En meses pasados os hablé aquí y aquí de la popularidad del blog y del aumento de visitas que se había registrado en los últimos meses. Pues bien, aquí os muestro el gráfico de las visitas registradas en el blog durante desde principios del verano pasado. Como puede apreciarse se ha dado un incremento notable desde finales de año que el pasado mes de abril alcanzó las 800 visitas y que este mes, todavía sin cerrarse, está muy cerquita de ese mismo número.
El objetivo de esta entrada no es otro que agradecer una vez más a todos aquellos que me seguís vuestro interés en el mundo de Leyendas de Lácenor y en mi trabajo, vuestra presencia ahí es lo que hace posible todo esto.
En agradecimiento a vuestro interés os ofrezco un relato (que por una vez no es de temática fantástica, para que no digáis que me estanco jejeje) que escribí el año pasado para una revista. ¡Espero que os guste!
VIDA TRUNCADA
El detective caminaba por la habitación mientras aspiraba bocanadas de humo del enorme puro que estaba degustando. Su mujer le había dicho cientos de veces que eran asquerosos y que su desagradable olor permanecía en la ropa por mucho que la lavase, pero él se resistía a dejarlos. Ni siquiera hizo el más mínimo caso cuando su médico le dijo que, de seguir fumando a ese ritmo, tal vez no llegase a cumplir los sesenta. En su trabajo era preciso tener la mente despejada y a él no había nada que se la despejase mejor que uno de esos grandes habanos.
La estancia estaba prácticamente a oscuras, con la única excepción de la tenue luz de una bombilla que colgaba del techo y se balanceaba lentamente, su movimiento hacía danzar las sombras a su alrededor. En el centro de la sala, sobre varias botellas rotas, restos de alcohol, rosas rojas y un charco de sangre, estaba el cuerpo.
Ella miró al detective, asustada. La sangre, aunque prácticamente seca, la cubría casi por completo. Temía que la culpasen del asesinato, que dijesen que había matado a la víctima. En cierto aspecto sabía que era cierto, pero… pero no era una asesina. No había querido hacerlo, aunque dudaba que eso tuviera alguna importancia.
El hombre se agachó junto al cuerpo y aspiró otra bocanada de humo, le ayudaba a concentrarse. Aún así, no creía que fuese muy difícil resolver el crimen. Ya había visto que se trataba de un hogar muy humilde, viejo y casi ruinoso. Era obvio que a quien allí vivía no le sobraba el dinero, precisamente. Más bien justo lo contrario. Por toda la casa había encontrado señales de pelea: platos y vasos rotos, algunos muebles volcados y una puerta destrozada, probablemente de una patada. El suelo de la habitación, donde había encontrado el cadáver, estaba cubierto de restos de botellas de alcohol, señal de que era más que posible que la bebida hubiese tenido algo que ver con todo aquello. Las rosas desperdigadas por el suelo y mezcladas con la bebida, la sangre y los cristales daban un toque particularmente trágico al crimen, pues lo que había terminado con muerte parecía haber empezado con flores y champagne. El detective miró con atención el cuerpo de la mujer apuñalada. Pese a que no debía hacer mucho que había superado los treinta años, era obvio que la vida no la había tratado muy bien. Quizás en otro tiempo hubiera sido guapa, pero de eso hacía mucho. El paso de los años, un trabajo agotador y el malvivir con el poco dinero que ganaba le había pasado factura.
Lo había visto todo. Ella, que nunca había querido hacer daño a nadie, era el único testigo del crimen. Y sin embargo no podía decir una sola palabra de lo sucedido. Pero lo recordaba… lo recordaba demasiado bien. Como tantas otras veces la mujer había vuelto a casa después del trabajo, pero esa noche estaba particularmente feliz. No la había visto tan contenta como entonces en mucho, mucho tiempo. Al principio no comprendió a qué se debía tanta alegría, pero cuando la mujer se duchó, se maquilló y buscó en el armario su mejor vestido lo comprendió todo: tenía una cita. A medida que fue transcurriendo la noche comprobó que así era, pero no fue hasta que la mujer comenzó a preparar la mesa para cenar cuando ella se dio cuenta de que el encuentro sería en el humilde piso. Más tarde, cuando su pareja llegó vestido con camisa y corbata y con un ramo de rosas en la mano, recordó que ya lo había visto en otras ocasiones. La mujer y él llevaban un tiempo juntos, pero al parecer la cita de esa noche iba a ser especial por algún motivo. Tal vez se tratase de algún tipo de celebración o aniversario, no lo sabía. Recordó lo feliz que había sido la pareja mientras cenaban y también cuando después de cenar pusieron música y comenzaron a bailar por toda la casa mientras se besaban con ternura. ¿Por qué habían tenido que terminar así?
El detective se puso un guante de látex, tomó una de las flores y se incorporó. Con un suspiro soltó una nube de humo sobre la rosa y fijó la mirada en el tallo que goteaba sangre.
-Otro crimen pasional –exclamó moviendo la cabeza despacio, como si negando lo sucedido pudiera corregir el pasado-. Ya es el octavo de esta semana, y solo estamos a miércoles. ¿Qué demonios pasa en esta ciudad?-. El caso estaba resuelto. Solo tenía que buscar a la persona con quien la víctima había compartido esa última velada y hacer que le arrestasen, una vez que lo hubieran interrogado tendría claro qué era lo que le había empujado a matarla. Aunque eso tampoco importaba demasiado, ya no.
Ella miró al detective, que aún sujetaba la flor entre los dedos con expresión estúpida. ¿Crimen pasional, había dicho? Sí, desde luego que había habido pasión. Y crimen, eso era innegable. Pero estaba equivocado. Ella lo había visto todo y sabía lo que había pasado. Recordaba a la pareja bailando, las risas de la mujer habían sido las más sinceras y alegres que había escuchado nunca. Recordaba como el baile les había llevado hasta esa habitación y como, en un giro, habían volcado el jarrón con agua que contenía las rosas rojas, que se había estrellado contra el suelo para romperse en mil pedazos. Recordaba como uno de los cristales había arañado la pierna de la mujer y que la sangre comenzó a fluir. Recordaba también el momento en que el hombre se había apresurado a sacar un pañuelo de su bolsillo para cortar la hemorragia. A partir de ese instante todo había pasado muy deprisa. Un objeto brillante había caído de su bolsillo: un anillo de oro, una alianza. Pese a que el hombre se apresuró en recogerlo, no fue lo bastante rápido: la mujer lo había visto. No pudo soportarlo. Él trató de explicarle que en realidad la quería a ella, que iba a divorciarse… pero sus vacías palabras no sirvieron de nada. La mujer, frenética, abrió el armario y comenzó a tirarle las botellas de alcohol y los vasos y copas que allí guardaba. Ni siquiera parecía sentir la sangre de sus pies, repletos de cortes a causa de los pequeños cristales del jarrón. La pelea no tardó en trasladarse al comedor. Él estalló en cólera y comenzó a devolver los proyectiles, haciendo uso de todo lo que se encontraba al alcance de su mano. Cuando el hombre recibió un botellazo en la cabeza con tanta fuerza que le hizo sangrar, decidió que había tenido suficiente y se marchó dando un portazo. Después, la mujer se había venido abajo completamente desolada. Tomó una de las botellas de alcohol que todavía no había roto y comenzó a beber mientras lloraba, deshecha. Entonces se fijó en ella. Fue hasta la mesita donde descansaba y la cogió con las manos temblorosas. La miró fijamente apenas unos segundos y después… después se apuñaló en el corazón, ya roto. Ella sintió la sangre caliente y pegajosa recién derramada, pero no pudo hacer nada por ayudarla. La había matado.
El detective arrojó el resto del puro al suelo y lo pisó. Después se acercó a ella, alargó la mano enguantada y la tomó. La observó durante un momento y después la introdujo en una pequeña bolsa de plástico, junto a la flor ensangrentada.
-Pobre mujer –murmuró mientras cerraba la bolsita y, con ella en la mano, abandonaba la vivienda-. Espero encontrar al canalla que le ha hecho esto.
En el interior de la bolsa descansaban ensangrentados una rosa roja y unas tijeras, dos testigos mudos de una vida truncada.
Joaquín Sanjuán Blanco






