasiado limitados, no nos han dejado obrar libremente. Este puede ser el inicio de un gran futuro para todos nosotros, futuro en el que Lácenor entero estará purgado de todo mal.

–Lo… lo comprendo, lord Cirn. Ahora, si me disculpa, debo prepararlo todo para el amanecer –respondió el criado con una reverencia. El caballero sonrió mientras lo veía alejarse por el pasillo.

Unos fuertes golpes en el pesado portón de madera despertaron a Bonzo que, perezosamente, levantó la cabeza. Hacía una noche horrible en Orium, la lluvia caía a raudales y de un momento a otro estallaría una feroz tormenta, a juzgar por las oscuras nubes que se arremolinaban en el cielo. De haber sabido el tiempo que haría, el guardia jamás se habría apostado el horario de vigilancia en aquella estúpida partida de cartas... Los golpes volvieron a escucharse y, sacudiendo la cabeza para despejarse, Bonzo se incorporó para aproximarse al pequeño ventanuco del portón.

–¿Quién va? –preguntó, mientras echaba un vistazo fuera. Un orgulloso caballo castaño se hallaba bajo la lluvia portando una figura fornida y desafiante completamente oculta tras una capa y una capucha.

–Un viajero cansado, amigo. ¿Puedo pasar? Como ya habrás observado el tiempo no acompaña aquí fuera –respondió el aludido.

–Muy cierto, pero no se me permite dejar entrar a desconocidos. Me temo que debo insistir en que os identifiquéis tanto vos como al asunto que os trae aquí. La situación actual de la ciudad nos obliga a tomar estas medidas –explicó el guardia.

–Sea –respondió el otro, apartándose la capucha del rostro, mostrando a un joven pelirrojo de expresión confiada y decidida–. Soy Konrad DeVurd, caballero de la Orden Blanca –dijo, a la vez que mostraba un emblema–. Ignoro si esto os resulta familiar, pero os doy mi palabra de honor de que no soy portador de problemas. Respecto a mis motivos, vengo como avanzadilla para anunciar la llegada dentro de unas horas de lord Cirn DeNekut y la Orden Blanca. Llevamos una semana viajando para acudir en vuestra ayuda y agradeceríamos un recibimiento algo más agradable.

–Disculpe mi rudeza, señor DeVurd –dijo el vigilante mientras se apresuraba en abrir el pesado portón–. Como le decía, la situación aquí es muy tensa y toda precaución es poca. Puede pasar, diríjase por ese camino, a seis casas de aquí encontrará la del alcalde. Estoy seguro de que no le importará que lo despierten a estas horas, dada la importancia de vuestra llegada –informó.

Con un gesto de agradecimiento, el caballero hizo un doble chasquido con la lengua y el caballo comenzó a caminar, obediente.

El guardia observó con curiosidad cómo el recién llegado se perdía en la noche mientras él cerraba de nuevo. Un rayo brilló en el cielo y, acto seguido, un terrible trueno estalló, anunciando la ya inminente tormenta. Con una maldición, Bonzo se arremolinó en su capa bajo el frágil techado que pretendía protegerle durante su guardia.

La próxima vez sin duda se lo pensaría mejor antes de apostar.

–Finalmente, desearía agradecer una vez más a Cirn y a su Orden Blanca que hayan acudido en nuestra ayuda tan prontamente en un momento de tanta dificultad, trayendo consigo el auxilio de Isilwentari; Diosa de la Luz y de la Vida, para combatir a los seguidores de las tinieblas que amenazan la paz de nuestra ciudad. Por ese motivo yo, Frederick Bosqueoscuro, alcalde de Orium, les otorgo ante vosotros plenos poderes durante su estancia aquí, así como todo aquello que les sea necesario para proseguir con su sagrada misión, siempre y cuando esté en nuestras manos aportarlo. ¡Cualquier cosa con el fin de devolver la tranquilidad y la seguridad a nuestros ciudadanos! Además, recompensaremos sus servicios con dos cofres llenos de oro y joyas recolectados entre todos los ciudadanos, puesto que nada de eso nos importa si nuestra seguridad queda comprometida por los sectarios. ¡Que la Luz de Isilwentari nos libre de su manto de terror! –concluyó el dirigente de la ciudad; un individuo bajito y nervioso, de gran bigote gris, provocando un estallido de aplausos entre los oyentes del discurso de bienvenida que acababa de pronunciar.

A su lado se hallaba un hombre maduro de porte confiado cuyas duras facciones quedaban enmarcadas por cabellos y barba blancas, ambos cortos y bien cuidados. Una capa del color de la sangre recién derramada con bordes de piel de zorro de las nieves contrastaba vivamente con la nívea armadura de placas que cubría su musculoso cuerpo. En la pechera lucía el característico escudo de armas del sacerdote guerrero: un caballo rampante junto a una flor de Lys –ambos de color blanco– sobre un fondo carmesí. El hombre portaba en su mano izquierda un ornamentado escudo con forma de lágrima donde lucía el mismo escudo de armas, mientras que la derecha acariciaba de forma casual la maza dorada que le colgaba del cinto. Cerca de él, junto al populacho, podía verse a sus fieles seguidores: cuarenta disciplinados hombres y mujeres divididos en grupos caracterizados por su atuendo. La mitad iban cubiertos con cotas de mallas sobre las que lucían tabardos blancos con el escudo de su señor, ceñidos con cinturones de cuero, a juego con botas y guantes. Los soldados estaban equipados con alabardas. Los demás vestían sencillas ropas ligeras, también del color de la nieve y con una pequeña imagen del escudo de armas de su señor plasmada a la altura del corazón. Unas aljabas de cuero cargadas de flechas descansaban sobre sus espaldas mientras que sus manos –igualmente enfundadas en guantes de cuero– sujetaban arcos largos de tejo. Al frente de cada uno de los dos grupos de hombres de armas se encontraban sus capitanes, que se distinguían por sus atuendos y armas de mayor calidad. Eran un hombre y una mujer respectivamente, ambos devotos y fieles seguidores de su señor.

Cerca de Cirn podía verse media docena de caballeros enfundados en brillantes armaduras metálicas. Estos, a modo de escolta, permanecían en todo momento pendientes de su señor, atentos a cualquier contratiempo que pudiese suceder. Cada uno de ellos lucía orgulloso el emblema de su familia en escudos y blasones, conscientes de que sus actos darían a su linaje mayor gloria y poder, motivo por el que habían decidido tiempo atrás unirse a la cruzada contra la Oscuridad del que ahora era su maestro.

El Paladín Blanco alzó una mano enfundada en un guantelete, tratando de acallar a la emocionada multitud. Cuando se impuso el silencio fue él quien tomó la palabra.

–Mis hombres y yo agradecemos vuestro cálido recibimiento –dijo con voz fuerte y firme– y os aseguro que no cederemos en nuestra divina misión hasta encontrar a esos perversos sectarios oscuros ¡y acabar con todos ellos!

Nuevos vítores surgieron de entre los ciudadanos, interrumpiendo a su héroe.

–Por tanto –prosiguió, esperando que se hiciese el silencio de nuevo–. Por tanto yo, Cirn DeNekut, juro que destruiré el mal que os amenaza así como a aquéllos cuyos envenenados corazones han abrazado la corrupta negrura del Oscuro, el nombre del cual no pronunciaré. Cumpliré con mi deber sagrado encomendado por Isilwentari. Pues sabed que, como su Campeón en los tiempos que corren, ¡yo soy el elegido para aplastar la maldad que anide en cualquier lugar de Lácenor! –concluyó, entre los gritos y vítores de la multitud, mientras una emocionada niña, de apenas ocho años de edad, se acercaba al caballero luciendo un bonito vestido hecho para la ocasión y con su hermosa melena castaña adornada con florecillas para entregarle un ramo de orquídeas, muestra de agradecimiento de los ciudadanos. Lord DeNekut aceptó el ramo con amabilidad, mientras acariciaba el bonito cabello castaño de la chiquilla, para regocijo de esta.

Por fin estaban a salvo.

Los mellizos Konrad y Kalerna, las más recientes incorporaciones a la guardia personal del Paladín Blanco, no daban crédito a todo lo que les estaba pasando desde su ingreso en la orden. Recordaban cuando, unos meses atrás, lord DeNekut había acudido en persona a recoger a los dos hermanos tras aceptar la generosa donación realizada a su causa por la familia de estos. Konrad y Kalerna empezaron en ese momento una nueva vida que duraría al menos los próximos cinco años, tiempo que su padre había acordado con el Paladín Blanco que estarían bajo su tutela. Sin embargo, los hermanos sabían que su familia era demasiado insignificante para que se interesasen por ellos y no había sido sino la donación que había hecho su padre al maestro de la Orden Blanca el motivo por el que les había aceptado. Pero no les importaba en absoluto, sabían que era un precio que valía la pena pagar.

Desde su llegada a Orium, la gente les paraba por la calle preguntándoles por lord DeNekut, agradeciéndoles que hubiesen acudido en su auxilio y suplicándoles que aceptasen todo tipo de regalos u ofrendas como agradecimiento.

Kalerna, cuyo interés y devoción superaban con creces los de su hermano, empezaba a comprender que no era la persona sino lo que él representaba el motivo de ese trato: el ideal de un grupo de guerreros que combatían contra cualquiera de las manifestaciones del mal que encontrasen, que hacían lo posible por dar caza a los seguidores de Angorthor y mantenían así a salvo los pueblos de Madoria e incluso de Lácenor entero. Se había dado cuenta, a pesar de su juventud, de que estaba viviendo un sueño de gloria y hazañas en pos del bien, sueño de todos aquellos que se internaban por el camino de la caballería. Tal vez algún día ella y su hermano podrían aspirar a merecer parte de esa admiración, a alcanzar tan solo una pequeña fracción del aprecio que la gente profesaba al Paladín Blanco. Pero por el momento se contentaban con presenciar desde su posición privilegiada el aura de gloria que rodeaba a lord DeNekut allá donde iba.

Ellos tan solo eran caballeros novicios anhelo debía ser aprender a actuar como tales, mejorar en sus entrenamientos de combate y estrategia y aumentar su sabiduría y nobleza de espíritu, aspirando a representar los auténticos valores de la caballería: honor, valor y lealtad.

Estaban decididos a convertirse en grandes héroes y llevar el orgullo a su familia y sabían que era estando al lado del Paladín Blanco como lo conseguirían, empezando por la sencilla tarea que les había encomendado en esa ocasión.

–¿Estás seguro de tus palabras? –inquirió Konrad, mirando con firmeza al campesino que se postraba ante él sin poder contener las lágrimas, fruto del miedo y la angustia. El joven caballero no podía dejar de admirar el coraje y el valor con el que esas gentes se estaban enfrentando a los sectarios, llegando a casos tan duros como el que se hallaba ante los mellizos.

–Sí, mi señor –respondió el hombre, sumiso–. No es de mi agrado acusar a nadie, pero he visto con mis propios ojos cosas que me hacen sospechar que mis vecinos sean acólitos del culto oscuro que está envenenando nuestra ciudad.

Los dos hermanos intercambiaron una mirada de complicidad, sabiendo cómo debían de actuar en esas situaciones. El delator los observó con curiosidad, advirtiendo por sus facciones angulosas y cabellos pelirrojos la conexión de sangre que les unía.

–¿Y qué cosas son esas que te permiten acusar con tanta confianza? –interrogó Kalerna, satisfecha de poder entrar en acción de nuevo para servir a su señor.

–Por las noches escucho extraños cánticos, gemidos de placer y gritos surgiendo de los sótanos de la casa. Estoy seguro, mis señores, de que son adoradores del Dios Oscuro que todas las noches entonan sus oraciones para después desencadenar en una orgía de sangre y sexo. Algo así no puede tolerarse en una humilde pero recta comunidad como la nuestra, como bien dijo lord DeNekut –concluyó el hombre, satisfecho.

–¿Por qué no dijiste nada antes? La milicia podría haberse hecho cargo –interrogó Kalerna, escéptica.

–No sabía en quién podía confiar. Si esos sectarios están mezclados con la población, cualquiera podría ser uno de ellos. Quizás el panadero o la boticaria. Tal vez el tabernero o cualquiera de las mujeres del burdel. Nadie está libre de sospecha, y por tanto no podemos confiar en nadie. Si alguien hablase con la persona equivocada, estaría condenado.

–Esas son acusaciones muy graves –confesó Konrad–. Sin duda deberemos comprobarlas antes de hacer nada al respecto. ¿Estás preparada, querida hermana?

–Siempre. Pongámonos en marcha, no hay tiempo que perder.

Lord Cirn escuchaba pensativo las palabras de los mellizos mientras disfrutaba de una copa de vino afrutado. Cuando terminaron de exponer los resultados de sus investigaciones con respecto a la reciente acusación, los dos caballeros esperaron pacientemente a que su señor asimilase lo sucedido y les diera instrucciones. Este se levantó del cómodo sillón donde estaba sentado y se acercó a la ventana que daba a la plaza principal. No podía negarse que el alcalde había sido generoso y les había facilitado todo tipo de comodidades, buen ejemplo de lo cual era el edificio que les había cedido para que dispusieran de él como cuartel general. Aunque antiguamente había sido uno de los emplazamientos de la milicia del lugar, en esos momentos bien podría ser tomado por el hogar de algún rico noble. Los arreglos que habían hecho para ellos y los lujos que incluía el edificio eran muchos. Además, disponían de los mejores muebles y tapices de todo Orium y los más exquisitos vinos y alimentos, así como de un nutrido grupo de sirvientes pagados por la propia ciudad y dedicados exclusivamente a atender las necesidades de los miembros de la Orden Blanca. Era lo justo ya que, a fin de cuentas, ellos estaban allí para salvarlos.

En todo eso pensaba lord Cirn mientras observaba a unos niños que jugaban en la calle con una pelota hecha de trapos. Una sonrisa fue naciendo en el rostro del caballero hasta que, finalmente, se convirtió en una carcajada. Los hermanos se dirigieron una mirada interrogante, sorprendidos por la reacción de su señor.

–Esto demuestra una vez más que Isilwentari está con nosotros y su mano guía nuestros actos –. El paladín depositó la copa en la enorme mesa de roble que ocupaba el centro de la estancia–. Preparad a nuestros hombres. Dejad a un tercio de los soldados de guardia y disponed del resto. Vamos a buscar a esas ratas y a ahogarlas en sus propias heces –anunció despreocupado, mientras miraba de nuevo a los niños que jugaban en la calle.

Amparadas por la oscuridad de la noche unas sombras tomaron posiciones en torno a la casa de la que les había hablado el informador. Aunque parecía no haber nadie dentro, el vigilante que el Paladín Blanco había puesto a raíz de la acusación aseguraba haber visto a varios individuos acceder a la morada a lo largo de las horas próximas al ocaso.

Listos para el ataque, los soldados empuñaron sus armas, esperando la orden.

Unas titilantes velas era lo único que impedía que las terribles y amenazadoras tinieblas envolviesen el lugar por completo, permitiendo ver una siniestra escena: una niña de apenas ocho años de edad, cuya otrora bonita melena castaña decorada con florecillas se encontraba sucia y apelmazada por la sangre, yacía desnuda y atada en un tétrico altar de sacrificios dedicado a Angorthor. En torno a la desesperada y suplicante figura, un círculo de sectarios elevaba sus voces en una plegaria al dios. Cubiertos sus cuerpos por túnicas azabache y sus rostros por capuchas o máscaras, era imposible distinguir etnia, raza o sexo de las siniestras figuras, así como cualquier cosa que no fueran sus manos alzadas en torno a la pequeña, en cuya piel de vez en cuando marcaban símbolos impíos con el contenido de cuatro recipientes colocados en las respectivas esquinas del altar. A su alrededor podía verse media docena más de niñas y jóvenes suplicantes, todas ellas desnudas, amordazadas e inmovilizadas, bien por grilletes o cuerdas, bien por jaulas cuyo tamaño las hacía más apropiadas para encerrar pequeños animales.

El cántico aumentó de intensidad, ahogando las súplicas de la chiquilla, y algo centelleó a la luz de las velas: era una daga ornamentada de hoja oscura y empuñadura de rubí. Su portador pinchó suave pero firmemente en la tersa e indefensa piel de la niña, trazando símbolos siniestros que brillaron con el característico color escarlata de la sangre, mientras la fuerza del cántico aumentaba una vez más. Sin embargo, antes de que pudieran consumar el sacrificio, un gran estrépito en la entrada del sótano les obligó a detenerse. Acto seguido, un sectario entró corriendo en el impío lugar, visiblemente alterado.

–¡Nos han encontrado! –exclamó–. ¡Ya están aq…!

Una flecha surgida del mismo lugar que el hombre le atravesó la garganta limpiamente. A continuación entró un grupo de soldados armados que lucían dos tipos de atuendos distintos pero con un escudo de armas común a todos ellos: un caballo rampante y una flor de Lys blancos sobre fondo rojo. Antes de dar a los acólitos la ocasión de reaccionar, se les echaron encima. Los hombres de armas del Paladín Blanco lucharon con bravura e ira; empalaban a sus enemigos con las puntas de sus alabardas, cercenándoles los miembros con las hojas o disparándoles letales flechas sin mostrar piedad ninguna, hasta que no quedó ni uno de los sectarios en pie.

Justo cuando el último de ellos caía entre gorgoteos una imponente figura entró en el recinto: se trataba de lord DeNekut escoltado por sus orgullosos caballeros. Lynara, la capitana de los arqueros, se arrodilló ante él mientras el capitán de los hombres de armas revisaba a fondo el lugar para asegurarse de que no hubiera sorpresas desagradables esperándoles.

–Mi señor, está hecho. Los acólitos oscuros están todos muertos. ¿Qué debemos hacer ahora? –consultó, sumisa.

–Quemadlo todo, no debe quedar rastro de su maldad.

–Así se hará. ¿Y qué hacemos con las muchachas? Cinco de ellas aún viven, incluyendo la del altar.

Los fríos ojos oscuros del hombre estudiaron durante unos segundos a las aterrorizadas chiquillas, reconociendo inmediatamente a la que había estado a punto de ser sacrificada.

–Han estado en contacto con el mal –dijo al fin–. Quemadlas, sus almas deben ser purificadas.

lunes, 15 de febrero de 2010

La ciudad blanca

Ese es el título de mi primera novela, la que -espero- será la primera de muchas sobre el mundo de Lácenor.

Pero ¿qué es Lácenor? Se trata, ni más ni menos, que de un continente. Un mundo de fantasía con ambientación tolkiana en el que humanos, elfos, enanos y otras muchas razas conviven en más o menos armonía bajo la atenta mirada de tres dioses, representantes de la luz, la oscuridad y la naturaleza... Un mundo, a primera vista, como cualquier otro. Sin embargo encierra un misterio, un secreto que saldrá a la luz a lo largo de esta primera novela. Un secreto que lo diferencia de tantos otros y lo hace mucho más aterrador.

"Todo eso está muy bien", diréis. "Pero ¿de qué va?". Bien. La historia de La ciudad blanca habla de eso, una ciudad como cualquier otra, en la que una serie de acontecimientos puestos en marcha de manera aparentemente casual vuelven del revés la tranquila vida de sus habitantes. Algo sucede en ese lugar, Orium, y un grupo de héroes anónimos tendrán que unirse para enfrentarse a ello. Sin embargo, no todo es lo que parece. Algo más está sucediendo...

La ciudad blanca verá la luz a lo largo del presente año (atención al anuncio oficial, dentro de unas pocas semanas) bajo el sello de Ediciones Parra. Pese a tratarse de una historia autoconclusiva, la novela es también la primera de la trilogía Leyendas de Lácenor, que se publicará durante los próximos tres años (sin retrasos, prometido).

Atrévete a conocer el mundo de Lácenor, te sorprenderá.