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Tórak Zádor contemplaba su reino desde la muralla de la Fortaleza Negra de la isla. Hacía ya muchos años desde que la había conquistado en la Batalla de la Isla Negra, pero aún se maravillaba de la magnificencia del lugar. Zadora, la antaño Isla Negra, era una isla situada al extremo sureste de Lácenor. El mar y las tormentas, frecuentes en la zona, hacían de él un lugar peligroso, dónde la misma naturaleza podía arrebatarle la vida a cualquiera que no andase con cuidado. Aún así, todos decían que merecía la pena. Los mismos motivos que hacían de la isla un lugar peligroso y duro eran los que protegían a sus gentes de las incursiones desde el exterior. Sabían que en Zadora estaban seguros.
El guerrero dejó que el fuerte viento del mar le revolviera el corto y oscuro cabello y agitase su negra capa mientras miraba hacia el patio de la fortaleza. Un grupo de caballeros de Zadora, orden de la que era fundador y comandante, entrenaba bajo las instrucciones de uno de los oficiales.
Tórak Zádor comenzó a caminar por encima de la muralla mientras pasaba junto a algunos de los soldados apostados en ella.
El hombre miró hacia el mar. Las olas, furiosas, rompían contra las rocas que rodeaban la isla. El tiempo parecía estar empeorando por momentos y amenazaba tormenta. Tórak distinguió la firme silueta del Guardián en el horizonte. El viejo torreón había sido construido en una pequeña isla al norte de la propia Zadora con el objetivo de vigilar y avistar cualquier barco que se aproximase por el norte. El sur y el este eran inalcanzables por mar, ya que todo lo que había eran acantilados y riscos imposibles de sortear. Las embarcaciones que buscaban un lugar donde atracar por esa zona acababan renunciando o se estrellaban contra las rocas arrastrados por el viento y las fuertes olas. El lado oeste, por otra parte, no le preocupaba demasiado. Estaba completamente cubierto por un espeso bosque y sabía que alguien que tomase tierra en aquella zona sería abatido por el pueblo que habitaba entre los árboles, una colonia de exploradores y forestales venidos desde todos los confines de Lácenor. Cualquier barco que fuera a la isla anclaba en el golfo del norte, único punto seguro de la isla para hacerlo. El Señor de Zadora se había encargado de que así fuera. De esa manera, mientras El Guardián se alzase en su sitio, nadie podría atacarles por sorpresa.
Unas gotas de agua comenzaron a caer sobre la piedra de la fortaleza. Tórak Zádor se cubrió la cabeza con la capucha de su capa y se encaminó hacia las escaleras que daban al patio de armas. Advirtió con satisfacción que sus caballeros continuaban entrenando sin inmutarse, ignorando la lluvia que cobraba cada vez mayor fuerza. Bajó los escalones y avanzó por el patio hacia la puerta que conducía al interior del castillo mientras todo aquel con quien se cruzaba se detenía para hacerle un respetuoso saludo al que Tórak respondía con un leve movimiento de cabeza. Cuando finalmente alcanzó la puerta, se apresuró a resguardarse en el interior del castillo en tanto que la ya torrencial lluvia seguía cayendo imparable en el exterior.
-Mi señor –exclamó uno de los sirvientes al tiempo que le tendía una toalla al caballero-. Os esperan en la sala de recepción.
-Creía que no tenía ninguna reunión programada para hoy –protestó él, frunciendo el ceño.
-Así era, pero ha surgido algo. Deberíais apresuraros, Lord Caronte ha insistido en hacerse cargo él mismo –explicó el criado. El tono de su voz indicaba que estaba realmente preocupado.
-Sabes que se enfadará si te oye llamarle así –recordó Tórak con una sonrisa.
-Lo sé muy bien, mi señor. Pero es mi trabajo –respondió el aludido, inflexible.
Pese a que sentía un gran aprecio por Caronte tenía que admitir que el guerrero no estaba hecho para la vida de noble. Aunque le había apoyado desde mucho antes que se proclamase Señor de Zadora, era evidente que no estaba cómodo entre caballeros, criados y toda esa etiqueta propia de la aristocracia. Sin embargo, debía admitir que no habría logrado llegar hasta donde lo había hecho sin la ayuda de su viejo compañero.
-¿De qué se trata? –exclamó el caballero mientras se apresuraba pasillo abajo seguido por el criado.
-Un mensajero, mi señor.
-¿Con este tiempo?
-Llegó antes de que estallase la tormenta.
De pronto Tórak comprendió por qué el sirviente se sentía tan intranquilo ante la sola idea de que fuese Caronte quien se hiciera cargo: el hombretón nunca había aprendido a leer. Con una sonrisa el caballero cruzó la puerta que daba paso a la sala de recepción.
Un hombre de aspecto rudo se encontraba allí, esperando con gesto de aburrimiento. Sentado en una silla pudo ver a Caronte, quien sostenía en sus manos un pergamino desenrollado mientras lo miraba con mucha atención. La estampa no dejaba de ser curiosa. El guerrero, un hombre de algo más de dos metros de estatura con brazos como troncos y un torso ancho como un barril, era todo puro músculo que apenas quedaba cubierto por la armadura de cuero usada que vestía. Pese a que Tórak había intentado convencerle en más de una ocasión de que utilizase una cota de mallas o coraza de placas, el exgladiador se negaba rotundamente. Aseguraba que en la Arena donde había luchado por vivir durante tantos años aprendió a combatir sin la carga de una armadura y se encontraba más cómodo así. Tórak estaba convencido de que, de no ser por los convencionalismos sociales, su amigo tan solo se vestiría con taparrabos y botas. De hecho la única pieza metálica que formaba parte de su atuendo era un yelmo en forma de calavera con que solía cubrir su testa. Pese a que a muchos les parecía inapropiado, Tórak sabía que también era un recuerdo de los años de esclavitud sufridos por el guerrero cuando combatía protegido por ese mismo casco. Caronte decía que mientras lo llevase puesto jamás olvidaría lo que era ser un esclavo y no permitiría que nadie volviera a tratarle como tal.
-¿Alguna noticia importante, Caronte? –preguntó el caballero con malicia.
El aludido dio un par de vueltas más al papel y se lo tendió a su compañero, suspirando aliviado.
-No lo sé, dímelo tú –exclamó.
El mensajero puso los ojos en blanco, exasperado.
-Veamos –dijo Tórak tomando el pergamino. Advirtiendo que estaba bocabajo lo giró y comenzó a leerlo.
-Casi lo tenía –le susurró el exgladiador con seriedad.
-Vaya –musitó el caballero mientras leía con rapidez.
Cuando terminó dejó el mensaje a un lado y miró al mensajero.
-¿Quién te ha entregado esto? –preguntó muy serio.
-Un hombre de Celestia –respondió el aludido-. Me prometió que me daríais una buena recompensa si traía el mensaje hasta aquí.
-¿Dijo su nombre?
-No, comandante Zádor. Solo me dijo que debía entregar el pergamino en persona al Señor de Zadora –explicó lanzando una mirada de reproche al exgladiador-. Aunque no me fue posible hacerlo, ese hombre…
-Es de mi total y absoluta confianza –interrumpió el caballero.
-¿Qué dice el mensaje, Tórak? –preguntó Caronte.
El caballero se giró hacia el sirviente que le había acompañado hasta allí e hizo una señal para que acudiera.
-Entrega a este hombre un puñado de monedas y haz que le den una habitación hasta que pase la tormenta y pueda regresar al continente. Atiende también a su tripulación, que no les falta de nada –ordenó.
-Sí, mi señor –respondió el criado.
Caronte, aburrido, se sentó en una silla mientras esperaba. El mensajero se marchó junto al sirviente y Tórak cerró la puerta de la estancia.
-¿Me puedes decir ya lo que pasa? -El hombretón tamborileó sobre la mesa de madera con los dedos.
-Es Sabryna –explicó el caballero. La mujer era una vieja amiga de ambos, conocida por ellos desde hacía mucho tiempo y una de las primeras incorporaciones a la orden de los caballeros de Zadora. Al evocar el nombre la recordó: ojos verdes, melena oscura, risa sincera... era una mujer difícil de olvidar.
-¿El mensaje es suyo? –dijo el exgladiador confuso-. No lleva el sello de los caballeros de Zadora sino uno que no había visto nunca antes.
-No lo ha escrito ella. Es de una sacerdotisa de Isilwentari que lo envía desde Orium –explicó Tórak sin poder evitar pensar en la ironía que suponía el hecho de que una mujer consagrada a la Diosa de la Luz y la Vida enviase un mensaje al lugar que antaño había sido residencia de la orden de caballería dedicada a la deidad opuesta.
-¿Orium? -preguntó Caronte tras unos momentos de reflexión.
-Una pequeña ciudad fronteriza e independiente situada en el noreste, entre Madoria y las Montañas Vorgrim donde viven los enanos.
-Ah. ¿Y qué dice?
-El invierno pasado unos fanáticos de Isilwentari se instalaron en la ciudad. Sus habitantes, con ayuda de unos extranjeros, les plantaron cara cuando empezaron a sacrificar gente en nombre de su cruzada divina. Sabryna estuvo allí, dice en la carta que fue la única superviviente de un grupo que les ayudó, pero desapareció después de que atendieran sus heridas. La sacerdotisa teme que pueda estar afectada por lo sucedido e intente hacer alguna locura.
-No parece propio de Sabryna.
-Tampoco sabemos exactamente qué es lo que pasó o a qué se enfrentó.
Los dos compañeros guardaron silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. La mujer era una buena amiga para ambos, aunque Caronte era consciente de que entre ella y Tórak había algo más que amistad. Desde que su amigo la conoció, le había resultado innegable que se atraían. Era comprensible, ya que en cierta forma ambos eran muy parecidos: dos guerreros con un elevado aunque personal sentido del honor, dos personas solitarias por naturaleza que no habían esperado encontrar a nadie con quien siquiera considerar compartir sus vidas. Para Caronte todo eso había sido un suplicio desde el principio. Tórak y Sabryna habían pretendido mostrarse distantes e indiferentes el uno con el otro durante mucho tiempo, tratando de negar e incluso rechazando los sentimientos que ardían en su interior. Sin embargo, el exgladiador lo comprendía. Tórak había sufrido persecuciones, odios y traiciones durante más de una década, por lo que no era de extrañar que siempre le hubiese costado confiar en los demás. Por eso, cuando se dio cuenta de que sentía algo hacia Sabryna, había hecho lo imposible por ignorar ese sentimiento y enterrarlo en lo más profundo de su alma. La mujer, por su parte, había mostrado siempre un fuerte carácter y una férrea determinación a no atarse a nada ni a nadie, en especial a un hombre y mucho menos a uno en la situación política de Tórak Zádor. Caronte había notado que el cargo del caballero le hacía sentir aún más incómoda. Ambos sentían un gran respeto el uno por el otro, pero no parecían decidirse a dar el paso. Cuando alguno lo intentaba, el otro reculaba y se apartaba, imposibilitando que ambos disfrutasen de la felicidad que se merecían. La última vez que eso había pasado fue cuando Tórak ofreció a la mujer un puesto a su lado en Zadora, a lo que ésta respondió abandonando la isla. Sin embargo, por mucho que les costase dar rienda suelta a los sentimientos que Tórak y Sabryna sentían el uno por el otro, Caronte no albergaba duda alguna sobre cómo iba a reaccionar el caballero ante las noticias que acababan de recibir. Podía hacerse el duro, tomarse su tiempo para decirlo o fingir que estaba pensando sobre ello, pero ambos sabían cual sería su decisión.
-Tenemos que ir a buscarla – anunció finalmente el caballero.
-¿Estás seguro? –exclamó el exgladiador fingiendo voz de sorpresa. Podía no ser demasiado inteligente, pero era mucho más perspicaz de lo que hacía creer a los demás.
-A fin de cuentas es miembro de los caballeros de Zadora, si necesita ayuda se la daremos –explicó el gobernante, tratando de justificarse mientras su compañero sonreía debajo del yelmo.
-¿Alguna idea de por dónde empezar? –dijo el hombretón.
-Si se sentía perdida es más que probable que se haya dirigido hacia Nayara, tal vez a la taberna donde trabajó su madre antes de quedarse embarazada. A fin de cuentas se crió allí y tiene un gran aprecio al lugar –explicó Tórak recordando las historias que Sabryna les había contado de su ciudad natal.
-A Nayara entonces –asintió Caronte-. Estaré listo en diez minutos.
-Haré que preparen un barco –informó el caballero-. También tendré que dejar instrucciones para mi ausencia.
-¿Tu qué? –preguntó Caronte-. Tórak, tu sitio está aquí. Deja que me ocupe yo de encontrar a Sabryna.
-Ella es mi responsabilidad, como comandante de los caballeros de Zadora – replicó el otro.
-Y un cuerno. El Tórak que yo conozco no antepondría sus sentimientos personales a sus responsabilidades.
-Te equivocas, yo no…
-No me tomes por tonto. Si quieres engañarte a ti mismo es tu problema, pero no intentes convencerme de que no sientes nada por ella –protestó Caronte-. Deja que me encargue de buscarla. Tus sentimientos pueden hacer que metas la pata y, si está en problemas, eso es lo que menos necesita. Sabes tan bien como yo que tengo razón, acuérdate de lo que pasó con Elay Yuna. Además, estará en buenas manos.
-En las mejores –concedió el caballero sonriendo-. Muy bien, prepárate. Saldrás en una hora.
-Buena decisión –respondió Caronte, palmeando la espalda de su compañero y marchándose hacia su habitación.
En realidad no necesitaba tanto tiempo. Llevaba la armadura de cuero puesta, solo necesitaba su martillo de batalla y un petate con alguna manta, un odre y unas pocas provisiones. Con eso y la bolsa de monedas que Tórak le daría tenía todo lo que podía necesitar, siempre viajaba ligero de equipaje. No obstante tendría que esperar a que hubiera un barco preparado para partir.
El Señor de Zadora vio marchar a su amigo. Quería ir en busca de Sabryna, sin embargo era plenamente consciente de que las palabras del exgladiador eran sinceras y llenas de razón. No podía abandonar la isla, demasiadas cosas podían necesitar su atención y no tenía ni idea de cuánto tiempo podía llevarles la búsqueda. Aún así, no lograba librarse del sentimiento de que ella lo necesitaba. Sabía que Caronte no fallaría, pero sentía que él sí lo estaba haciendo. Con un suspiro de resignación el caballero abandonó la estancia por la puerta opuesta a por dónde había salido su amigo. Tenía que dar instrucciones para que preparasen un barco para partir inmediatamente. Era consciente de que la tormenta que azotaba la isla hacía que no fuese precisamente el mejor momento para navegar, pero no podía esperar más. Según la fecha de la carta, los acontecimientos que ésta narraba habían sucedido poco después del invierno y de eso hacía ya algo más de seis meses. Quizás ya fuese demasiado tarde para ayudar a la mujer. Por mucho que le costase admitirlo, Caronte tenía razón: aunque intentase negarlos, sus sentimientos podían ser un obstáculo si las cosas se ponían feas durante la búsqueda.
El hombretón se encaminó hacia su habitación, mientras silbaba. Los sirvientes y guardias de la fortaleza trataban de disimular, pero era innegable que se le quedaban mirando cuando pasaba por su lado. Caronte llevaba junto a Tórak desde que ambos escaparon juntos de los caballeros Negros, aunque siempre habían sido muy distintos. Él era un exgladiador acostumbrado a valerse por la ley del más fuerte, un superviviente. Tórak, en cambio, se había criado como un caballero con un rígido sentido del honor. Desde que se había proclamado Señor de Zadora debía, además, mantener su nombre e imagen limpios. En muchas ocasiones tenía que dejar de lado la espada para recurrir a la diplomacia, le gustase o no. Pero él no tenía ese problema. Si Sabryna se encontraba en apuros, se encargaría de sacarla de ellos llevándose por delante a cualquiera que se interpusiera. Solo esperaba que, cuando la trajese de vuelta a Zadora Tórak olvidase sus miedos y ambos dieran el paso que tenían que haber dado años atrás. Todavía no comprendía cómo el caballero, capaz de tratar con los más terribles enemigos o de intervenir en cualquier asunto político por peliagudo que fuera, no lograba poner en orden sus propios sentimientos cuando se trataba de una mujer.
Sacudiendo la cabeza el exgladiador suspiró con resignación. Todo eso carecía de importancia en ese momento, lo único que debía preocuparle era cómo se las apañaría para encontrar a Sabryna.
-Señor –saludó uno de los guardias al ver a Tórak Zádor salir de nuevo al patio, sin inmutarse por la feroz lluvia.
-Busca inmediatamente a Kunzo, necesito que tenga un barco preparado para zarpar en media hora –ordenó el caballero.
-¿Un barco, mi señor? ¿De noche y con este tiempo? –preguntó el aludido, sorprendido.
-Se trata de una emergencia. Dile que lo tome como una oportunidad para estrenar el barco del que me habló.
-Sí, mi señor –exclamó el soldado, marchándose de inmediato hacia las cuadras en busca de un caballo que le llevase al golfo del norte de la isla. Allí podría encontrar a Kunzo. Era el navegante encargado de dirigir todas las actividades del puerto de Zadora, así como mejor capitán de barco de la isla. Pero sin duda lo más destacable de él era que se trataba de un enano. Muchos se sorprendían al ver a alguien de su raza tan aficionado al mar y los barcos, pero él siempre decía que, de joven, se había enamorado de las rudas aguas del océano y desde entonces había sabido que su destino sería cruzarlas y vivir en ellas hasta el fin de sus días. Su devoción durante décadas le había convertido en uno de los mejores navegantes que podía encontrarse en todo Lácenor, su pericia rivalizaba incluso con la de los mejores navegantes elfos, tanto los exploradores sennie como los piratas éldayar.
Tórak vio partir al soldado, confiando en que la tormenta no empeorase durante las próximas horas, pese a que sabía que Kunzo no pondría objeciones en partir a pesar del temporal, sin preocuparse de los riesgos.
Caronte se echó al hombro su martillo de batalla, una poderosa arma que le acompañaba desde hacía más tiempo del que podía recordar. Puño de Namfaroth había pertenecido al poderoso caudillo bárbaro Namfaroth muchos siglos atrás. Se decía que el arma le fue entregada por los propios dioses para enfrentarse a aquellos que amenazaban con destruir las vidas de los seres humanos que, ignorados por elfos y enanos, luchaban contra todo tipo de criaturas para poder sobrevivir en sus primeros siglos de vida. Ese martillo era toda una leyenda entre las armas legendarias y de él se decía que en los tiempos de su primer portador podía hundir un barco de un solo impacto o desmoronar una montaña golpeando su base. No obstante el paso del tiempo y el ser empuñado por otros guerreros diferentes a aquel para quien había sido creado tuvieron un claro efecto negativo sobre el arma, cuyas capacidades ya no eran ni de lejos tan terribles como decían las leyendas. Aún así, continuaba siendo un arma formidable.
Cubierto por una capa pesada de lana el guerrero tomó con la mano libre un petate de tela donde había metido una manta y algo de ropa limpia y abandonó su habitación. En la puerta le esperaba un sirviente con un paquete.
-Esto es para usted, por orden del comandante Zádor –informó el hombre.
-¿Qué es? –preguntó el exgladiador, a pesar de que ya suponía de qué se trataba.
-Alimentos para el viaje, un odre de agua fresca y una bolsa de monedas de oro. Me ha encargado también que os diga que podréis encontrarle en el patio de armas, os espera.
-Gracias. –Caronte tomó el paquete y echó a andar sin prestar más atención al sirviente.
El exgladiador se dirigió hacia las escaleras que llevaban a la planta baja del castillo desde donde podría salir al patio de armas. Había recorrido esos pasillos en infinidad de ocasiones pero a pesar de ello no podía evitar maravillarse con las armas, tapices y armaduras que los decoraban, trofeos tomados de batallas ganadas a lo largo de muchos años y que en ese entonces adornaban la fortaleza construida mucho tiempo atrás por los Caballeros Negros.
Al ver al gigantón bajar las escaleras dos guardias se apresuraron a abrir las puertas que daban al patio. Caronte, que se había quitado su característico yelmo, salió al exterior y se dejó empapar por la lluvia.
Tórak Zádor le esperaba allí, junto a un corcel que bufaba nervioso por la tormenta.
-Te esperan para partir, Caronte –informó-. ¿Lo llevas todo?
-Llevo a Puño de Namfaroth, mi armadura y algo de oro. No necesito nada más. –El aludido blandió el arma para dar más énfasis a sus palabras.
-Kunzo y un puñado de hombres te esperan en un barco pequeño para salir de inmediato. Ten mucho cuidado –dijo el caballero.
-Que lo tenga el que haga daño a Sabryna – respondió el exgladiador, bravucón.
Los dos amigos se tendieron la mano y agarraron mutuamente el antebrazo derecho del otro. Tras el saludo el gigantón montó en el caballo bajo la atenta mirada de su amigo.
-Tráela de vuelta –dijo éste.
Sin responder, Caronte partió al galope.
El exgladiador se arrebujó en su gruesa capa para protegerse de la torrencial lluvia. A su alrededor Kunzo y los otros siete marineros peleaban por mantener el barco a salvo a pesar de la tormenta. Aunque no era precisamente una gran embarcación, no por eso era menos segura. Se trataba del Doncella de Mar, una nave diseñada por el propio enano. Era pequeña e incluso algo gruesa, lo que motivaba que muchos la comparasen con el propio constructor entre chanzas y burlas. Sin embargo esto era más una ventaja que un inconveniente, al menos en la situación en que se encontraban. Para poder superar la tormenta les sería mucho más útil esa nave pequeña y resistente que cualquier otra grande y estilizada, hermosa y veloz pero mucho más vulnerable a los daños que podía ocasionarles un temporal. Kunzo dirigía el timón de su creación, orgulloso como un padre que lleva en brazos a su pequeño hijo. La lluvia, el viento y los truenos no parecían existir para él, que reía enloquecido en medio de la tormenta.
Caronte sabía que no debía preocuparse, eran los mejores navegantes que podía encontrarse en toda Zadora. Si alguien podía conducirle a salvo hasta Madoria, eran ellos. El hombretón miró hacia la fortaleza, cuya silueta se recortaba nítidamente en la tormenta, iluminada por los escasos y tímidos rayos del sol que conseguían sortear las espesas y oscuras nubes que cubrían el cielo. Aunque no podía alcanzar a verlo sabía que él estaba allí, alentándoles a superar la tormenta y alcanzar tierra firme.
Aunque siempre presumía de no sentir miedo por nada, en esos momentos se veía obligado a confesarse a sí mismo que temía no llegar a su destino. No podía evitar recordar una vez, hacía casi cinco años, en la que había estado a punto de morir ahogado.
Algo le decía que no estaría tranquilo hasta volver a sentir tierra bajo sus pies.