lunes, 17 de octubre de 2011

SphereWars: El Rey Caído. Capítulo 1

1

El estruendo de los fusiles de pólvora resonó en el campo de batalla iluminado por el sol del atardecer. Un postulante de la Legión de los Cien Corazones cayó muerto en el acto cuando los proyectiles de plomo y fuego impactaron contra ellos, pero sus compañeros continuaron corriendo hacia los tiradores.
—¡Legión, con el corazón!
El grito de guerra del capitán insufló valor a sus compañeros y los tres supervivientes cargaron contra un grupo de cuatro fusileros que con fría calma dispararon a sus atacantes. Lograron derribar a un segundo hombre, mientras los restantes desenfundaban sus espadas. Uno de ellos ensartó al tirador que tenía más cerca de un solo golpe y su compañero hizo un feo tajo a otro, que soltó el arma de pólvora y trató de huir corriendo; sin embargo el soldado le hizo tropezar al patearle en una pierna y lo remató cuando cayó al suelo.
Los dos fusileros supervivientes dieron la vuelta y echaron a correr conscientes de que no eran rival para los postulantes de la Legión en una lucha cuerpo a cuerpo. Los dos soldados no dudaron ni por un momento y persiguieron a uno de los tiradores, que se dirigía directo hacia unas rocas con intención de ponerse a cubierto tras ellas. A su alrededor podía sentir la batalla con todos sus sentidos: el rugido de los fusiles y el entrechocar de las espadas; el olor a pólvora, sudor y sangre de los hombres de la Legión de los Cien Corazones y de los Neonatos que combatían unos contra otros por la victoria, como tantas y tantas otras veces durante los últimos años. Cuando finalmente llegó junto a las rocas pasó sobre ellas de un salto y cayó rodando al otro lado, donde rápidamente apuntó con su arma para disparar al primero que apareciese tras él mientras trataba de recuperar el aliento.
Cuando uno de los dos postulantes llegó rodeando las rocas recibió el impacto de un proyectil de plomo ardiente que le perforó el pecho y lo arrojó hacia atrás con fuerza, derribándolo al suelo de arena y guijarros donde quedó tendido para no volver a levantarse.
—¡Maldito cobarde! –el grito del capitán de los postulantes alertó al fusilero, que advirtió que el superviviente había rodeado las rocas por el otro lado. Disparó de nuevo, pero el soldado interpuso el escudo que le había sido entregado como símbolo de su rango y el proyectil se estrelló inofensivo contra el acero. Después golpeó con fuerza al tirador y le arrebató de las manos el arma de pólvora, la punta de la espada apuntó al pecho del neonato y este levantó las manos sabiéndose derrotado.
—Esto va por mis compañeros –gruñó entre dientes.
Sin embargo el golpe mortal no llegó. El fusilero miró a su enemigo sin entender lo que pasaba y advirtió que este tenía los ojos muy abiertos, un hilo de sangre le corría por entre los labios. La espada repiqueteó al caer de sus manos flácidas y un momento después el cuerpo del capitán de los postulantes también se derrumbó.
En pie quedó una figura oscura que portaba en las manos una daga ensangrentada, dos ojos color tierra miraban al tirador desde el fondo de una capucha negra. El rostro cubierto de marcas y tatuajes del hombre lo señalaban como miembro del gremio de asesinos de los neonatos. El fusilero lo identificó como uno de los silenciosos y letales Sombríos.
No intercambiaron palabras. Una única mirada y un gesto de asentimiento fue todo lo que necesitaron, pues ambos sabían bien qué era lo que debían hacer. El fusilero recuperó su arma y se atrincheró tras las rocas en busca de nuevos objetivos mientras su compañero se marchaba corriendo, en silencio; todavía quedaba mucha batalla por delante.
El sombrío avistó a dos exploradores enemigos que trataban de rodear su línea de batalla y se deslizó tras ellos mientras empuñaba una daga. En silencio reptó tras unos arbustos espinosos hasta que se aproximó lo suficiente como para escuchar la conversación de los dos exploradores.
—Tenemos que llegar hasta sus máquinas de guerra –dijo uno de ellos, un hombre joven de largo cabello trenzado—. Están causando estragos entre los nuestros.
—Sabes que si lo hacemos posiblemente podamos sabotear una o dos de ellas pero no saldremos vivos, ¿verdad? –El otro, de mediana edad y poco pelo, miró a su compañero con compasión. Él había vivido bastantes años, pero el otro era demasiado joven para morir. Sin embargo en la guerra nada de eso importaba...
—Sí –respondió el aludido al cabo de unos instantes.
—Entonces hagámoslo, por la Legión.
Los exploradores desenfundaron sus espadas cortas y se prepararon para cruzar a la carrera la distancia que los separaba de tres de los ingenios mecánicos con que los neonatos hostigaban a sus enemigos a base de devastadores disparos, pero el asesino no estaba dispuesto a darles ocasión de llevar a cabo sus planes. Echó mano a su otra arma, la daga Vunscher diseñada por los ingenieros y que incorporaba una pequeña arma de pólvora en su empuñadura, y disparó. El más joven gritó de dolor y cayó de rodillas, una herida negra humeaba en su espalda.
—¡No! –su compañero se agachó junto a él para tratar de socorrerle en lugar de enfrentarse a su atacante y ese fue su último error; ni tan siquiera vio venir la daga que le hizo una gran sonrisa roja en el cuello. Murió antes incluso que el otro explorador.
El Sombrío miró hacia los ingenios mecánicos y esbozó una mueca de contradicción al advertir que pese a que había neutralizado esa amenaza no estaban a salvo, pues varios miembros de la Legión de los Cien Corazones cabalgaban directos hacia allí.


—¡Matad a la dotación, después inutilizar las máquinas! –El grito del llanero llegó a sus dos compañeros por encima de la batalla y los tres azuzaron a sus monturas para dirigirse lo más rápido posible hacia donde se encontraban los peligrosos ingenios.
Nueve pequeñas criaturas correteaban junto a los tres aparatos y se apresuraban a apretar botones, mover palancas y cargar nuevos proyectiles antes de que los jinetes llegasen hasta ellos. Sin embargo no fue suficiente; con eficacia devastadora los llaneros hicieron una primera pasada junto a los diminutos seres y la mitad de ellos murieron aplastados por los caballos o golpeados por las espadas.
—Acabad hasta con el último de esos pequeños engendros –dijo el cabecilla casi escupiendo la última palabra.
Las dotaciones de los ingenios mecánicos estaban formadas por los kluch, unos seres del tamaño y la complexión de niños de siete años que los neonatos habían creado con lo que para la Legión de los Cien Corazones no podía ser otra cosa que artes siniestras, pues nadie excepto los dioses y los practicantes de magia oscura eran capaces de otorgar vida. Los kluch, cuyo aspecto recordaba al de una esmirriada tortuga sin caparazón y con piel, trataron de defenderse sin éxito pero pronto sus patéticos cuerpecillos yacían mutilados en el suelo. Los llaneros bajaron de sus monturas y se apresuraron a inutilizar las máquinas de guerra conscientes de que esa pequeña victoria supondría una gran ventaja para sus compañeros.
Un grito demente desvió su atención de los ingenios mecánicos y advirtieron que una figura de aspecto desquiciado corría hacia ellos con mirada ida y extraños artefactos en las manos. A juzgar por sus ojos desencajados e inyectados en sangre y por su expresión de ira no parecía estar en sus cabales.
—Seguid, soldados. Yo me encargo de él.
Un caballero se situó ante ellos con pasos tranquilos. Su porte gallardo y la espléndida armadura de placas que vestía le daban un aspecto magnífico que contrastaba con el demente neonato. Con el escudo en una mano y la espada en la otra el guerrero se aprestó para recibir la embestida de su enemigo, que corrió directamente hacia él sin importarte al parecer atacar a un enemigo o a otro.
—El Corazón Virtuoso –susurró uno de los llaneros, que de pronto se sintió lleno de orgullo por poder combatir junto a uno de los más reputados caballeros de la Legión de los Cien Corazones, de quien se decía que representaba como nadie el ideal de caballería y que poseía un valor y una integridad moral intachables.
—¡Daos prisa con eso, no podré contenerlos mucho tiempo! –exclamó el aludido. Fue entonces cuando sus compañeros advirtieron que otros tres neonatos de aspecto muy similar al primero corrían tras él.
Los jinetes se apresuraron a buscar la manera de incapacitar los ingenios mecánicos cuando una tremenda explosión llamó de nuevo su atención. Al volverse vieron al Corazón Virtuoso de rodillas y envuelto en una nube de humo, una mancha negra en el suelo era todo lo que quedaba del primero de los dementes.
—¿Ese loco se ha hecho explotar a sí mismo? –dijo uno de ellos con horror.
Cuando advirtieron que los otros tres estaban cada vez más cerca comprendieron que el caballero no sobreviviría a otra explosión, pese a que en esos momentos volcaba todas sus fuerzas en tratar de incorporarse para interceptar el ataque.
—¡Con el corazón! –el grito de guerra de la Legión de los Cien Corazones vino de detrás de los dementes desde donde surgió al galope un Corazón Équite, el más alto rango al que podían aspirar los caballeros. Este cargó contra los suicidas y hundió su martillo de guerra en la cabeza de uno de ellos, cuyo cráneo quedó aplastado mientras una masa gelatinosa se escurría por su nariz cuando cayó al suelo. Al segundo le golpeó en la espalda y con un terrible crujido el neonato también quedó tendido en el suelo. El Corazón Équite hundió las espuelas en los flancos de su caballo y este corrió directo hacia el último de los dementes, al que derribó y pisoteó. Justo cuando el caballero se alejaba de él este explotó al igual que lo había hecho su compañero, pero no consiguió causar daños.
Un disparo resonó como un trueno y el corcel relinchó de dolor mientras se derrumbaba, casi aplastando a su jinete en el proceso. Sin embargo este logró salir ileso del percance y cuando se incorporó advirtió que tenía a uno de sus enemigos ante él. Se trataba de una figura oscura con el rostro cubierto por una capucha y marcado por tatuajes, pero que a diferencia del sombrío mostraba un físico mucho más musculoso y desarrollado, más apto para el combate que para el movimiento furtivo y sigiloso. Una de sus manazas empuñaba un alfanje Vunscher.
El caballero se colocó en posición de combate con el escudo y el martillo de batalla dispuestos. Ambos sabían que solo uno de ellos podría seguir con vida al final del duelo.


En medio de la cruenta batalla destacaban las dos figuras que se alzaban una frente a otra, cada uno de ellos un reputado líder entre los suyos. La rivalidad entre los Neonatos y la Legión de los Cien Corazones se remontaba ya a varios años en el pasado, cuando los primeros se alzaron desde las sombras donde se habían formado en secreto y derrocaron a los caballeros de los puestos de poder de Darlime. Les arrebataron el control de las distintas ciudades poco a poco hasta que los expulsaron por completo y la Legión se vio obligada a esconderse para evitar ser aniquilada. Durante muchísimo tiempo antes, desde que ellos hicieron lo mismo con el linaje de los Malakoy, la Legión de los Cien Corazones había dirigido Darlime con puño de hierro. Sin embargo en ese duelo no era la rivalidad de dos facciones la que se enfrentaba, sino la de dos hombres. Su enemistad databa incluso de antes de que caballeros y Neonatos se enfrentasen; antes incluso de que la existencia de estos últimos dejase de ser un secreto.
Uno de ellos, el más grande y corpulento, cubría su cuerpo con una armadura de acero y oro que le daba un porte majestuoso. Parecía un héroe surgido de las canciones y las leyendas. El emblema de la Legión de los Cien Corazones estaba grabado en su pecho a la altura del corazón y un escudo con forma de lágrima lucía el emblema de la Alianza surgida del pacto de hermandad entre la propia Legión y las Mercenarias de Isha, también enemigas de los Neonatos. El caballero empuñaba una espada larga de doble filo con la hoja repleta de runas que emitían un brillo dorado, el yelmo metálico con que se protegía mantenía oculta la mirada de vivo odio y desprecio que tenía fija en su adversario.
El otro hombre era menos corpulento y desde luego, su aspecto no recordaba en nada al de los héroes de las canciones. Vestía sencillas ropas de cuero blando teñidas en tonos oscuros que le permitían moverse entre las sombras sin ser visto. Estaba cubierto además por una gabardina del mismo material, a la que se le habían añadido refuerzos de oricalco, una aleación metálica descubierta por los Neonatos que les otorgaba una protección que rivalizaba con la cota de mallas de los caballeros pese a ser mucho más ligera. Dos dagas de aspecto siniestro emitían un resplandor verdoso en las manos del hombre, que miraba desafiante a su adversario. Un sombrero le cubría la cabeza y bajo su sombra destellaban dos ojos verdes en los que también podía entreverse la ira que albergaba el corazón del neonato. Varios mechones de cabello rubio sobresalían por debajo del sombrero, a juego con una fina barba del color de la paja.
—Hacía mucho tiempo, Ovreuc –dijo el caballero.
—Demasiado, Nírlem el Paladín –concedió el asesino—. Hace años que debimos zanjar nuestro... asunto pendiente.
—Estoy de acuerdo. He oído que ahora estás al mando del Gremio de Asesinos de los Neonatos.
—Has oído bien –señaló el otro—. Sobre ti, en cambio, no he escuchado nada nuevo. ¿Sigues siendo el Corazón Bélico de la Legión de los Cien Corazones o han decidido dar el cargo a alguien más digno?
—Sigo siendo yo.
—Lástima.
—Eso dicen nuestros enemigos cuando deben enfrentarse a nosotros –replicó el Paladín—. Dime, ¿piensas quedarte ahí intercambiando pullas o has venido a resolver nuestro asunto pendiente?
—Llevo años esperando una oportunidad para matarte con mis propias manos. Te aseguro que saborearé el momento. Recuérdalo cuando te hunda una de mis dagas en el corazón.
—Defiéndete, asesino.
El caballero cargó contra su enemigo y asestó un golpe con la espada que el asesino detuvo al entrecruzar sus dagas, un estallido resonó en la batalla al entrechocar las tres armas. El Paladín dirigió un golpe con su escudo al neonato y este reculó de un salto de manera que el arma de su enemigo quedó libre, este se apresuró a atacar de nuevo. Sin embargo en esta ocasión Ovreuc se limitó a agacharse y dejar que la hoja pasase por encima sin causar daño, después embistió hacia delante y una de sus dagas rebotó en el escudo mientras que la otra resbalaba sobre la armadura del caballero, el asesino retrocedió de un salto y ambos recuperaron la guardia.
Un alarido de terror llamó la atención de los dos cabecillas, pero ninguno de los dos apartó los ojos de su adversario. A su alrededor comenzaron a resonar más y más gritos de terror a medida que el manto de la noche cubría el campo de batalla.
—¿Qué demonios ocurre? –gruñó Nírlem, que finalmente miró de reojo a su alrededor mientras procuraba no perder completamente de vista al asesino.
Este enfundó sus dagas y frunció el ceño al ver que una figura se acercaba tambaleándose hacia ellos. Cuando esta salió de entre las tinieblas de la noche vieron que se trataba de un fusilero, pero una espada atravesaba su pecho de lado a lado y sus ojos los miraban carentes de vida.
—Por los dioses... –el asesino retrocedió dos pasos al ver al engendro muerto viviente.
—No sé qué es lo que sucede aquí, pero mi lugar está con mis caballeros –dijo Nírlem—. Aunque te doy mi palabra de que retomaremos nuestro duelo lo antes posible.
—Como si tu palabra valiese de algo –bufó Ovreuc, después dio la vuelta y echó a correr hacia donde esperaba encontrar a sus hombres.
El Corazón Bélico apenas le dirigió una postrera mirada antes de encararse con el muerto viviente.


Ovreuc corría a través del campo de batalla en busca de los supervivientes neonatos, pero hasta el momento no había encontrado más que muertos vivientes que se tambaleaban mientras gemían patéticamente. No comprendía cómo podía haber estado tan absorto en obtener su venganza del Paladín como para no advertir que algo no iba bien, ¿o realmente todo había sucedido tan rápido como parecía?
No importaba dónde mirase, pues a su alrededor no quedaba nada que no estuviese tocado por la muerte. Al fin dejó de correr mientras comprendía que no encontraría a sus hombres.
—Por los dioses, ¿qué ha pasado? –preguntó en lo que fue apenas un susurro.
Fue entonces cuando advirtió que no todos los muertos vivientes que podía ver en el campo de batalla habían sido miembros de la Legión de los Cien Corazones o de los Neonatos, pues algunos parecían más bien sencillos campesinos y otros vestían antiguas armaduras de escamas que nada tenían que ver con las de los caballeros. Sin embargo todos los desconocidos tenían algo en común: sus cuerpos aparecían parcialmente descompuestos y sus ropas y armaduras mostraban avanzados signos de putrefacción mientras que las armas, que iban desde espadas hasta improvisadas azadas, mostraban señales de óxido y podredumbre. Mirar el rostro de cualquiera de esas criaturas era como mirar a la mismísima muerte, pues unas cuencas vacías devolvían la mirada mientras un lamento fúnebre escapa de bocas descarnadas. Los huesos podían verse a través de desgarrones en la piel y en algunos casos era posible incluso apreciar los órganos del muerto viviente, dejados al descubierto por la piel desprendida.
Al asesino le estaba suponiendo un grandísimo esfuerzo mantener la calma. Esos gritos amenazaban con volverlo loco de un momento a otro. Sacudió la cabeza y reunió todas sus fuerzas para echar otro vistazo a su alrededor. No demasiado lejos de su posición advirtió que un grupo de guerreros de la Alianza estaba a punto de verse desbordado por la marea de muertos vivientes que acabaría con ellos al igual que habían hecho con todos los humanos que encontraron. Eran sus enemigos, pero algo dentro de él le dijo que si querían salir de esa con vida iban a necesitar toda la ayuda posible. Tal vez no había sido tan buena idea separarse de Nírlem, después de todo. Podían ser enemigos, pero contra un ejército de muertos vivientes cualquiera capaz de respirar era un aliado en potencia.
Echó a correr hacia el grupo de supervivientes consciente de que probablemente habría resultado más sensato ocultarse hasta que todo eso hubiera pasado, pero dudada que él solo pudiese hacer nada contra un enemigo semejante. Con un rápido movimiento empuñó su rifle pesado, un arma excepcional a la que le habían aplicado diversas mejoras mecánicas, y disparó hacia la multitud. El proyectil de plomo ardiente destrozó la cabeza de uno de los muertos vivientes y este cayó al suelo como un muñeco roto, pero seguían siendo demasiados. Realizó un par de disparos más y después se colgó el arma del hombro, desenfundó sus dagas y cargó contra los muertos vivientes.
Los combatientes de la Alianza miraron asombrados al hombre que acudía a rescatarlos, uno de los líderes de sus acérrimos enemigos ahora convertido en improvisado aliado.
—¡Legión, por el corazón! –gritó el Corazón Próximo que lideraba al grupo de caballeros y mercenarias que trataba de resistir.
Sus subordinados reanudaron el ataque con renovado vigor, motivados por la intervención del neonato. Dos postulantes rasos contraatacaron a ambos lados de su líder mientras una oteadora utilizaba su ballesta para abatir al enemigo desde detrás de los caballeros. Otra de las mujeres, una de las temidas recaudadoras, hacía lo mismo con su arco; los cinco miembros de la Alianza se encontraban acorralados contra un risco.
Los muertos vivientes se desmoronaron como trigo ante una guadaña cuando Ovreuc cayó sobre ellos, rápido y letal como una serpiente con colmillos de acero. Sin embargo por cada uno que caía otro ocupaba su lugar; la marea de espectros parecía no tener fin.
—¡Es suficiente! –El grito resonó con fuerza y las criaturas sobrenaturales detuvieron su ataque, después se apartaron y entre la muchedumbre de muertos vivientes surgió una figura majestuosa y terrible como una criatura de pesadilla—. Es suficiente –repitió.
Ovreuc miró a ente espectral que había dado la orden y por un momento sintió que perdía la cordura. Era un caballero, pero no tenía nada que ver con los hombres de la Legión de los Cien Corazones. Su armadura parecía surgida de las historias del pasado, y su rostro estaba cubierto por un yelmo astado en cuyo fondo podían verse dos ascuas ardientes, dos ojos de fuego que observaban con una calma inhumana a los hombres y mujeres que habían osado contraatacar.      
Una explosión de oscuridad y frío surgió del espectro y derribó a los supervivientes, momento que aprovecharon los espectros para arrojarse sobre ellos. Los gritos de los desafortunados parecían surgidos de terribles pesadillas.
—¡He dicho que ya basta! –gritó el ser—. ¡Necesito a alguno con vida!
Sus súbditos inmovilizaron a los pocos que todavía vivían: el Corazón Próximo, las dos mujeres y el líder de los asesinos. Con un gesto del ser eterno los muertos se levantaron de nuevo, sus rostros carecían ya de toda humanidad.
—¿Qué... qué eres tú? –preguntó el caballero, negándose a someterse al miedo que le provocaba la criatura espectral.
—¿De verdad no lo sabes? –su voz, como el ruido de una daga arañando un trozo de metal, era capaz de provocar escalofríos solo con escuchar sus palabras de ultratumba.
—¡No, maldita sea! –La mera presencia de la inhumana criatura hacía que al miembro de la Legión de los Cien Corazones le temblasen las piernas, pese a que siempre se había considerado un hombre valiente.
—Darlime se ha olvidado de mí, de nosotros –susurró el caballero de la muerte, decepcionado—. Ha pasado tanto tiempo... –El espectro clavó su mirada ardiente en el caballero—. Legión... –el susurro se clavó en la mente del hombre como cristales en la carne, un grito desgarrador surgió de su garganta—. ¡Legión!
—¡No! –suplicó el caballero—. ¡No!
El ente espectral hundió los dedos fantasmales en la cabeza de su víctima y comenzó a indagar en busca de algo, sin embargo el terrible bramido de dolor del caballero le hizo apartar la mano cuando este cayó sin sentido a sus pies.
—¡Maldito seas! –gritó una de las mujeres—. ¡Que los dioses te lleven, mil veces maldito seas!
—Tú serás la siguiente –advirtió el ente mientras se acercaba a las dos supervivientes de la Alianza inmovilizadas junto a Ovreuc.
—¡No! –gritó—. ¡No, eso no!
No hubo piedad para ella. Al igual que había hecho con el caballero el ente espectral hundió su mano incorpórea en la cabeza de la mujer y comenzó a buscar algo, a remover las brumas de su mente. Pero la mujer, también al igual que el caballero, no pudo soportarlo: su cuerpo empezó a convulsionarse hasta que la vida le abandonó acompañada de un grito desgarrador. Sus restos quedaron postrados en el suelo entre el barro y la lluvia. Unos instantes más tarde se movió y se puso en pie una vez más, pero esta vez lo hizo como muerta viviente.
—Ya que no has podido serme de utilidad en la vida al menos me servirás en la muerte –proclamó el ente—. ¿Quién es el siguiente? –sus ojos recorrieron a los dos supervivientes.
—¿Por qué no pruebas conmigo? –Ovreuc devolvió la mirada a la criatura fantasmal, sus ojos verdes relampaguearon a causa de la ira—. Veamos qué sabes hacer.
El espectro no se molestó en responder, simplemente se aproximó a él y después de observarlo con detenimiento enterró su mano en el cráneo del neonato. Este apretó los dientes con fuerza para evitar gritar pese a que el dolor le recorría todo el cuerpo.
—Tu voluntad es fuerte –dijo el caballero espectral—. Tal vez pueda obtener algo de ti.
Ovreuc sintió que recuerdos de su pasado regresaban a su mente para después escurrirse de nuevo, como si alguien intentase coger agua con los dedos. Pudo rememorar docenas de imágenes, toda una cascada de vivencias que parecían querer volverlo loco. Al cabo de unos minutos que a él le parecieron horas el caballero espectral sacó la mano de su cabeza y lo miró fijamente.
—Bastardo –escupió el asesino, que sentía todo su ser puesto del revés.
—Tú servirás –dijo el ente—. Puedes soportar mi búsqueda y lo que he visto en tu interior me dirá lo que quiero saber, pero tendré que profundizar mucho más en tu mente. ¿Podrás soportarlo, mortal? No quiero que mueras antes de que saque de ti lo que necesito.
—Vete al cuerno –replicó el aludido.
—Nos lo llevaremos –el caballero espectral se dirigió a su horda de muertos vivientes—. Y también a la mujer, sus conocimientos pueden resultar útiles si consigue soportar el proceso. Matad al otro, tendrán el honor de unirse a mi ejército en la muerte.
Una muchedumbre de muertos vivientes alzó sobre sus cabezas a Ovreuc y a la mercenaria, que apenas pudieron oponer resistencia cuando se los llevaron en pos del ente fantasmal. Tras ellos solo quedaron los gritos de muerte del Corazón Próximo, que pronto se alzaría de nuevo.


—No te diré nada.
Ovreuc era consciente de su difícil situación, rodeado por entes espectrales y muertos vivientes se encontraba por completo a merced del caballero fantasmal que lo escrutaba con sus ojos ardientes. A escasa distancia de él estaba también la superviviente de la Alianza, sumida en un extraño sueño mediante los poderes del caballero espectral.
—Lo cogeré yo mismo, mortal –dijo la criatura, su voz gélida y abrasadora al mismo tiempo hizo que el asesino rechinase los dientes—. Entraré en tu mente y me llevaré lo que necesite, no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Tan solo intenta no morir hasta que dé con lo que necesito.
—¿Qué... qué buscas? –El prisionero miró con desesperación la mano translúcida que se aproximaba a su cabeza, sabía que el ente estaba en lo cierto.
—Venganza –dijo este—. La Hermandad de los Cien Corazones pronto recibirá el castigo que merece.
—¿Hermandad?
—Así se hacían llamar en mi época, aunque al parecer ahora son conocidos por otro nombre. Pero ven, hay mucho que debo saber.
Cuando la mano del caballero espectral entró en su cerebro Ovreuc lanzó un grito desgarrador mientras sentía que los recuerdos de días pasados regresaban a su mente como un torrente imparable. La criatura esbozó una sonrisa cruel y se concentró en aquellos que trataban sobre los caballeros.