Hoy vengo para hablaros, como reza el título de la entrada, de nuevos proyectos en los que estoy trabajando. Como ya os he dicho anteriormente Ediciones Parra y yo estamos inmersos en la preparación editorial de Leyendas de Lácenor: Luces y sombras, pero en esta ocasión no es de eso de lo que voy a informaros, sino de otros dos trabajos que verán la luz en fechas muy próximas a las de esta novela.
En primer lugar os hablaré de un trabajo relacionado con SphereWars, con quienes llevo trabajando desde el pasado verano. Se trata de una novela ambientada en tan original mundo de fantasía y que llevará como protagonista un personaje que yo mismo diseñé para el juego y que formará parte de la banda de los Neonatos, de próxima aparición. Todavía es pronto para hablar de fechas, pero todo parece indicar que la presentación sería antes de navidades en Barcelona. A medida que pase el tiempo os ofreceré algunos concepts del protagonista y tal vez algún episodio, siempre con permiso de SphereWars.
Además tengo el orgullo de anunciar que estoy trabajando ya en la segunda trilogía de Leyendas de Lácenor. Sin embargo debo advertir que, pese a retomar personajes de la primera y utilizar acontecimientos narrados en estas, no es en absoluto una continuación como tal, más bien debe entenderse como una historia independiente que, por supuesto, tendrá lazos de unión con la primera trilogía. Además habrá un salto de algunos años para ayudar a dar ese aire distante e independiente que pretendo darle. Naturalmente algunos de los personajes serán viejos conocidos para los lectores, pero también aparecerán otros nuevos.
Y ahora viene la noticia: estas novelas verán la luz como novela digital gratuita mediante una página web de la que os hablaré cuando llegue el momento. Hay muchas posibilidades de que su publicación (que será por capítulos y de forma periódica) comience a principios del 2012, pero no puedo confirmar nada todavía. Para los que se pregunten si es sensato comenzar con la publicación de esta segunda trilogía antes de terminar con la primera, os diré que probablemente no pero así es como me han venido las cartas. En cualquier caso os aseguro que no supondrá un problema, pues como digo serán trilogías independientes y claramente diferenciadas y, además, os garantizo que no aparecerá nada que pueda desvelar los acontecimientos de la primera trilogía.
Pues ahí queda eso. Seguiré informando cuando tenga novedades, lo prometo. Mientras tanto recordad que dentro de poco os ofreceré un nuevo adelanto de Luces y sombras, como prometí hacer mes a mes hasta su publicación.
Un saludo a todos.
martes, 29 de marzo de 2011
jueves, 10 de marzo de 2011
Luces y sombras en preparación editorial
Así es: por fin comienza la cuenta atrás para la publicación de la segunda parte de la trilogía de Leyendas de Lácenor. Ediciones Parra ya está hablando con la correctora (Elena Mesa) y con el portadista (Óscar Pérez) para comenzar a trabajar mientras que, por otra parte, contamos con un nuevo fichaje: Carmen Cabello (Imaginarios) será la maquetadora.
La novela, programada para navidades del presente año, incluirá diversos extras de los que ya os he hablado en alguna ocasión: ilustraciones de Laura Burgos y, si no pasa nada, también de otros colaboradores; nuevos mapas y más poemas de María Chovares.
Os tendré informados.
La novela, programada para navidades del presente año, incluirá diversos extras de los que ya os he hablado en alguna ocasión: ilustraciones de Laura Burgos y, si no pasa nada, también de otros colaboradores; nuevos mapas y más poemas de María Chovares.
Os tendré informados.
Etiquetas:
leyendas de lácenor,
Noticias
sábado, 5 de marzo de 2011
Avance de marzo: relato
Nuevo avance en la larga espera hasta la salida de Leyendas de Lácenor: Luces y sombras a finales de año. Si los meses anteriores os ofrecí el primer capítulo de la novela y una de las ilustraciones que la acompañarán, este mes le toca el turno a un relato inédito que tiene como protagonista a uno de los personajes más conflictivos de la novela y que pese a no resultar necesario para la posterior lectura de Luces y sombras sí que aporta información sobre un personaje del que no se aclara nada al final de La ciudad blanca.
Para que nadie se pierda tened en cuenta a la hora de leerlo que estaría situado al final de la primera novela, poco después de la conversación entre Ramjaya y Sabryna. Espero que os guste y no olvideis comentarlo.
_________________________________________________________
Para que nadie se pierda tened en cuenta a la hora de leerlo que estaría situado al final de la primera novela, poco después de la conversación entre Ramjaya y Sabryna. Espero que os guste y no olvideis comentarlo.
_________________________________________________________
Leyendas de Lácenor
TORO
Año 1003 de la Era de los Mortales. Primavera.
—¡He dicho que nos sirvas otra ronda de cervezas! ¡Y algo de comer!
Salomón, el posadero del local El Goblin Borracho, agachó la cabeza y estrujó entre las manos un mugriento trapo del que goteó agua sucia.
El hombre que había hablado, un individuo delgado y sucio con expresión serpentina en su rostro, estrelló la jarra vacía contra la pared. Los añicos de cristal saltaron en todas direcciones y sus dos compañeros, que eran todavía más sucios, estallaron en carcajadas mientas uno de ellos acariciaba el muslo de una jovencita sentada entre ambos y a la que sujetaban para que no echase a correr. La chica mantenía la cabeza agachada y trataba de evitar temblar de miedo con escaso éxito.
—A… ahora mismo, se… señores – tartamudeó el posadero entre temblores. Pese a que era mucho más grande y robusto que el hombre con cara de serpiente y sus amigos, también era un cobarde. Además los canallas tenían a su hija. Salomón trató de calmarse y se volvió hacia el resto de sus clientes de esa noche, tres o cuatro viajeros cansados que miraban a los bribones con desprecio. Sin embargo nadie había movido un dedo para ayudarles.
—A la próxima ronda invita la casa, señores. No pasa nada.
Alguno de los viajeros protestó en voz baja, pero nadie dijo una palabra. No tardaron en apartar la mirada y volver a sus propios asuntos.
Salomón suspiró y mucho más tranquilo se dirigió a por otras cervezas. Sin embargo antes de que llegase a la barra un chillido de su hija le sobresaltó. El posadero se volvió justo a tiempo de ver como el hombre de cara serpentina abofeteaba a la chica.
—¿Vas a estarte quieta ahora, puta? –dijo mientras la sujetaba del pelo y la obligaba a inclinarse sobre la mesa, después introdujo la otra mano debajo de su falda—. ¡Verás como te gusta lo que tengo para ti!
Sus compañeros lanzaron miradas desafiantes a los otros clientes y dejaron un par de dagas anchas sobre la mesa.
—Por favor, mi hija no…
—Tu hija debería agradecerme mis atenciones –le contradijo el bribón—. ¿Vienen ya esas cervezas?
Salomón notó como las lágrimas acudían a sus ojos mientras la chica gritaba a cada embestida del bruto.
—Sí, por supuesto –dijo finalmente, asqueado por su propia cobardía pero incapaz de sobreponerse a ella.
—¡Ya es suficiente! –gritó alguien. Un hombre se levantó de una de las mesas y tomó una pequeña hacheta que llevaba colgada al cinto.
—Encargaros mientas termino, después os tocará a vosotros –dijo el jefe de los bribones mientras embestía de nuevo a la chica e introducía una mano por debajo de sus ropas.
Los dos matones se pusieron en pie y desenvainaron sus dagas con sendas expresiones de satisfacción. iba a ser una buena noche.
Salomón abrazaba a su hija, que lloraba desconsolada en sus brazos. Su vestido estaba destrozado y sentía los muslos salpicados de sangre y semen, la viscosa mezcla goteaba sobre el suelo del local. A su alrededor estaban los cuerpos sin vida de los desafortunados viajeros que esa noche habían tenido la mala suerte de pasar por el cruce de caminos en el que estaba situado El Goblin Borracho.
Los tres bandidos salieron de la cocina arrastrando un par de sacos y riendo a carcajadas mientras se pasaban una bota de cerveza unos a otros.
—Ha sido una buena noche –afirmó uno de ellos.
—¿Qué hacemos con estos dos? –preguntó uno señalando con la cabeza a Salomón y su hija.
—Tendremos que matarlos –sentenció el de la cara serpentina—. Pero antes tomaré de nuevo a la chica, si se porta bien tal vez podamos llevarla con nosotros. Nos será muy útil en las noches frías.
La puerta se abrió. El frío viento entró en el local y tras él una gigantesca figura apareció en el umbral. Era grande, más incluso que el tabernero, pero amplios ropajes, vendas y una gran capa le ocultaban por completo de ojos curiosos. Incluso su rostro aparecía casi completamente vendado, a excepción de un único ojo frío y duro, como el de un depredador.
—¡Váyase! –gritó el posadero—. ¡Váyase inmediatamente o le matarán también!
Si el recién llegado había entendido o incluso escuchado las palabras de aviso, no dio muestra alguna de ello. Con paso firme y decidido se dirigió hacia la barra.
—Ha venido en mal momento –dijo el hombre de rostro serpentino mientras arrastraba a la chica de nuevo a la mesa—. Encargaros de él, no quiero que me moleste.
Los dos bribones desenfundaron sus dagas todavía manchadas de sangre y se dirigieron al extraño con evidente tranquilidad. Este se detuvo y los miró sin inmutarse.
—Menudo imbécil –dijo el jefe de los bandidos mientras arrastraba a la chica—. ¿Es que ni siquiera va a intentar defenderse?
Cuando estuvieron suficientemente cerca uno de los bribones arremetió contra él con la daga por delante mientras su compañero le rodeaba con una sonrisa de estúpida confianza reflejada en su sucio rostro.
Un brazo grande como un tronco surgió de debajo de la capa y atenazó el cuello del atacante, que descargó el acero contra el encapuchado. El chirrido del arañar metal contra metal resonó en la taberna y un destello plateado relampagueó entre los vendajes del pecho.
—¿Qué dem…?
No terminó la frase. Con un giro de su gruesa muñeca el gigantón le quebró el cuello como si de una ramita se hubiese tratado. Al verlo, su compañero se detuvo con los ojos abiertos como platos. No estaban acostumbrados a que les plantasen cara, y mucho menos a que alguien matase a uno de los suyos. Esos segundos de estupefacción le costaron la vida. Con un veloz movimiento el extraño se abalanzó sobre él y cerró su manaza en torno a la cabeza del bribón para al instante estamparla contra la pared. Todo quedó salpicado de sangre y sesos mientras el desconocido se volvía hacia el último de los bandidos, que ajeno a lo que sucedía a su alrededor continuaba embistiendo a la gimoteante chica, confiado en que sus lacayos harían el trabajo que les había encargado. Cuando una daga ancha se hundió en su espalda aún continuaba dentro de la hija del tabernero.
—¡Gracias, buen hombre, muchas gracias! –exclamó el padre de la chica al tiempo que corría junto a ella—. ¡Nos ha salvado la vida!
El extranjero lo miró durante un momento, aún con la daga del bandido en sus manos ensangrentadas. Después entrecerró los ojos y dejó caer el arma. Arrojó un saquillo tintineante al suelo y se dirigió escaleras arriba, en busca de una habitación en la que poder descansar.
Unos tímidos golpes en la puerta despertaron al hombretón herido, que abrió su único ojo sano. Se volvió con la intención de seguir durmiendo, pero los golpes volvieron a sonar. Al cabo de unos momentos llamaron una tercera vez con todavía más insistencia.
—¿Se encuentra bien? Voy a entrar –dijo la muchacha, mientras introducía la llave.
Con un bufido molesto se incorporó y cuando la chica abrió se encontró con el enorme bruto la miraba desde el centro de la habitación. La joven abrió los ojos desmesuradamente al ver a la imponente figura que se alzaba ante ella. Estaba completamente desnudo, cubierto su cuerpo tan solo por incontables cicatrices y gran cantidad de heridas. Su cuello mostraba la más terrible, una zona que rezumaba pus y espesa sangre oscura por igual. Uno de sus brazos, el que había permanecido oculto bajo la capa durante la pelea, estaba doblado en un ángulo antinatural, completamente roto. En un rincón de la estancia descansaban las vendas ensangrentadas, entre las que zumbaba una docena de moscas, y una armadura sucia y abollada yacía desparramada por el suelo de la habitación.
La chica le miró de arriba abajo y comprendió de inmediato que tenía sangre de orco. El tinte levemente verdoso de su piel y los colmillos que sobresalían de su mandíbula resultaban clarísima prueba de su mestizaje. Sin embargo lejos de asustarse o sorprenderse por ello la chica centró su mirada en las muchas heridas del guerrero, hasta detenerse en la del cuello.
—Eso tiene muy mal aspecto –dijo mientras dejaba en la cama una bandeja con pan negro, huevos y un vaso de jugo de frutas—. Debe estar infectado, tendríamos que curarlo mientras estemos a tiempo.
El semiorco la miró con uno solo ojo, pues el que había estado cubierto por vendas durante la noche anterior estaba vacío, solo quedaba la cuenca cubierta por sangre seca. Pero el otro, inyectado en sangre, estaba clavado en la joven.
Ella se acercó a él y con suavidad alargó una mano para tocar una de sus heridas supurantes. Antes de que llegase a hacerlo la mano del semiorco atenazó su brazo. La joven le miró a su único ojo y sonrió. Después, muy despacio, apartó la mano.
—Iré a buscar un sanador, esas heridas podrían matarte. No sé qué te ha pasado para que estés así, pero me aseguraré de que te pongas bien. Es lo menos que te debo después de lo que hiciste anoche—. Sin perder su sonrisa se retiró hasta la entrada—. Esos hombres me hicieron daño solo porque podían hacerlo. Abusaron de mí, me forzaron y nos habrían matado a mi padre y a mí de no ser por tu llegada. Te debemos la vida, y haré lo que esté en mi mano para compensártelo.
Después cerró la puerta y se marchó. Estupefacto el mestizo se quedó mirando la puerta hasta que el olor del desayuno hizo que su estómago protestase. No recordaba la última vez que comió algo decente.
—¿Has hablado con él, Arala? –preguntó Salomón con una triste sonrisa.
—Sí, padre. Está muy herido y creo que tiene miedo, así que voy a buscar un sanador para que atienda sus heridas.
—¿Es un caballero?
La joven pensó durante un momento.
—Creo que sí. Me salvó, padre. Nos salvó a los dos. –Arala miró a su alrededor, la taberna lucía limpia y los cuerpos habían desaparecido—. ¿Qué les has dicho a los soldados?
—Que se marchó después de lo sucedido. Me pareció evidente que se escondía de algo o de alguien y sea lo que sea por lo que le busquen le debemos al menos esto. –Salomón miró a su joven hija con expresión desolada—. ¿Estás bien? Lo que pasó anoche…
—Estoy bien, padre –mintió mientras bajaba la mirada y apretaba los puños—. Lo que sucedió ayer fue que esos hombres me forzaron, pero ahora ellos están muertos y yo no. Me quedo con eso, a fin de cuentas tenemos mucha suerte de seguir vivos después de todo lo que pasó.
—Arala, yo…
—Déjalo, padre. Comprendo por qué hiciste lo que hiciste. No le des más vueltas.
Después, la joven salió corriendo del local. Estaba llorando cuando atravesó el umbral de la posada.
—¿Puedo pasar? –preguntó Arala desde el pasillo, mientras llamaba suavemente a la puerta de la habitación.
Con un gruñido el guerrero se incorporó y abrió. Al otro lado, junto a la joven, se encontraba un sacerdote de Isilwentari.
—Que la Madre Luminosa me guarde, es un monstruo… —susurró el hombre en el momento en que vio al semiorco. Este flexionó los dedos de las manos y entrecerró su único ojo bueno, pero antes de que pudiera hacer nada Arala se interpuso entre ambos, encarada hacia el sacerdote.
—¡Es mi amigo! ¡Me salvó de unos hombres que me violaron y pensaban matarme! ¡Así que trátelo con más respeto!
—¿Este… esta criatura te salvó?
—Sí, cuando mi propio padre no se atrevió a mover un solo dedo para ayudarme.
El sacerdote miró de nuevo al semiorco y esbozó una sonrisa forzada.
—Ruego acepte mis disculpas. En ocasiones olvido que a los ojos de Isilwentari no es nuestro aspecto exterior lo importante, sino nuestros actos para con los demás.
El bruto abrió el ojo sano con sorpresa y miró a la chiquilla.
—Tranquilo –dijo esta—, todo va a ir bien. Está aquí para curar tus heridas y después se irá. Yo misma pagaré los gastos, no te preocupes por nada.
El semiorco dudó durante unos instantes, pero finalmente esbozó una siniestra sonrisa en su rostro mutilado y les invitó a pasar. Después cerró la puerta tras ellos.
—Muchas gracias –dijo Arala mientras tendía al sacerdote unas monedas por los servicios prestados—. Ahora me siento un poco menos en deuda con mi amigo.
—Si aceptas un consejo no te acerques demasiado a esa criatura –dijo el hombre mientras guardaba su pago.
—¿Por qué? –preguntó la niña—. Desde hace siglos los humanos aceptamos a elfos, enanos, duddis y semielfos en nuestras comunidades.
—Es distinto, son razas civilizadas. Los orcos en cambio… son más parecidos a animales salvajes que a personas.
—Pensaba que todos éramos iguales a los ojos de Isilwentari –le recordó Arala con el ceño fruncido.
—En cualquier caso deberías tener cuidado con él. Ya no por su raza, aunque mantengo que no me resulta de fiar. Su alma está negra y podrida, he podido sentirlo cuando aplicaba mis rezos curativos sobre él. De alguna manera sé que Isilwentari quería ponerme sobre aviso, aunque no sé exactamente por qué motivo. Pero te aseguro que no es el ser bueno y noble que tú crees, pequeña. Haz lo que quieras, pero ten cuidado. Y que Isilwentari te proteja, especialmente si insistes en mantenerte cerca de esa criatura.
El sacerdote se marchó, no había nada más que decir. Detrás de él quedó Arala, confusa y pensativa.
Estalian caminaba presuroso, con el único deseo de alejarse lo máximo posible de la posada El Goblin Borracho. Siguió el camino por el que viajaban los carros por aquella zona mientras deseaba que algún carromato pasase por allí en la misma dirección en la que él se dirigía. A los lados del camino los árboles comenzaban a cargarse de brotes verdes, como marcaba el inicio de la primavera.
Pese a que había advertido a la joven no le había contado toda la verdad, pues sabía que de hacerlo jamás habría podido marcharse de allí con vida. Según los últimos mensajes recibidos en su humilde templo de montaña habían sucedido hechos terribles en la ciudad de Orium durante el pasado invierno, hechos causados por la conocida como Orden Blanca, que había sido desmantelada y destruida por varios héroes anónimos. Todavía no estaban en su poder los documentos con todos los datos sobre los sucesos, pero sí que había recibido un informe en el que decía que el brazo derecho de Cirn, el Paladín Blanco al mando de la Orden Blanca, había logrado escapar con vida de la ciudad. Su nombre era Toro y al parecer se trataba de un semiorco. Orium se encontraba a no demasiada distancia al norte, solo había que seguir el camino junto al que estaba la posada durante uno o dos días de viaje. Los informes decían además que estaba muy herido y que le faltaba un ojo.
Le había contado a la chica una historia sobre que Isilwentari le había hecho saber que ese monstruo tenía el alma podrida, pero la realidad era que desde el primer momento había sido plenamente consciente de quién tenía delante. Sin embargo, el miedo le había impedido actuar de otra forma a como lo había hecho. Asustado por lo que el semiorco podría hacerle, se había apresurado a usar su magia curativa para sanar sus heridas. Restaurar el ojo perdido estaba más allá de sus posibilidades, pero estaba seguro de que con el tiempo podría recuperar el habla. Todavía no alcanzaba a comprender cómo era posible que el mestizo estuviese vivo con todas esas heridas. Ignoraba cuánto tiempo hacía que había abandonado Orium, pero a juzgar por el estado del semiorco y por su lastimoso aspecto debía haberle costado varios días llegar hasta ese lugar. Probablemente entró en la posada El Goblin Borracho en busca de descanso, consciente de que no podía seguir adelante. Sin duda era su sangre de orco lo que le había permitido sobrevivir hasta entonces. Estalian tenía conocimientos de medicina y comprendía que ningún humano podría haber resistido a semejante paliza durante tanto tiempo y mucho menos caminar tantos kilómetros como había andado el mestizo. Que lo hubiese hecho sin duda era una muestra clara de lo desesperado que se encontraba por alejarse de Orium, donde nada bueno le habría pasado de ser encontrado con vida.
De haberse atrevido, de haber sido más valiente, Toro estaría muerto. Tan solo tenía que haber utilizado uno de sus rezos para acabar con él, pues en su estado no habría podido resistir un solo conjuro. El lugar de eso había devuelto la salud al monstruoso ser para después marcharse lo más rápido posible. Daría la voz de alarma y pronto la posada estaría inundada de soldados del Templo, pero sabía que para entonces ni la chica ni su padre continuarían con vida.
—Que Isilwentari me perdone –susurró el sacerdote, consciente de que con sus actos había condenado a dos personas inocentes—. Tenía demasiado miedo, no podía hacer otra cosa.
Acalorado por la caminata, Estalian recordó que por esa zona pasaba un arroyo de agua fresca y cristalina que bajaba de las propias Montañas Vorgrim, de la frontera entre Madoria y el reino de los enanos. Se dio cuenta de que estaba sediento y abandonó el camino en busca del arroyo. No tardó mucho rato en encontrarlo y cuando lo hizo se arrodilló junto a él. Después comenzó a beber algunos tragos que se acercaba con un cuenco formado por sus propias manos.
Cuando quedó satisfecho se sentó durante unos minutos junto al arroyo, mientras escuchaba al canto de los pájaros y el fluir del agua. Era un sitio en el que poder estar en paz y a donde acudir para calmar el espíritu.
Cerró los ojos y dejó que el refrescante aire que bajaba de las montañas le agitase los cabellos, mientras pensaba si tal vez todavía estaría a tiempo de regresar a la posada y llevarse con él a la chica y al hombre. Probablemente el semiorco no se daría cuenta hasta la hora de la cena. El problema sin embargo era la joven, sentía una absurda admiración por Toro y se negaría a abandonarlo.
No volvió a abrir los ojos. Una piedra del tamaño de una calabaza grande aplastó su cabeza sin que el sacerdote llegase siquiera a ser consciente de su suerte. Junto a él se alzaba Toro, que miraba el cuerpo con expresión orgullosa. Después, lo cubrió de enormes piedras. Para cuando lo encontrasen, él ya estaría muy lejos de allí.
Arala miraba al semiorco con una gran sonrisa en el rostro. Los rezos curativos del sacerdote surtieron el efecto deseado y las heridas habían cerrado por completo. Inevitablemente el musculoso cuerpo del mestizo lucía ahora nuevas y feas cicatrices, pero al menos su vida ya no corría peligro.
Desde que se había recuperado de sus heridas el guerrero salía todas las mañanas al patio trasero de la posada y utilizaba el hacha con la que Salomón partía la leña para destrozar enormes troncos que previamente había arrastrado desde el bosque. El posadero se mostraba encantado con él, pues de esa manera tendría leña para una larga temporada. La joven Arala sostenía que hacía eso en agradecimiento por haberle ayudado con sus heridas, pero la realidad era que desde que realizaba esos ejercicios los músculos de Toro habían recuperado la forma y su cuerpo se encontraba de nuevo en buenas condiciones, superadas todas las secuelas de la dura batalla en Orium.
—¿Dónde irás ahora?
Toro le miró con una mueca burlona.
—Ya sé que no puedes hablar, pero estaba cansada de tanto silencio –confesó la joven—. ¿Sabes? Me gustaría poder marcharme también de aquí. Después de lo que sucedió siento que no puedo permanecer por más tiempo en este lugar.
El semiorco continuó destrozando el tronco con fieros hachazos, como si no escuchase las palabras de la joven muchacha.
—¿Cuánto más piensa quedarse? –Salomón miraba de reojo hacia la escalera, vigilando que el semiorco no apareciese sin previo aviso—. Me siento muy agradecido y todo eso, pero lleva ya dos semanas en esa habitación y hace tiempo que las monedas que me entregó el primer día dejaron de cubrir sus gastos.
—¿Cómo puedes decir eso, padre? ¡Nos salvó la vida!
—Y siempre le estaré agradecido, pero eso no quiere decir que pueda quedarse para siempre. Deberías hablar con él, Arala. Hazle saber que tiene que si no tiene más dinero deberá marcharse pronto.
—Si quieres que se vaya, díselo tú. No voy a echarle, padre. Eres tú el que quiere hacerlo, no yo.
El obeso posadero refunfuñó cabizbajo mientras estrujaba un trapo sucio que goteaba sobre el suelo. Cuando al fin se atrevió a mirar a su hija a la cara lo hizo con expresión avergonzada.
—Arala, tú eres algo así como su amiga. Si se lo digo yo tal vez él…
No acabó la frase, pero la joven tampoco necesitaba escuchar más. Después de echarle a su padre una mirada furiosa se marchó dando un portazo.
—¡Esto es increíble! –protestó Arala—. ¡No te creerás lo que me ha dicho mi padre!
Toro dejó soltó la cuerda a la que había arrastrado el último tronco y comenzó a afilar el hacha sin molestarse en mirar a la chica.
—¡Quiere que te vayas, Toro! ¿Puedes creerlo? ¡Después de lo que hiciste, después de que nos salvases, quiere echarte!
La joven lloraba desconsolada mientras pateaba todo lo que se ponía a su alcance.
—¿Y sabes qué? ¡No se atreve a decírtelo por miedo a que le hagas daño! ¿A que no adivinas a quién ha encargado que hable contigo?
El semiorco la miró con curiosidad y dejó caer el hacha al suelo. Al ver cómo el mestizo la escuchaba con atención, la joven se derrumbó en el suelo y rompió a llorar desconsolada. Después de dos semanas finalmente dejaba salir todo el dolor que sentía por dentro.
—¡Me violaron! ¡Esos salvajes me utilizaron una y otra vez como si fuese un objeto, una cosa destinada a su disfrute particular! ¡Me hicieron daño, me humillaron, me pegaron, me insultaron y… y me violaron varias veces cada uno! Lo viste, uno de ellos me estaba forzando en el momento en que lo mataste. ¿Y sabes qué? ¡Mi padre lo vio todo y no movió un dedo por ayudarme! ¡No hizo nada, no dijo nada! Simplemente… simplemente vio cómo me violaban una y otra vez, cómo me utilizaban para darse placer mientras él les llevaba cerveza fría. Estuvo mirando. ¡Mi padre estuvo mirando! Yo… no puedo perdonarle. Lo intento, me digo a mí misma que no podía hacer nada, que le habrían matado si no hubiese obedecido. ¿Pero quieres saber algo? Cuando me estaban violando miré a mi padre a los ojos y le supliqué que me ayudase. ¿Sabes lo que vi en sus ojos? No mostró ira, rabia ni enfado. No le importaba lo que me estaban haciendo, sus ojos tan solo reflejaban miedo. ¿Lo entiendes? Podían haberme matado delante de él y no habría movido un dedo por tal de salvarse. Por eso me ha enviado a hablar yo contigo, tiene miedo de lo que puedas hacerle. Te tiene miedo, como todos.
Toro la miró y, después, le dio la espalda y continuó destrozando el tronco. Arala lo miró confusa, por un momento había creído que sonreía.
Salomón cerró con doble vuelta de llave los tres cerrojos que aseguraban la puerta de la posada durante las horas que descansaba por la noche y se dirigió a la despensa a por un poco de vino para llevarse a la habitación. Le gustaba beber uno o dos vasos antes de acostarse, le ayudaba a dormir.
Sentado en un taburete junto a la barra se encontraba el semiorco, que masticaba un trozo de pan duro con aire distraído.
—Es… es muy tarde –le dijo el posadero cuando se hubo recobrado de la sorpresa—. Ya no vendrán más clientes, así que cierro la puerta y me voy a dormir un rato. Apenas amanezca vendrán los cazadores y los leñadores para que les sirva el desayuno y quiero descansar un poco antes.
Toro miró al posadero con expresión aburrida y este comprendió que los nervios le estaban haciendo divagar sin motivo.
—Eh… buenas noches. Si quieres algo de comer sírvete tú mismo.
Salomón se volvió hacia las escaleras, pero antes de que pudiera dar dos pasos Toro le puso una manaza en el hombro. El hombre se giró blanco de miedo.
—No… no sé qué te habrá dicho mi hija, pero te aseguro que solo son tonterías suyas. No quiero que te marches, ni nada así. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, de verdad. ¡Debería darle un par de bofetones, por embustera! A saber qué tonterías habrá contado de mí…
Toro no le escuchaba. Lo arrastró del brazo hacia la cocina, pese a los inútiles esfuerzos del hombre por liberarse de la férrea tenaza del guerrero.
—¡Por favor, no me hagas daño! ¡Por favor, deja que me vaya! ¡No volverás a verme nunca, pero no me hagas daño!
Un revés de la manaza libre del semiorco le obligó a callarse. Podía notar el sabor salado de la sangre en la boca.
Cuando llegó a la cocina Toro echó un vistazo a su alrededor con su único ojo sano, estaba buscando algo.
—Te daré dinero o lo que quieras. ¡Llévate a mi hija, si quieres! Es joven y obediente, hará lo que le pidas. ¡Pero no me lastimes!
Una mirada de ira obligó al posadero a guardar silencio de nuevo mientras sentía cómo la orina le chorreaba por la pierna. Toro destapó varios barriles hasta encontrar el que buscaba, uno especialmente grande que estaba lleno hasta la mitad de cerveza espumosa.
—¿Quieres cerveza? –preguntó Salomón—. ¿Por qué no lo has dicho antes? Te habría servido una jarra fría yo mismo. ¡Una o todas las que quisieras, por supuesto!
El semiorco levantó al posadero con una sola mano y le hundió la cabeza en el barril. El obeso hombre comenzó a patalear con desesperación y a medida que avanzaban los segundos su miedo sus esfuerzos por liberarse se redoblaron. Al cabo de un rato se quedó completamente quieto.
Toro lo empujó el cadáver al enorme barril y la cerveza se derramó por el suelo de la cocina, después colocó de nuevo la tapa y se marchó escaleras arriba.
—¿Te vas?
El semiorco no se molestó en girarse. Sabía que Arala lo miraba desde la puerta de la habitación mientras él empaquetaba su armadura, llena de herrumbre y golpes. En su lugar vestía sencillas ropas de lino que la joven había confeccionado especialmente para él, pues dadas su descomunal envergadura y su inmensa musculatura no resultaba sencillo encontrar prendas de su tamaño.
Cuando acabó de empaquetar las piezas de la armadura Toro cargó con ellas y se dirigió hacia la puerta.
—Llévame contigo –suplicó Arala—. No hay sitio para mí aquí. Por favor, deja que te acompañe.
El semiorco dejó caer el bulto y miró a la chica con su único ojo sano. Ella se acercó a él y lo abrazó con ternura.
—De alguna manera sé que contigo estoy a salvo –susurró—. Creo que te quiero.
Toro cogió a la chica con una de sus manazas y la arrojó sobre la cama. Después, cerró la puerta y se dirigió hacia ella. La joven lo miraba con ojos repletos de adoración.
El semiorco le desgarró las ropas y se metió la mano en el pantalón mientras la obligaba a ponerse a cuatro patas ante él. La chica no ofreció resistencia.
—Si eso es lo que quieres puedes tomarlo. No me importa, no mientras me dejes ir contigo.
El primer embiste del mestizo provocó un aullido de dolor a Arala, que comenzó a gemir mientras Toro continuaba con su ininterrumpido bombeo.
Durante casi tres horas el semiorco y la joven muchacha yacieron juntos. Cuando Toro estuvo satisfecho, apartó a la chica a un lado y se incorporó. Las sábanas estaban manchadas de sangre, de tanta fuerza con que la había penetrado.
—¿A dónde iremos? –preguntó ella, sin molestarse en cubrirse el cuerpo desnudo con las sábanas de lino—. Podríamos dirigirnos al oeste, siempre he querido ver los desiertos de Elek—ain. Allí serías un campeón y podríamos estar juntos…
La mano de Toro atenazó el cuello de la joven y la levantó en vilo, mientras ella lo miraba con ojos desorbitados. Con una mueca de desprecio el semiorco le aplastó la cabeza contra la pared.
Después recogió su armadura empaquetada y un odre de cerveza y se marchó del Goblin Borracho, tenía un largo camino que recorrer y ahora que estaba recuperado nadie podría detenerlo.
Joaquín Sanjuán Blanco
www.lacenor.com
Joaquín Sanjuán Blanco
Etiquetas:
lecturas,
leyendas de lácenor,
relatos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)