lunes, 17 de octubre de 2011

Sphere Wars: El Rey Caído. Capítulo 2.

2

Lerian, seis años antes de la caída de la Legión de los Cien Corazones.

—¡Que Malesur nos asista! ¡Hemos abandonado la verdadera fe, hermanos! ¡Malesur está aguardando a que volvamos con él, nos espera con los brazos abiertos! ¡Solo regresando a su lado podremos salvarnos!
Los gritos del ferviente servidor pasaban inadvertidos a la mayoría de los ciudadanos que caminaban apresurados por la calle embarrada, temerosos de que en cualquier momento volviese a llover. Algunos, los pocos que todavía conservaban la fe en Malesur, se llevaban las manos a talismanes escondidos entre sus ropas y los más valientes incluso se atrevían a besarlos. Durante las últimas décadas los seguidores del dios habían sido humillados y extorsionados hasta tal punto que muchos de ellos se embarcaron en busca de nuevas tierras donde poder vivir sin esconder sus creencias. Esto causó grandes daños internos en una Darlime ya afectada por los acontecimientos que, tiempo atrás, llevaron al orador Saül a abandonar el continente junto a sus seguidores. Los fantasmas que dejó la Guerra Civil todavía eran demasiado recientes y si bien finalmente se alcanzó la paz, esta era engañosa, ganada con la fuerza de las armas. La situación era extremadamente tensa y podía estallar en cualquier momento. La Legión de los Cien Corazones hacía todo lo posible por mantener la calma, pero no tardarían en llegar a un punto de no retorno en el que la situación de Darlime resultaría insostenible.
Pero eso no era lo peor. Si bien los peligros de guerras internas eran innegables no lo eran menos los de enemigos externos: los Vástagos de Kurgan en el norte, feroces depredadores que se alimentaban de la vida de los humanos; las Manadas de Urueh al oeste, extendiéndose por la inmensa red de túneles que cubría todo Saphir y que les había llevado en más de una ocasión hasta la propia Darlime; los siniestros Carroñeros de las Profundidades bajo las montañas de todo el continente… Las amenazas eran muchas.
Así pues, las gentes que vivían bajo el gobierno marcial de la Legión de los Cien Corazones trataban de contener la difícil situación en que se encontraban. No les convenía que estallase otra Guerra Civil pues sus enemigos sabrían aprovechar el momento para destruirles.
—¡Malesur espera vuestras oraciones, hermanos! ¡Tened el valor de acudir a él y obtendréis protección y salvación!
—¡Eh! —una cohorte de postulantes corría hacia el orador—. ¡Quedas arrestado en nombre de la Legión!
Pero el orador, cuya túnica del color de la hierba lo señalaba como Agente de Malesur, echó a correr entre la gente apartando a empujones a todo aquel que se cruzaba con él mientras los soldados lo perseguían con las espadas desenfundadas.
Algunos de aquellos que se habían detenido a escucharlo siguieron al fugitivo con la mirada mientras los ojos se les empeñaban por las lágrimas. Se decía que esos hombres vestidos con túnicas verdes podían indicarles el camino a una nueva tierra en la que los seguidores del Padre podían vivir en paz sin ocultar sus creencias, un lugar donde se entonaban cánticos a Malesur todas las noches y se hacían bailes y banquetes en su honor cuando la luna estaba en su máximo esplendor.
Perseguido y perseguidores se perdieron entre la gente, la calle recuperó la normalidad casi de inmediato.
El fugitivo corría con toda su alma. Lo que le harían si lo capturaban. Recordó que el mercado estaba dos calles más abajo y confiaba en perder a los soldados entre la multitud si lograba llegar hasta allí.
—¡Abrid paso! —gritó mientras tiraba al suelo unos barriles con la esperanza de que entorpecieran a sus perseguidores.
Esquivó a un grupo de niños que jugaban con una pelota hecha de trapos y tomó impulso para saltar por encima de una empalizada de madera, aceleró y torció por otra calle; respiraba como una locomotora pero sabía que no podía frenar el ritmo; solo tenía que llegar al final de esa calle y estaría en el mercado.
—¡Ahí está!
La cohorte de postulantes se abrió paso con las espadas a través del obstáculo y continuó con la persecución, pero se encontraban exhaustos. Mientas que el Agente de Malesur vestía una sencilla túnica de lana, ellos iban equipados con sus características cotas de mallas; el peso era un grave problema en una persecución.
El fugitivo frenó en seco al ver que dos soldados de la Legión se encontraban al final del callejón, ocupados en algún tipo de charla intrascendente. Miró con nerviosismo a su alrededor y comprobó que no podría escapar ni por delante ni por detrás. Su mirada se posó en el cartel descolorido que se encontraba en mitad de la calle, El Corazón Verde, y esbozó una sonrisa antes de correr hacia su entrada y abrir la puerta de un empujón.
Aspiró el olor a hierbas y el frescor del ambiente. El local era una vieja taberna que pese a no ser un local de lujo tampoco era uno de esos destartalados, sucios y malolientes agujeros que podían encontrarse en cualquier ciudad. El propietario, un hombre sencillo, muy delgado y que siempre esbozaba una sonrisa en el rostro, había decorado el local con incontables plantas y flores cuyas macetas se repartían en estantes, pedestales o incluso colgadas del techo.
El tabernero borró la sonrisa de su rostro en cuanto vio la expresión del Agente de Malesur y comprendió de inmediato que algo iba mal, muy mal.
—Jynos, ¿qué pasa? —preguntó con temor mientras se acercaba a él.
—Postulantes —respondió este entre jadeos. Necesitaba recuperarse de la carrera-. Me persiguen.
—¿Los has traído hasta aquí? —apretó el brazo de Jynos con su mano huesuda-. ¿Te has vuelto loco?
—No tenía otra opción, estaba acorralado —se justificó él—. Si me atrapan me matarán por traidor.
—Muy bien, escóndete en la bodega. ¿Te han visto entrar aquí?
—Sí.
—No tenías que habernos puesto en peligro así, Jynos —protestó el tabernero.
Los dos amigos se miraron durante un instante y después el Agente de Malesur echó a correr hacia la pequeña puerta que daba a la bodega del establecimiento.
El Corazón Verde estaba abarrotado, era día de mercado y la taberna se encontraba lo suficientemente cerca de la plaza donde se ponían los tenderetes como para que la gente acudiese allí a descansar o a beber algo. La mayoría de ellos había hecho caso omiso del recién llegado, pero algunos miraban con el ceño fruncido a la puerta por la que en cualquier momento podían aparecer los soldados de la Legión de los Cien Corazones. Otros se encogieron aterrorizados en sus asientos, tenían miedo de lo que podía pasarles si los soldados de la Legión decidían que todos ellos eran traidores. Uno permaneció con la mirada clavada en la desvencijada puerta por la que el Agente de Malesur había escapado y con total calma dio un trago de la jarra de cerveza fría con limón que estaba disfrutando.

Jynos corrió entre los barriles de vino. Sabía que había una salida secreta en alguna parte. Lamentaba haber tenido que tomar ese camino y aunque temía por la seguridad del flaco Mander y de su establecimiento, su única alternativa había sido enfrentarse a la muerte. El Corazón Verde era en realidad una tapadera para los seguidores de Malesur donde los Agentes enviaban a aquellos que profesaban la fe en el Padre y querían huir del continente en busca de la nueva tierra que se les había prometido.
Allí estaba. Entre los muchos barriles repletos de cerveza y los estantes cargados de botellas de vino, aguardiente y otras bebidas vio un tonel con una mancha de pintura verde en su base, hecha de forma que pareciese casual. Levantó la tapa del barril y vio unas escaleras metálicas que descendían hasta un estrecho túnel que le permitiría salir por el callejón. Se metió dentro y después de colocar la tapa sobre su cabeza comenzó a descender a ciegas mientras tanteaba con cuidado a cada paso para evitar caer al vacío.
Estaba a salvo.

La puerta de El Corazón Verde se abrió de una patada y entraron seis hombres de la Legión de los Cien Corazones, cinco postulantes rasos al mando de un capitán que portaba el escudo que lo distinguía como tal.
—Estamos a su disposición, buenos señores. Pero no lastimen a nadie —suplicó el sonriente tabernero.
—Buscamos a un hombre, le vimos entrar aquí. ¿Dónde se ha escondido?
—Salió por la puerta de la cocina —mintió aquel—. No pude detenerlo, ¿se trata de un fugitivo?
—No es asunto tuyo —respondió el capitán de los postulantes—. ¿Por dónde se sale?
—Por allí —indicó con un gesto.
—¡Dejad a ese hombre en paz! —gritó alguien entre la multitud que se encontraba en la taberna—. ¡No ha hecho daño a nadie!
—Pole, persigue al fugitivo. Llévate a estos dos —ordenó el capitán mientras señalaba a los dos postulantes con los que casi había tropezado el Agente de Malesur y que acababan de unirse a la persecución por orden de su líder—. Enseguida os seguimos.
Cuando los tres postulantes se hubieron marchado sus compañeros se encararon hacia la multitud de la que había venido la voz y su capitán escrutó acusador a los clientes del local. Todos aquellos en los que posó la mirada la apartaron de inmediato, demasiado temerosos por lo que podía llegar a pasarles si eran considerados traidores a la Legión de los Cien Corazones.
—¿Quién ha sido? ¿Quién se ha atrevido a desafiar a la Legión? —preguntó el capitán. Sus hombres intercambiaron una mirada inquieta—. Si tenemos que castigaros a todos, lo haremos. Eso tenedlo por seguro. Os sugiero que colaboréis.
—Creía que la Legión de los Corazones entrenaba caballeros, no matones —exclamó una voz. El capitán de los postulantes miró al hombre que lo había dicho—. Sería mejor para todos que os marchéis por el mismo sitio por el que habéis venido.
—¿Te atreves a desafiarnos? —bramó el capitán.
—Creo que tiene razón —se atrevió a decir uno de sus hombres—. No es buena idea enfrentarnos a toda esta gente; sería un baño de sangre. Además, tampoco han hecho nada.
—Por fin, un hombre inteligente —–intervino el hombre de la cerveza con limón de nuevo—. Haríais bien en escucharle; la situación ya es bastante tensa en Darlime sin que la Legión de los Cien Corazones se dedique a buscar pelea por las tabernas. ¿Qué pasará si un día, en lugar de desviar las miradas, os desafían?
—Que serán ejecutados por traidores —respondió el capitán, ya con menos convicción.
—Es posible, pero no antes de provocar un tumulto contra los extorsionadores. No pongo en duda que podéis reducir con facilidad a un hombre, a tres o a diez. ¿Pero qué pasará cuando os enfrentéis a cuarenta? Yo os lo diré: será vuestra sangre la que se derrame.
—Capitán, sería mejor que nos marchemos —sugirió el mismo postulante que había hablado antes, uno al que le caían sobre los ojos mechones de pelo negro como el carbón.
—Estoy de acuerdo, el Agente de Malesur podría escapar —dijo el otro, un hombre con la nariz enorme.
El aludido frunció el ceño sin apartar la mirada de Ovreuc.
—Muy bien, nos pondremos en marcha. A fin de cuentas los seguidores de Malesur son traidores y por tanto verdaderos enemigos de Darlime.
—Una decisión muy sabia —dijo el hombre. Esbozó una sincera sonrisa y alzó la jarra de espumosa cerveza dorada—. ¡Un brindis por la Legión!
Los tres soldados se marcharon corriendo sin esperar a que se efectuase el brindis, a sus espaldas el desconocido dio un trago a su bebida mientras con la otra mano acariciaba de manera despreocupada la empuñadura de una daga.


Las pisadas resonaban por el suelo de madera y a cada paso Jynos se encogía un poco más en su escondite, dentro de un viejo armario repleto de carcoma.
La huida le había llevado a tropezarse de nuevo con sus perseguidores y no tuvo más remedio que ocultarse en esa vieja casa abandonada y llena de ratas pero ahora no estaba tan seguro de si habría sido una buena idea: si los postulantes daban con él no tendría manera de escapar.
Los pasos se acercaban cada vez más y un sudor frío perló la frente del Agente de Malesur, que maldijo su suerte en silencio. Aunque sabía que no podía haber hecho otra cosa llevaba un buen rato huyendo de los postulantes y estaba agotado.
De pronto escuchó un grito seguido de un gorgoteo sordo, un golpe seco le indicó que alguien había caído al suelo.
—¡Legión!
El grito de guerra resonó en la casa vacía y dio inicio a un intercambio de golpes. Jynos escuchaba aterrorizado el entrechocar del acero contra el acero pero la sensación de terror aumentó cuando el ruido cesó y con un quejido de dolor cayó alguien más.
—¿Quién… quién eres? —El tono de voz del tercer hombre era de auténtico terror—. Jamás había visto a nadie luchar como tú.
Como toda respuesta se oyó un grito ahogado y otro gorgoteo, después reinó el silencio.
Jynos luchaba contra sus miedos y sus instintos sin decidir qué haría a continuación. Una parte de él le instaba a permanecer allí escondido, pues temía que alguien le estuviese esperando si abandonaba el armario. Pero por otro lado una voz en su cabeza le apremiaba a escapar de allí, también por el temor de lo que podía pasarle si permanecía más tiempo en ese lugar. Allí había muerto gente y temía que si se atrevía a salir él sería el siguiente.
El tiempo pasó y poco a poco el Agente de Malesur recuperó la calma. Cuando decidió que había pasado rato suficiente se arriesgó a abrir la puerta para echar un vistazo a la habitación. Una figura se encontraba sentada en el suelo y recostada contra la pared. Cerca de él yacían los tres postulantes tumbados sobre charcos de sangre.
—Ya era hora, pensé que tendría que sacarte yo mismo —dijo.
Sus ojos verdes se clavaron en Jynos, que se sorprendió al ver en el rostro del hombre una sonrisa amistosa.
—Yo… eh… no sabía si eras un amigo o un enemigo —confesó el Agente mientras se obligaba a sonreír.
—Sí, eso supuse.
—Soy Jynos, gracias por salvarme.
—Ovreuc –dijo a su vez el asesino, que miró de arriba abajo al otro hombre mientras este salía del armario, su túnica verde claro estaba manchada de barro y suciedad.
—Muchas gracias por tu ayuda, amigo —repitió Jynos—. ¿Qué ha sido de los otros tres hombres que me perseguían?
—Se entretuvieron en la taberna más de la cuenta y después probablemente perdieron tu rastro.
—¿Y cómo has logrado encontrarme tú?
—Bueno, se me da bien cazar. A decir verdad, me dedico a eso y adoro mi trabajo.
—Ah, ya veo—. El Agente de Malesur sonrió aliviado—. Ciertamente es una buena profesión; las pieles y la carne se venden bien y en nuestros bosques hay muchos ciervos y jabalíes. Sin embargo Malesur nos insta a honrar a todas las criaturas vivas y no debemos cazar más de lo necesario para alimentarnos.
—En realidad me dedico a otro tipo de presas —confesó Ovreuc.
—¿Ah, sí? ¿Cómo cuales?
—Personas.
Jynos sintió que un sudor frío bajaba por su espalda y clavó la mirada en el asesino mientras comenzaba a retroceder despacio. Tenía que salir de allí y debía ser rápido si quería salvar la vida.
—¿Has venido a por mí?
—Ajá.
—¿Por qué? Has matado a tres postulantes, así que no puedes trabajar para la Legión de los Cien Corazones. ¿Formas parte de la Eclestía de Saül? —preguntó el Agente de Malesur a fin de ganar tiempo.
—No. Trabajo para cualquiera que pueda pagar mis servicios, pero te confieso que siento bastante aversión hacia cualquier religión y, por extensión, hacia sus seguidores.
—Comprendo que sientas desprecio por los siervos de Saül, pues él no es más que un hombre que se hace pasar por dios. Pero nosotros, los adeptos de Malesur, rezamos al Padre, a nuestro dios creador. Él nos dio forma en el nacimiento de Saphir y en cambio le hemos dado la espalda…
—¿Te parece este el mejor momento para predicar? Además, para mí sois todos iguales: cobardes que temen aceptar la verdad de la muerte y a los que les da miedo la certidumbre de que después de la vida tan solo hay oscuridad. Por eso os refugiáis en vuestros dioses, por cobardía y temor. Pues bien, ahora estás a punto de descubrir si tu fe en Malesur es o no justificada.
Ovreuc extrajo una daga de su vaina y se puso en pie sin apartar en ningún momento la mirada. Jynos trató de escapar pero sus piernas no le respondían, parecía atrapado por la intensa mirada verde del asesino.
—Si tu religión está en lo cierto deberías darme las gracias, pues te envío a encontrarte con Malesur. Pero si se equivoca mírame bien, pues el mío será el último rostro que verás.