El pequeño Dael abrió los ojos y se incorporó en su cama mientras frotaba con la mano su rostro cansado. ¿Qué había sido eso? Estaba seguro de que había escuchado un ruido dentro de la casa. Bostezó en silencio y pensó que lo más probable es que fuesen sus padres, después se volvió a meter en la cama.
Un momento después se incorporaba de nuevo, tenía sed. Y ya que estaba despierto, ¿por qué no aprovechar?
El niño apartó las mantas de lana de kaplar que sus padres compraron el año anterior a unos comerciantes norteños y se levantó de un salto. Cogió el muñeco de trapo del que nunca se separaba y se fue hacia la puerta con el pequeño juguete a rastras.
Dael abandonó la habitación y recorrió el pasillo con pequeños y tímidos pasos. Estaba a punto de llegar hasta la despensa en la que guardaban el barril con agua fresca cuando volvió a escuchar el ruido. En esa ocasión además pudo sentir voces que parecían discutir. El niño abrió los ojos como platos, de pronto el sueño le había abandonado por completo. Se dirigió hacia el comedor andando de puntillas y muy despacio, pues no sabía quién podía estar allí. Lo único seguro era que no se trataba de su padres, porque escuchaba dos voces masculinas.
-¡Te digo que esto es una estupidez! –gruñó una voz áspera y grave-. La última vez que te seguí al interior de una casa ajena acabamos siendo perseguidos por un montón de guardias, ¿o es que ya no te acuerdas?
-Cállate, Nórbak. ¡Vas a hacer que nos descubran!
Dael se asomó tímidamente al comedor. Allí, entre los muebles de pino y la chimenea de piedra, pudo ver a dos figuras que resultaban desconocidas para él. Uno era un hombre bien formado, de cabello castaño y barba de tres días, cuyo aspecto descuidado recordaba al de un vagabundo. El otro parecía uno de los enanos de las montañas de los que el pequeño había oído hablar en cuentos e historias. Recordó que en una ocasión vio a uno en el mercado del pueblo y decidió que el extraño debía ser otro de ellos. Tenía una barba oscura, muy corta para lo que era habitual en su raza, y la cabeza completamente afeitada. En esos momentos se hurgaba una oreja con el dedo meñique mientras farfullaba improperios.
-¿Podemos irnos ya? –preguntó con impaciencia.
-Ayúdame con esto y nos iremos antes –respondió su compañero con hastío.
-Espero que después me compenses por esto –gruñó el enano.
-Te invitaré a una cerveza.
-¿Solo a una?
El niño advirtió que cerca de la chimenea apagada se alzaba lo que parecía un pequeño árbol de hielo. A sus pies los dos extraños estaban colocando varios paquetes con envoltorios de colores.
El enano se volvió en busca de un saco de lino que tenía a su espalda y su mirada se clavó en el pequeño niño, que sonrió mientras lo observaba con los ojos iluminados.
-Eh… Nam, creo que tenemos un problema.
El aludido se volvió hacia su compañero. Al verlo el pequeño le sonrió y se dirigió hacia ellos.
-Hola, soy Dael.
-Nórbak, no seas bestia. ¡Solo es un crío! –le reprochó su compañero, después se acercó al pequeño y le posó la mano sobre la cabeza-. Hola, soy Nam.
-¿Habéis venido a robarnos? –preguntó Dael con inocencia.
-Mira, aquí ya nos conocen –comentó Nórbak de manera despreocupada mientras seguía colocando paquetes.
-¿Qué? ¡No! –negó el otro al tiempo que propinaba una suave patada a su amigo.
-¿Entonces por qué estáis en mi casa?
-Somos amigos, no tienes que preocuparte –respondió Nam.
-¿Cómo habéis entrado?
-Por la chimenea –improvisó Nórbak.
Los dos amigos se miraron y se encogieron de hombros ante la cómica situación en la que se encontraban.
-¿Y de dónde sois? No os había visto nunca.
-Del norte –explicó el hombre.
-¿Y traéis todo esto vosotros solos? –preguntó el chiquillo que miraba los paquetes puestos bajo el árbol de hielo.
-No, venimos en un trineo –explicó el enano-. Van genial con toda esta nieve.
Nam sonrió y se agachó junto al pequeño.
-Hemos venido a traeros regalos –dijo.
-¿En serio? –El niño mostró una gran sonrisa mellada, estaba radiante de ilusión.
-Sí, pero ahora tienes que irte a la cama hasta que sea de día, ¿de acuerdo?
El pequeño asintió frenéticamente y después se dio la vuelta y corrió hacia su habitación. Un instante más tarde se asomó de nuevo por la puerta.
-Gracias.
Después se marchó de nuevo.
-¿Puedes volver a explicarme por qué te gastas buena parte de lo que ganas como cazador de recompensas en estas tonterías? –preguntó Nórbak.
-Porque estas familias tienen más problemas que nosotros. Solo intento ayudar a aquellos que más lo necesitan, ¿sabes? Con estos regalos podrán comer bien durante algunas semanas y tendrán ropas de abrigo para soportar mejor el frío y la nieve.
-Eres un sentimental.
-Lo sé.
-¿A mí no me vas a regalar nada?
-Ya veremos Nórbak.
-Eh, que te estoy ayudando en toda esta tontería. Por cierto, ¿el árbol de hielo era realmente necesario?
-Venga, vámonos –dijo Nam tras colocar el último paquete-. Todavía tenemos que visitar varias casas más ante de que termine la noche.
Los dos amigos terminaron y salieron de la casa. En el exterior los esperaba un pequeño trineo cargado de regalos. Sin darse cuenta de que el pequeño los observaba desde la ventana de su habitación se subieron al vehículo y Nam invocó el poder de la magia de hielo para crear un tobogán que se elevaba hacia el cielo. El enano azotó las riendas del trineo y las dos cabras montesas que usaban como animales de tiro arrancaron a correr.
Dael miró emocionado hacia el trineo que parecía volar por el cielo mientras los copos de nieve caían tímidamente, los cuernos de los animales se recortaban contra la luna llena mientras Nam usaba su magia para que la nevada arreciase en ese pequeño pueblo perdido.
Al amanecer varias familias se encontrarían con una agradable sorpresa que les haría el invierno más llevadero.
Joaquín Sanjuán Blanco
¡FELICES FIESTAS A TODOS!

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