martes, 28 de junio de 2011

¡Aquí están las camisetas de Leyendas de Lácenor!

¡Por fin están aquí, justo a tiempo para el veranito! Las camisetas de Leyendas de Lácenor que os anunciamos hace un par de meses ya están hechas y no tardarán en llegar a manos de sus dueños.
Aquí os dejamos con una foto para que podáis ver lo bien que han quedado:

domingo, 26 de junio de 2011

Leyendas de Lácenor en la I Feria de cómic de El Provencio (Cuenca)

Tal y como os adelanté aquí dentro de un mes se celebra la I Feria del cómic de El Provencio y, además de acudir como representante de SphereWars, también lo haré por Leyendas de Lácenor. El dicho evento Jose Manuel Triguero y yo mismo anunciaremos un proyecto del que se ha hablado anteriormente en este blog y que después de muchos palos de ciego finalmente está tomando forma: se trata ni más ni menos (y como es de esperar habiendo un dibujante de por medio) del cómic de Leyendas de Lácenor. 

En el evento hablaremos de la historia, de los personajes que la protagonizarán (personajes que hasta entonces mantendremos en secreto), del formato y la periodicidad (pues no será un único cómic) y por supuesto de la editorial con la que lo publicaremos (actualmente estamos ultimando las negociaciones y no, no estamos hablando de Ediciones Parra) y además habrá una exposición con bocetos y, si el tiempo lo permite, alguna página del cómic.

¡No os perdáis la presentación!

Podéis leer aquí el anuncio en el blog del evento.

viernes, 17 de junio de 2011

I Feria del cómic de El Provencio

A finales de julio se celebra en El Provencio (una localidad situada aproximadamente a medio camino entre Valencia y Madrid, por allá por el Alcázar de San Juan) la I Feria del cómic del Provencio, organizada por la asociación cultural Progreso Provenciano y el programa de radio Sol de Acero. Será los días 30 y 31 de julio y se celebrará en el hotel rural Juype Tierra Llana.

Entre los invitados confirmados al evento podréis encontraros a los chicos de Sinónimos de Lucro, la revista El Arca de las Historietas de la que os hablé aquí y yo mismo, que asistiré como autor de Leyendas de Lácenor y como representante de SphereWars para presentar el juego a los asistentes... además de una sorpresa que no desvelaré todavía, tan solo puedo decir que habrá un anuncio y una presentación de algo relacionado con Leyendas de Lácenor. Quedan también otros invitados de lo más interesante por anunciar, pero para enteraros tendréis que estar al tanto de las novedades en el blog del evento, que podéis leer aquí.

Os invito a asistir al evento, pues a buen seguro valdrá la pena.

domingo, 12 de junio de 2011

El arca de las historietas

 Después de veranito, para septiembre, se espera la publicación del número 2 de El arca de las historietas. Tengo el orgullo de anunciar que he realizado un trabajo para este número junto al dibujante José Manuel Triguero, con quién además tengo algún que otro proyecto más entre manos del que os hablaré llegado el momento. El trabajo en cuestión con el que participamos en la revista no es otro que un cómic corto de fantasía-western con el que, seamos sinceros, nos lo hemos pasado en grande. 

Para el que no conozca esta revista y puesto que yo no podría ser imparcial os dejo con las palabras que el propio Álvaro Pons dedicó al primer número en su blog, La Cárcel de Papel: 


Nace una nueva revista de historietas. Pero no es una revista cualquiera. Entre sus páginas vais a poder encontrar todo tipo de historias y emociones. Grandes autores han unido esfuerzos para lograr un primer número espectacular. Historias auto conclusivas de géneros tan variados como: ci-fi, terror, thriller, aventura, superhéroes… sin olvidarse de historias más cotidianas y cercanas a nuestra realidad. Ideal para todo tipo de lectores, incluidos los más exigentes. Mención aparte merece la gran portada de Agustín Padilla, artista ya asentado en el mercado de los USA. ¡68 páginas por sólo 3 €!


domingo, 5 de junio de 2011

Capítulo 2 de Leyendas de Lácenor: Luces y sombras

Os recuerdo que podéis leer el capítulo 1 aquí.

Al igual que aquel, este capítulo 2 todavía ha de recibir un par de repasos antes de la publicación de la novela, no seáis duros. ¡Por cierto, aquí se presentan personajes nuevos!

2

La noche caía. Las sombras comenzaban a alargarse cada vez más, preparadas para desaparecer engullidas por la oscuridad. La mayoría de la gente de la ciudad se apresuraba por las calles antes de que la ya escasa luz se extinguiese del todo.
-No pareces tan confiado como antes, ¿eh? –exclamó Vinco desde las sombras del interior de un viejo edificio escasamente iluminado por un puñado de velas de sebo.
Sus hombres estallaron en carcajadas al ver la expresión de enfado del prisionero postrado a los pies de su jefe. Este era conocido y temido en toda ciudad, y sin embargo eran muy pocos los que conocían su aspecto. No en vano se trataba del líder del Círculo, una de las cofradías de ladrones con peor reputación de Nayara.
Vinco se acercó hacia el joven con una grotesca sonrisa en la cara que dejaba al descubierto sus característicos dientes de madera. Nam trató de revolverse, pero el enano que le había llevado ante el líder del Círculo lo sujetó firmemente. Los hombres del famoso ladrón se echaron a reír de nuevo al ver la expresión de rabia de su prisionero.
-¿Cómo te gustaría morir? –preguntó Vinco con una mueca burlona-. Tengo un par de ideas bastante interesantes que podríamos probar contigo.
-No voy a morir, al menos no aquí ni ahora. Y, desde luego, no por vuestra mano –respondió Nam con aire desafiante.
Uno de los ladrones tomó al hombre del pelo y le obligó a levantar la cabeza. Sus ojos asomaron libres del espeso cabello rubio que le caía prácticamente hasta los hombros. La expresión de desafío que reflejaba provocó de nuevo las risas de los matones, que se acallaron cuando Vinco le propinó una bofetada al prisionero. El enano le propinó a cambio un fuerte puñetazo al líder de los bandidos.
-Aún no he cobrado, así que será mejor que alejes tus manos de él hasta que solucionemos ese asunto –advirtió mientras una maza de aspecto peligroso aparecía en su mano.
Los compañeros del amenazado echaron mano de sus respectivas armas, pero las carcajadas de Vinco les hicieron relajarse.
El enano esbozó una sonrisa muy poco tranquilizadora y guardó su arma tan rápido como la había sacado. Después de eso pasó una callosa mano por su corta barba oscura.
-Tendrás tu pago, Nórbak. Pero deja que mis hombres se diviertan un poco con el mago –exclamó el líder de los ladrones.
-No hasta que tenga el oro en mis bolsillos –insistió el cazarrecompensas, tozudo.
-Podríais mataros entre vosotros –intervino Nam-. Al menos así me ahorraríais las molestias de tener que hacerlo yo mismo.
Vinco, entre divertido y enojado, miró de nuevo al prisionero.
-¿Tú? Por si no te has dado cuenta no estás en posición de hacer nada, salvo suplicar por tu vida.
-Ya veremos. No conocéis todos mis trucos.
El jefe de los ladrones sonrió, admirando el coraje del joven.
-¿Qué clase de cazarrecompensas eres tú? –preguntó con curiosidad-. Ni siquiera llevas armas.
-Uno de los duros –respondió Nam.
-Estoy seguro de ello –dijo Vinco mostrando de nuevo su extraña sonrisa de madera-. De otra forma no entendería la fama de ladrón que te precede. He oído hablar de ti, el hombre capaz de recuperar cualquier cosa. Aunque esta vez te has equivocado de objetivo, no puedes robar a otro ladrón. Sobretodo si es mejor que tú.
-¿Qué es lo que quieres? – interrumpió Nam, cansado de tanta palabrería.
-Lo que quiero es saber qué quieres tú de mí. Por no hablar de que, si eres tan bueno, ¿cómo es que te ha capturado un solo cazarrecompensas?
-Porque yo soy mejor –respondió el enano, después escupió al suelo del tugurio.
Nórbak era especialmente corpulento incluso para pertenecer a una raza ya de por sí fuerte y musculosa. Además parecía tener un gran dominio de las dos mazas que colgaban de su cinturón junto a un hacheta de aspecto rudimentario y a varias dagas.
-No lo pongo en duda. –El jefe de los ladrones esbozó una sonrisa cómplice, comprendía que no ganaría nada discutiendo con alguien como él.
Nam aprovechó para echar un buen vistazo a su alrededor. Estaban en el primer piso del edificio, ahora completamente reformado y adaptado a las necesidades de la cofradía de ladrones. Por lo que había podido averiguar observando y escuchando los comentarios de sus captores el lugar estaba dividido en tres partes. No sabía con seguridad qué había en las otras, pero era en la que se encontraba la que debía preocuparle. Allí era donde los miembros de la cofradía se reunían. Se trataba de un auténtico nido de ladrones y asesinos que contaba con distintas salidas más o menos bien camufladas para huir en caso de emergencia. Estaba seguro, además, de que muchas otras se le habían pasado por alto. Una cosa que le había llamado especialmente la atención fue que las ventanas del segundo piso, pese a estar cerradas y ahumadas, no habían sido selladas con maderas como las de la planta baja. Era un dato de vital importancia para el éxito de su plan de fuga.
Cuando volvió a prestar atención a sus captores Nam advirtió que el enano y Vinco hablaban entre ellos.
-¿Cómo que no estás conforme? Es el precio acordado –bufó el jefe de los ladrones mirando con desprecio al mercenario. Una pequeña bolsita de piel con algunas gemas estaba tirada en el suelo entre ambos, con el contenido desparramado.
-Lo que acordamos fue que me pagaríais con oro –protestó el enano-. ¿Qué queréis que haga con esas piedras? Sabéis de sobra lo que cuesta vender esa clase de material robado, no sacaré ni la mitad de su valor real.
-Ese no es nuestro problema –exclamó Vinco con gesto despectivo-. ¿O estás dispuesto a hacer que lo sea?
A una señal de Vinco sus hombres volvían a tener las armas desenfundadas.
El enano farfulló algo en voz baja y después, sin dejar de protestar, recogió las gemas y las guardó de nuevo en la bolsita de piel. Cuando hubo dejado el paquete en uno de sus bolsillos miró de nuevo a Vinco.
-Esto no quedará así –amenazó. Un extraño brillo iluminaba sus ojos.
Los ladrones estallaron en carcajadas ante la amenaza del enano.
Nam repasó mentalmente los hechizos que conocía hasta encontrar uno que pudiera ayudarlo en esa situación. No tardó en encontrar justo el que necesitaba.
-¿Dónde lo habéis escondido? –preguntó.
-¿Qué más da? –respondió Vinco-. No vas a salir de aquí con vida.
-¿Qué tenéis vosotros que puedan querer esos brujos? –interrogó receloso el enano.
Después de dudar durante unos momentos si debía o no responder, el líder del Círculo se retiró la manga del brazo derecho dejando a la vista un exquisito brazalete de cuero grabado con extraños símbolos.
-¿Eso? –dijo Nórbak-. ¿Qué hace?
Nam miró con anhelo el objeto.
-No sé mucho sobre él, pero en más de una ocasión me ha salvado la vida al darme la habilidad de hacerme invisible –explicó el ladrón-. Como comprenderás es muy útil para alguien con mi oficio. Nunca me atrapan.
Él y sus hombres estallaron en carcajadas mientras el enano y el prisionero se miraban entre ellos.
El mercenario se aproximó más a Vinco, con los ojos puestos en el brazalete.
Nórbak sacó una hacha de mano del cinturón y la descargó contra el antebrazo del jefe, que gritó de dolor al sentir cómo el acero le cercenaba el brazo. Rápidamente el enano recogió el trozo cortado del suelo y se encaró hacia los ladrones con el trozo amputado en la mano, en tanto que Vinco caía al suelo entre gritos de dolor.
Nam bajó la cabeza y deslizó en su mano el anillo de cristal liso que lucía en uno de sus dedos. Apretándolo con fuerza comenzó a recitar en voz baja las palabras de un hechizo.
El mercenario estaba en clara desventaja. Los ladrones habían arremetido contra él sin piedad al ver lo que le había hecho a su jefe y ya sangraba por una docena de cortes. Con la espalda contra la pared había podido detener con el hacha y una de sus mazas los ataques más peligrosos, pero era consciente de que no podría aguantar mucho más. Por mucho que pelease mejor que ellos se encontraba en una abrumadora inferioridad numérica.
De repente comenzó a nevar. Primero fue de forma suave, pero en cuestión de segundos cobró fuerza hasta que apagó las velas y dejó la habitación sumida en la oscuridad. La tempestad de nieve les azotaba los rostros, estorbándoles en sus movimientos.
Los ladrones se encontraron entonces con que estaban en serios problemas. En una situación normal su número habría significado la muerte del enano, sin embargo la falta de luz impedía que nadie pudiera ver más allá de sus narices. Los enanos no tenían ese inconveniente, por suerte para Nórbak. Aprovechando que los ladrones necesitaban acostumbrar sus ojos a la oscuridad se dedicó a quitar de en medio a tantos de ellos como podía con certeros golpes de sus armas.
-¡Matadlos! ¡Matadlos a los dos! –ordenó Vinco, que se arrastraba hacia una esquina al comprender lo que pasaba a su alrededor.
Nam se mantuvo agachado e inmóvil, esperando.
-¡Ya! –gritó el enano.
El hechicero se levantó, corrió hacia donde recordaba haber visto la ventana más próxima y comenzó a preparar otro hechizo. De pronto se paró en seco.
-¡Mi sombrero! –exclamó.
-¡Olvídate de eso ahora, maldita sea! ¡Después te compraré tres, pero sácanos de aquí! –respondió el enano.
-¡No, tengo que recuperarlo! –insistió Nam.
Nórbak distinguió una silueta que se gateaba para alejarse del enano. Llevaba la cabeza cubierta por un sombrero de ala que le resultaba muy familiar.
-¡Lo encontré! –gritó el enano corriendo hacia Vinco.
Nam advirtió que la tormenta de nieve comenzaba a perder fuerza. Tenía que salir de allí.
Mientras rompía una cuenca de cristal entre los dedos pronunció las palabras de un conjuro y saltó hacia la ventana, que se rompió en añicos; cayó al vacío y la escasa luz del anochecer inundó la habitación.
Vinco se incorporó mientras se apretaba el muñón.
-¡Matadlos! –gritó fuera de control.
Con un lanzamiento bien dirigido el enano hundió el hacha en el pecho del líder de los ladrones. Cuando Vinco se derrumbó de nuevo en el suelo recogió el sombrero de Nam y, con calma, le limpió las manchas de sangre con la manga.
-Mucho parloteo, pero todos sois iguales: un hacha en vuestras tripas os quita las ganas de hablar –dijo Nórbak con una carcajada.
Los ladrones retrocedieron al ver lo sucedido, no querían terminar como Vinco o los compañeros a quienes el mercenario había atacado, que yacían gimoteantes en el suelo.
-¡Hasta la vista! –Nórbak saltó a través de la ventana, detrás de su compañero.
Los ladrones corrieron hacia allí con la esperanza de ver al enano aplastado contra el suelo, pero cuando se asomaron a la ventana rota comprendieron que tanto el mercenario como el hechicero sabían muy bien lo que hacían: un tobogán de hielo descendía hasta el suelo y ambos corrían ya para alejarse de allí lo antes posible mientras las carcajadas de Nórbak resonaban en la calle vacía.
Los gritos e insultos de los ladrones les acompañaron hasta que se perdieron en la oscuridad. Cuando se hubieron alejado lo suficiente los dos compañeros aminoraron el ritmo poco a poco hasta dejar de correr.
-¿Era necesario que le cortases el brazo? –protestó Nam-. Ahora tendremos problemas con ellos.
-¿Qué querías que hiciera, pedirle por favor que se lo quitara? –El enano comenzó a forcejear con el brazalete-. Además, íbamos a robarles. ¿No te parece que solo por eso ya nos habrían dado problemas?
-Es verdad –admitió el hechicero con un suspiro de resignación.
Después de un breve forcejeo su compañero logró finalmente soltar el brazalete de la muñeca de Vinco y arrojó el trozo de brazo a un montón de basura. Varios gatos hambrientos acudieron inmediatamente. Al ver que se trataba de un trozo de carne comenzaron a pelearse unos con otros para hacerse con el botín.
-Habría que hacer algo con esos gatos –comentó el enano tendiéndole a Nam el trofeo.
-Viene bien tenerlos, nunca se sabe cuando llegará una mala época. Te sorprendería lo valiosos que pueden ser como reserva de carne en un invierno frío –explicó el hechicero mientras envolvía el objeto en una tela y lo ocultaba al fondo de su vieja mochila.
-Luego decís que los enanos somos unos salvajes –protestó Nórbak frotándose las manos contra el pantalón para limpiarlas de sangre.
-Al menos nosotros no comemos piedras –respondió Nam ocultando una sonrisa.
-¡Te he dicho que eso es solo un cuento de viejas! Los enanos no comemos piedras, lo que pasa es que somos capaces de conseguir comida incluso en la más profunda de las cuevas.
-Para el caso es lo mismo –insistió el otro, pinchando a su compañero.
-¡Qué sabrás tú! –replicó el enano.
Los dos compañeros caminaron durante un buen rato a través de las calles de la ciudad. Al ver resoplar a Nórbak, Nam comprendió que comenzaba a impacientarse.
-Maldita Escuela de Hechicería –protestó finalmente el enano mientras se ponía una mano a modo de visera para ver el edificio que destacaba a lo lejos, entre casas y árboles-. Vayamos donde vayamos siempre parece estar en la otra punta de la ciudad.
-¿Alguna queja más? –se burló su amigo-. Llevabas un buen rato sin protestar y empezaba a preocuparme.
-Pues sí, que tengo hambre.
Exasperado Nam puso los ojos en blanco.
-Pareces un crío, Nórbak. Sabes de sobra que tenemos que devolver el brazalete, cuando lo hayamos hecho y nos paguen podrás ir a emborracharte.
El enano sonrió de oreja a oreja.
Un escalofrío recorrió al hechicero, que agradeció el poder sentir como el gélido aire de la noche le llegaba hasta los huesos. Era normal que no hubiera nadie más que ellos por las calles, a solo unos meses para la llegada del invierno las temperaturas cada vez eran más frías. No le importaba, pues estaba acostumbrado a ese clima. De hecho le resultaba incluso agradable. Como hechicero de hielo su magia se basaba, precisamente, en el frío. Pese a que no era tan peligrosa como la de fuego sin duda resultaba mucho más práctica, al menos para alguien con las actividades habituales de Nam. Sin ir más lejos, el tobogán de hielo le había salvado la vida en muchas ocasiones.
-Después de lo de hoy creo que deberíamos marcharnos una temporada de la ciudad –propuso Nam de repente.
-¿Tienes miedo de lo que puedan hacer esos bandidos? –se burló su amigo.
-En realidad, sí. Antes nos limitábamos a recuperar objetos de personas poco peligrosas. Ricachones y cosas así, ya sabes. Pero últimamente hemos estado metiéndonos demasiado con las cofradías de ladrones. El día menos pensado vamos a amanecer con una daga clavada en el corazón –advirtió.
-No, si saben lo que les conviene.
-Nórbak, seamos realistas: si decidieran quitarnos de en medio ni siquiera veríamos venir el golpe.
-Eh, por mí podemos irnos cuando quieras. Antes de conocerte ya me dedicaba a viajar de ciudad en ciudad, eres tú el que tiene raíces aquí –replicó Nórbak.
-En realidad no. Llegué con diez años, cuando ingresé en la Escuela de Hechiceros.
-¿Quieres que nos vayamos? Por mí bien –exclamó el enano zanjando el tema-. Pero si vamos a hacerlo será mejor que te decidas pronto, no falta mucho para el invierno.
Nam se llevó un dedo a los labios para indicar a su compañero que guardase silencio. El enano obedeció sin protestar y ambos se pegaron a la pared, completamente inmóviles.
Unos momentos después Nórbak pudo escuchar claramente el ruido de pasos que se aproximaban. Alguien corría hacia ellos desde el resguardo de la oscuridad de la noche.
Una figura envuelta en una capa pasó junto a los dos compañeros sin verles, pero no logró ir muy lejos. Varios individuos le cortaron el paso mientras otros encapuchados llegaban corriendo en pos del fugitivo.
-¿Dónde ibas? –preguntó uno de los hombres encapuchados.
-¡Dejadme en paz! –respondió la persona a la que perseguían, una mujer a juzgar por la voz.
-Haced que se calle –ordenó un tercero.
Nam trató de intervenir, pero su compañero le sujetó del hombro. Cuando el hechicero le miró este negó con la cabeza y lo arrastró aún más hacia las sombras. Parecía que no les habían visto.
El grito de la mujer atrajo de nuevo la atención de ambos. Miraron hacia los encapuchados y advirtieron que dos de ellos la habían inmovilizado. Un tercero, el que había ordenado que la atrapasen, le propinó un sonoro bofetón.
Nórbak tuvo que emplearse a fondo para sujetar a su amigo. Siempre le había parecido curioso que la extrema caballerosidad de este con las damas les metiera en más problemas que sus robos, pero algo le decía que si le dejaba intervenir en esa pelea no saldrían vivos de allí.
Unos instantes después el grupo se alejó calle abajo con su prisionera. El enano miró a Nam e, inmediatamente, supo lo que el hechicero iba a decir.
-Tenemos que seguirles.
Refunfuñando en voz baja Nórbak se deslizó tras a su amigo en pos de los secuestradores. Afortunadamente contaban con el resguardo de la noche.