A continuación tenéis un pequeño relato escrito por mí mismo y un boceto realizado por Jose Manuel Triguero, para que así podáis conocer Necro. Que no os pase nada.
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NECRO
-Está arriba, señor. ¿Cree que podrá hacer algo por él?
El acongojado matrimonio miraba esperanzado al peculiar sacerdote que acababa de llegar a su hogar, los gritos de dolor e ira que venían desde el piso superior hicieron llorar a la esposa mientras su marido la abrazaba con ternura.
El sacerdote los miró, su rostro estaba oculto bajo una capucha oscura que escondió también una sonrisa desdeñosa.
-Oh, haré lo que pueda. Pero les recomiendo que no se acerquen a la escalera mientras trato a su hijo, podría resultar fatal para todos.
-Por favor, sálvelo –suplicó la mujer, tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar-. ¡Nuestro pequeño es todo lo que tenemos! Haremos lo que sea, pero tiene que salvarlo...
Sin prestarle más atención a la mujer se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subir los peldaños, que crujieron a medida que ascendía.
-Que la sombra de Ángorthor os proteja –murmuró él, el matrimonio recibió la bendición con una sonrisa forzada. Pese a que habrían preferido que se ocupase de su hijo un miembro del Templo de Isilwentari, ese era el único sacerdote que había pasado durante los últimos días por el pequeño poblado en el que vivían.
-Que los dioses le bendigan –susurró el hombre cuando el extraño llegó al final de la escalera y quedó fuera de su vista.
El sacerdote dobló la capa y entró en la habitación de la que provenían los gritos, allí atado a una cama demasiado grande pudo ver a un pequeño de no más de diez años de edad que pataleaba y chillaba como un cerdo en el matadero. Sin inmutarse dejó la prenda oscura sobre la única silla de la estancia y se acercó al pequeño, sus ojos febriles se clavaron en el sacerdote y el chiquillo reanudó los gritos mientras escupía espuma por la boca.
El elfo extrajo unas bolsitas con hierbas de los bolsillos ocultos de su túnica y comenzó a revisarlas una por una hasta que encontró la que buscaba. Asintió con la cabeza mientras olisqueaba las hojas y echó un vistazo a la habitación, en una mesa algo apartada encontró una jarra de barro con agua y un vaso a juego con el recipiente. Con inusitada calma se dirigió hasta allí y vertió parte del líquido en el vaso de barro, después dejó caer un par de hojas y guardó los saquillos para sacar una pequeña cajita de plomo de la que extrajo un pellizco de un extraño polvo ceniciento. Cuando lo echó al líquido este empezó a burbujear, poco después la mezcla desprendía un humo grisáceo. El sacerdote cogió el vaso con una mano y se acercó al chiquillo, que todavía continuaba gritando y echando espuma por la boca. Le sujetó por la nariz y tiró hacia atrás, de manera que el pequeño no tuvo más remedio que abrir bien la boca. Entonces le vertió la mezcla por el gaznate, y pese a que el niño escupió parte de ella no pudo evitar ingerir una buena cantidad de líquido.
Los gritos cesaron. El pequeño parpadeó confundido y miró al elfo, que lo observaba con sus pequeños y hundidos ojos oscuros. Los ojos del niño todavía tenían un brillo febril.
-¿Eres Ángorthor? –dijo con un susurro de voz apenas perceptible-. ¿Has venido a llevarme contigo?
-No.
-¿Entonces quién eres?
-Puedes llamarme Necro. Ahora haz el favor de callarte, no me obligues a amordazarte.
El niño, intimidado, guardó silencio mientras miraba con curiosidad cómo el curandero sacaba un cuaderno, un tintero y una pluma de un bolsillo oculto en la capa doblada sobre la silla y comenzaba a tomar notas.
Necro advirtió que al pequeño se le cerraban los ojos a causa del agotamiento. No era de extrañar, pues probablemente llevase días sin poder dormir bien por su enfermedad. Le resultaba muy curioso lo estúpidos que podían llegar a ser los humanos, capaces de confundir los síntomas de la rabia con una posesión demoníaca. Lo que ellos pensaban que había sido causado por algún demonio probablemente tuviese su origen en algún animal enfermo que había mordido al niño. Sin embargo a él le beneficiaba, pues sus servicios como supuesto exorcista le dejaban cuantiosas ganancias. Era una de las ventajas de vivir entre humanos, sus miedos y supersticiones podían aportar muchos beneficios, incluso más allá del oro, si se sabía cómo manipularlas. Y él era un experto manipulando a la gente.
Cuando terminó de tomar notas sobre el estado enfermizo del chiquillo guardó sus cosas y se puso de nuevo la capa oscura, después abandonó la habitación. El pequeño ya dormitaba plácidamente cuando Necro se dirigió a la escalera con pasos calmados y descendió los peldaños muy despacio, sabía que los padres del niño estarían preguntándose en ese momento si su hijo se encontraba bien o si finalmente se lo había llevado lo que pensaban que era una posesión.
-¿Cómo está? –la madre no pudo esperar a que llegase al final de las escaleras y lo miraba ya con expresión suplicante, el sacerdote advirtió que le temblaban las piernas a causa del miedo de perder a su pequeño.
-Es muy posible que viva –dijo él finalmente, la pareja se abrazó entre lágrimas de felicidad-. Pero el peligro todavía no ha pasado. Prepararé unos polvos que mantendrán alejado al demonio mientras se recupera, pero es necesario que se los tome durante algunas semanas.
Necro sonrió bajo la capucha oscura. Naturalmente se trataba de un medicamento, pero le convenía que siguiesen pensando que se trataba de sucesos antinaturales.
-¡Muchas gracias, señor! ¿Cómo podemos agradecerle lo que ha hecho por nosotros?
-Pagando mis honorarios, por supuesto –respondió él con una sonrisa mordaz.
-No tenemos mucho dinero –confesó el hombre-. Solo soy un agricultor en este pequeño pueblo, pero trabajaré duro para reunir el oro.
-No es oro lo que quiero como pago –replicó Necro, mientras miraba con interés a la mujer. Era joven, le calculó unos veinticinco años, y parecía tener un cuerpo bonito y sano-. La quiero a ella.
El agricultor miró sorprendido a su esposa, desconcertado por tan inusual petición.
-¿Qué quiere decir con eso? –preguntó repentinamente nervioso.
-Se viene conmigo –explicó Necro-. Trabajará para mí y me acompañará cuando abandone este pueblo, mañana al amanecer. Si trabaja duro en unas pocas semanas podrá regresar a casa y estaremos en paz.
-¿Y si... y si nos negamos? –la mujer temblaba de nuevo, la sola idea de marcharse con un individuo tan siniestro le aterrorizaba.
-Jamás recibiréis los polvos que precisa vuestro hijo para vivir. Tenéis una hora para decidir, pues antes de dos el niño necesitará una primera dosis. Si aceptáis el trato deberá estar en el cementerio para entonces. Acudiré a por ella, ahora tengo que marcharme.
Necro cruzó el umbral de la casa y se perdió calle abajo mientras el sol del ocaso alargaba su sombra, esta caía como una losa sobre la pareja que veía cómo se alejaba poco a poco.
El sacerdote esbozó una cruel sonrisa. Sabía que aceptarían el trato, pues no les quedaba otra alternativa si querían que su hijo viviese. Cuando la mujer se pusiera bajo su servicio abandonarían el pueblo y él podría usarla como quisiera.
Siempre venía bien tener cuerpos sanos con los que experimentar, llevaba demasiado tiempo cortando y hurgando en cadáveres podridos. El cambio, sin duda, resultaría de lo más agradable.
Joaquín Sanjuán Blanco