sábado, 29 de octubre de 2011

Action Tales

Para los que no conozcan Action Tales os diré que es una plataforma de internet para la publicación de fanfictions que desde hace ya ocho años publica su propia continuidad de historias de distintas líneas: Marvel, DC, StarGate y Star Trek son algunas de las más destacadas que podemos encontrar. Estas historias habitualmente se presentan en formato de relato con portadas similares a las de los cómics pero creadas específicamente para cada entrega de los fan-fiction. Hay que decir que hoy por hoy es una de las páginas de publicación de fan-fictions con más movimiento y seguidores de toda España, que no es poco. Podéis echar un vistazo a su web aquí.

Pues bien, ya es oficial: desde este momento seré el encargado de una nueva cabecera situada dentro del universo Marvel. El título escogido será New X-Factor, con una alineación que para los veteranos resultará nueva y vieja al mismo tiempo. Es muy posible que me ocupe también de una segunda cabecera, pero todavía no está confirmada. El dibujante que hará las portadas de New X-Factor será, como no podía ser de otra manera, mi buen amigo Jose Manuel Triguero.

Podéis ver el anuncio oficial en Action Tales aquí.

¡Por supuesto os mantendré informados para que podáis leer esas historias!

martes, 25 de octubre de 2011

Antología "Descubriendo nuevos mundos" - XXIX Hispacón

El próximo mes de Noviembre, los días 12 y 13, se celebra en Mislata (Valencia) una nueva edición del Hispacón (y van XXIX), la Imagicon, organizada este año por la Federación Española de Fantasía Épica (a la que tengo el orgullo de pertenecer). Podéis encontrar la programación aquí.

Pues bien, con motivo de dicho evento se presentará (entre otras cosas) la antología literaria Descubriendo nuevos mundos, resultado del I Certamen de Género Fantástico. Este volumen recojerá los relatos e ilustraciones seleccionados en el certamen, además cuenta con una fantástica portada de David Puertas y la contraportada ha sido escrita por el escritor Javier Negrete

Entre los más de veinticinco relatos que componen la antología podréis encontrar un relato largo escrito por mí, titulado El caballero de la flor de hielo y que ha recibido uno de los accésit del certamen, así como relatos de compañeros y amigos tales como Sergio R. Alarte (ganador de la categoría de relato largo), Andrea Peña, Juan Francisco Doñoso, Antonio Domenech (ganador de la categoría de relato largo) o Roberto Redondo. También podréis disfrutar de las ilustraciones de autores como Sarima u Óscar Pérez (al que recordaréis por ser el portadista de Leyendas de Lácenor).
¡ALTAMENTE RECOMENDADO!

Título: Descubriendo Nuevos Mundos
Relatos, ilustración y fotografía fantástica.
Varios Autores
Edita: FESFE
Ilustración de portada: David Puertas
ISBN: 978-84-615-2913-1
Páginas: 218
PVP: 9 euros.
 

domingo, 23 de octubre de 2011

Los personajes de Cazadores: Kronon

Kronon pertenece a la raza de los enanos que habitan en el norte del continente donde transcurren las aventuras de Cazadores. Como tal es un individuo tenaz y terco, de fuerte constitución y baja estatura, y también al igual que sus hermanos porta la característica barba que estos se dejan en honor al primer Emperador enano, un líder que unificó las distintas tribus y era conocido como Barbahierro a causa de la espesa barba salpicada de hebras plateadas que se dejó crecer hasta que le llegó a la cintura.
No es frecuente ver a un enano fuera de sus fortalezas de hierro y piedra del norte, pero los pocos que han viajado hasta las áridas tierras del oeste en las que las distintas razas están aprendiendo a vivir unas con otras son buscadores de oro atraídos por las historias sobre minas y yacimientos ocultos en las por otra parte baldías tierras del oeste. Es fácil reconocer a estos individuos a causa de las joyas de oro con que decoran sus orejas, narices, manos o cuellos, además suelen portar pesados picos de manufactura enana que utilizan tanto de herramientas como de armas y que se caracterizan porque mientras que por un extremo terminan en forma de pico por el otro lo hacen en forma de maza.
Sin embargo Kronon es un individuo muy peculiar dentro de los buscadores de oro enano, ya que pese a que su pasión por este metal precioso no es en absoluto menor que la que siente cualquiera de sus hermanos sí existe una diferencia notable, pues hay algo que es capaz de motivar a Kronon más todavía que el oro: una buena pelea. El enano se hizo famoso como luchador callejero en las destartaladas ciudades que salpican el oeste, lo que le permitió adquirir cierto prestigio. A causa de esto recibió una oferta para acabar con la vida del sheriff de una pequeña localidad aterrorizada por su mandato mediante la ley de la pólvora, y fue este trabajo el que llevó a Kronon a convertirse en Cazador. Algún tiempo después fue reclutado por Rónox, que estaba buscando un grupo capaz de llevar a cabo un encargo que le habría resultado imposible de realizar a un solo Cazador, y desde entonces ha sido aliado tanto de él como de Muk y Lyana, con quienes ha formado equipo en no pocas ocasiones. A causa de sus trabajos son conocidos como el mejor equipo de Cazadores de todo el oeste.
La relación que tiene con sus socios resulta excelente. Si bien a causa de la cultura del pueblo enano en el que las mujeres no pueden dedicarse a la guerra su relación con Lyana siempre ha sido un poco tirante, pero la mayor parte del tiempo la respeta y acepta como uno de sus iguales. Respecto a Rónox se ha convertido en su mejor amigo, y cuando están juntos solo los idiotas o aquellos que no los reconocen se atreven a provocar una pelea. Finalmente tiene una extraña relación de amor—odio con el elfo Muk. Esto resulta comprensible si tenemos en cuenta que sus culturas y costumbres resultan tan diferentes que es inevitable que ambos choquen en incontables ocasiones. Además las aptitudes del indio como chamán acostumbran a poner nervioso a su compañero, que como enano que es siempre ha mostrado un gran escepticismo y desconfianza en lo que a magia se refiere. Sin embargo Kronon es un amigo leal que no dudaría en dar su propia vida por cualquiera de sus compañeros, cosa muy poco habitual en los reservados y distantes enanos.
Kronon es experto en pelea cuerpo a cuerpo tanto sin armas como con su pesado pico. No es bueno con las armas de disparo, pese a que su amigo Rónox ha intentado enseñarle a disparar en no pocas ocasiones. Al parecer cuando se cansa de fallar los tiros el buscador de oro acostumbra a empuñar el arma por el cañón para usarla como porra, cosa que desespera a su jefe y compañero.


lunes, 17 de octubre de 2011

Avances de El Rey Caído y Luces y sombras.

A falta de un par de meses para la publicación de Luces y sombras (la segunda novela de la trilogía de Leyendas de Lácenor) y El Rey Caído (SphereWars) os pongo a continuación los links a los capítulos "degustación" de cada una de estas novelas que podéis encontrar en el foro.

Luces y sombras.
-Capítulo 1.
-Capítulo 2.


El Rey Caído.
-Prólogo.
-Capítulo 1.
-Capítulo 2.

En breve, más noticias y adelantos.

Sphere Wars: El Rey Caído. Capítulo 2.

2

Lerian, seis años antes de la caída de la Legión de los Cien Corazones.

—¡Que Malesur nos asista! ¡Hemos abandonado la verdadera fe, hermanos! ¡Malesur está aguardando a que volvamos con él, nos espera con los brazos abiertos! ¡Solo regresando a su lado podremos salvarnos!
Los gritos del ferviente servidor pasaban inadvertidos a la mayoría de los ciudadanos que caminaban apresurados por la calle embarrada, temerosos de que en cualquier momento volviese a llover. Algunos, los pocos que todavía conservaban la fe en Malesur, se llevaban las manos a talismanes escondidos entre sus ropas y los más valientes incluso se atrevían a besarlos. Durante las últimas décadas los seguidores del dios habían sido humillados y extorsionados hasta tal punto que muchos de ellos se embarcaron en busca de nuevas tierras donde poder vivir sin esconder sus creencias. Esto causó grandes daños internos en una Darlime ya afectada por los acontecimientos que, tiempo atrás, llevaron al orador Saül a abandonar el continente junto a sus seguidores. Los fantasmas que dejó la Guerra Civil todavía eran demasiado recientes y si bien finalmente se alcanzó la paz, esta era engañosa, ganada con la fuerza de las armas. La situación era extremadamente tensa y podía estallar en cualquier momento. La Legión de los Cien Corazones hacía todo lo posible por mantener la calma, pero no tardarían en llegar a un punto de no retorno en el que la situación de Darlime resultaría insostenible.
Pero eso no era lo peor. Si bien los peligros de guerras internas eran innegables no lo eran menos los de enemigos externos: los Vástagos de Kurgan en el norte, feroces depredadores que se alimentaban de la vida de los humanos; las Manadas de Urueh al oeste, extendiéndose por la inmensa red de túneles que cubría todo Saphir y que les había llevado en más de una ocasión hasta la propia Darlime; los siniestros Carroñeros de las Profundidades bajo las montañas de todo el continente… Las amenazas eran muchas.
Así pues, las gentes que vivían bajo el gobierno marcial de la Legión de los Cien Corazones trataban de contener la difícil situación en que se encontraban. No les convenía que estallase otra Guerra Civil pues sus enemigos sabrían aprovechar el momento para destruirles.
—¡Malesur espera vuestras oraciones, hermanos! ¡Tened el valor de acudir a él y obtendréis protección y salvación!
—¡Eh! —una cohorte de postulantes corría hacia el orador—. ¡Quedas arrestado en nombre de la Legión!
Pero el orador, cuya túnica del color de la hierba lo señalaba como Agente de Malesur, echó a correr entre la gente apartando a empujones a todo aquel que se cruzaba con él mientras los soldados lo perseguían con las espadas desenfundadas.
Algunos de aquellos que se habían detenido a escucharlo siguieron al fugitivo con la mirada mientras los ojos se les empeñaban por las lágrimas. Se decía que esos hombres vestidos con túnicas verdes podían indicarles el camino a una nueva tierra en la que los seguidores del Padre podían vivir en paz sin ocultar sus creencias, un lugar donde se entonaban cánticos a Malesur todas las noches y se hacían bailes y banquetes en su honor cuando la luna estaba en su máximo esplendor.
Perseguido y perseguidores se perdieron entre la gente, la calle recuperó la normalidad casi de inmediato.
El fugitivo corría con toda su alma. Lo que le harían si lo capturaban. Recordó que el mercado estaba dos calles más abajo y confiaba en perder a los soldados entre la multitud si lograba llegar hasta allí.
—¡Abrid paso! —gritó mientras tiraba al suelo unos barriles con la esperanza de que entorpecieran a sus perseguidores.
Esquivó a un grupo de niños que jugaban con una pelota hecha de trapos y tomó impulso para saltar por encima de una empalizada de madera, aceleró y torció por otra calle; respiraba como una locomotora pero sabía que no podía frenar el ritmo; solo tenía que llegar al final de esa calle y estaría en el mercado.
—¡Ahí está!
La cohorte de postulantes se abrió paso con las espadas a través del obstáculo y continuó con la persecución, pero se encontraban exhaustos. Mientas que el Agente de Malesur vestía una sencilla túnica de lana, ellos iban equipados con sus características cotas de mallas; el peso era un grave problema en una persecución.
El fugitivo frenó en seco al ver que dos soldados de la Legión se encontraban al final del callejón, ocupados en algún tipo de charla intrascendente. Miró con nerviosismo a su alrededor y comprobó que no podría escapar ni por delante ni por detrás. Su mirada se posó en el cartel descolorido que se encontraba en mitad de la calle, El Corazón Verde, y esbozó una sonrisa antes de correr hacia su entrada y abrir la puerta de un empujón.
Aspiró el olor a hierbas y el frescor del ambiente. El local era una vieja taberna que pese a no ser un local de lujo tampoco era uno de esos destartalados, sucios y malolientes agujeros que podían encontrarse en cualquier ciudad. El propietario, un hombre sencillo, muy delgado y que siempre esbozaba una sonrisa en el rostro, había decorado el local con incontables plantas y flores cuyas macetas se repartían en estantes, pedestales o incluso colgadas del techo.
El tabernero borró la sonrisa de su rostro en cuanto vio la expresión del Agente de Malesur y comprendió de inmediato que algo iba mal, muy mal.
—Jynos, ¿qué pasa? —preguntó con temor mientras se acercaba a él.
—Postulantes —respondió este entre jadeos. Necesitaba recuperarse de la carrera-. Me persiguen.
—¿Los has traído hasta aquí? —apretó el brazo de Jynos con su mano huesuda-. ¿Te has vuelto loco?
—No tenía otra opción, estaba acorralado —se justificó él—. Si me atrapan me matarán por traidor.
—Muy bien, escóndete en la bodega. ¿Te han visto entrar aquí?
—Sí.
—No tenías que habernos puesto en peligro así, Jynos —protestó el tabernero.
Los dos amigos se miraron durante un instante y después el Agente de Malesur echó a correr hacia la pequeña puerta que daba a la bodega del establecimiento.
El Corazón Verde estaba abarrotado, era día de mercado y la taberna se encontraba lo suficientemente cerca de la plaza donde se ponían los tenderetes como para que la gente acudiese allí a descansar o a beber algo. La mayoría de ellos había hecho caso omiso del recién llegado, pero algunos miraban con el ceño fruncido a la puerta por la que en cualquier momento podían aparecer los soldados de la Legión de los Cien Corazones. Otros se encogieron aterrorizados en sus asientos, tenían miedo de lo que podía pasarles si los soldados de la Legión decidían que todos ellos eran traidores. Uno permaneció con la mirada clavada en la desvencijada puerta por la que el Agente de Malesur había escapado y con total calma dio un trago de la jarra de cerveza fría con limón que estaba disfrutando.

Jynos corrió entre los barriles de vino. Sabía que había una salida secreta en alguna parte. Lamentaba haber tenido que tomar ese camino y aunque temía por la seguridad del flaco Mander y de su establecimiento, su única alternativa había sido enfrentarse a la muerte. El Corazón Verde era en realidad una tapadera para los seguidores de Malesur donde los Agentes enviaban a aquellos que profesaban la fe en el Padre y querían huir del continente en busca de la nueva tierra que se les había prometido.
Allí estaba. Entre los muchos barriles repletos de cerveza y los estantes cargados de botellas de vino, aguardiente y otras bebidas vio un tonel con una mancha de pintura verde en su base, hecha de forma que pareciese casual. Levantó la tapa del barril y vio unas escaleras metálicas que descendían hasta un estrecho túnel que le permitiría salir por el callejón. Se metió dentro y después de colocar la tapa sobre su cabeza comenzó a descender a ciegas mientras tanteaba con cuidado a cada paso para evitar caer al vacío.
Estaba a salvo.

La puerta de El Corazón Verde se abrió de una patada y entraron seis hombres de la Legión de los Cien Corazones, cinco postulantes rasos al mando de un capitán que portaba el escudo que lo distinguía como tal.
—Estamos a su disposición, buenos señores. Pero no lastimen a nadie —suplicó el sonriente tabernero.
—Buscamos a un hombre, le vimos entrar aquí. ¿Dónde se ha escondido?
—Salió por la puerta de la cocina —mintió aquel—. No pude detenerlo, ¿se trata de un fugitivo?
—No es asunto tuyo —respondió el capitán de los postulantes—. ¿Por dónde se sale?
—Por allí —indicó con un gesto.
—¡Dejad a ese hombre en paz! —gritó alguien entre la multitud que se encontraba en la taberna—. ¡No ha hecho daño a nadie!
—Pole, persigue al fugitivo. Llévate a estos dos —ordenó el capitán mientras señalaba a los dos postulantes con los que casi había tropezado el Agente de Malesur y que acababan de unirse a la persecución por orden de su líder—. Enseguida os seguimos.
Cuando los tres postulantes se hubieron marchado sus compañeros se encararon hacia la multitud de la que había venido la voz y su capitán escrutó acusador a los clientes del local. Todos aquellos en los que posó la mirada la apartaron de inmediato, demasiado temerosos por lo que podía llegar a pasarles si eran considerados traidores a la Legión de los Cien Corazones.
—¿Quién ha sido? ¿Quién se ha atrevido a desafiar a la Legión? —preguntó el capitán. Sus hombres intercambiaron una mirada inquieta—. Si tenemos que castigaros a todos, lo haremos. Eso tenedlo por seguro. Os sugiero que colaboréis.
—Creía que la Legión de los Corazones entrenaba caballeros, no matones —exclamó una voz. El capitán de los postulantes miró al hombre que lo había dicho—. Sería mejor para todos que os marchéis por el mismo sitio por el que habéis venido.
—¿Te atreves a desafiarnos? —bramó el capitán.
—Creo que tiene razón —se atrevió a decir uno de sus hombres—. No es buena idea enfrentarnos a toda esta gente; sería un baño de sangre. Además, tampoco han hecho nada.
—Por fin, un hombre inteligente —–intervino el hombre de la cerveza con limón de nuevo—. Haríais bien en escucharle; la situación ya es bastante tensa en Darlime sin que la Legión de los Cien Corazones se dedique a buscar pelea por las tabernas. ¿Qué pasará si un día, en lugar de desviar las miradas, os desafían?
—Que serán ejecutados por traidores —respondió el capitán, ya con menos convicción.
—Es posible, pero no antes de provocar un tumulto contra los extorsionadores. No pongo en duda que podéis reducir con facilidad a un hombre, a tres o a diez. ¿Pero qué pasará cuando os enfrentéis a cuarenta? Yo os lo diré: será vuestra sangre la que se derrame.
—Capitán, sería mejor que nos marchemos —sugirió el mismo postulante que había hablado antes, uno al que le caían sobre los ojos mechones de pelo negro como el carbón.
—Estoy de acuerdo, el Agente de Malesur podría escapar —dijo el otro, un hombre con la nariz enorme.
El aludido frunció el ceño sin apartar la mirada de Ovreuc.
—Muy bien, nos pondremos en marcha. A fin de cuentas los seguidores de Malesur son traidores y por tanto verdaderos enemigos de Darlime.
—Una decisión muy sabia —dijo el hombre. Esbozó una sincera sonrisa y alzó la jarra de espumosa cerveza dorada—. ¡Un brindis por la Legión!
Los tres soldados se marcharon corriendo sin esperar a que se efectuase el brindis, a sus espaldas el desconocido dio un trago a su bebida mientras con la otra mano acariciaba de manera despreocupada la empuñadura de una daga.


Las pisadas resonaban por el suelo de madera y a cada paso Jynos se encogía un poco más en su escondite, dentro de un viejo armario repleto de carcoma.
La huida le había llevado a tropezarse de nuevo con sus perseguidores y no tuvo más remedio que ocultarse en esa vieja casa abandonada y llena de ratas pero ahora no estaba tan seguro de si habría sido una buena idea: si los postulantes daban con él no tendría manera de escapar.
Los pasos se acercaban cada vez más y un sudor frío perló la frente del Agente de Malesur, que maldijo su suerte en silencio. Aunque sabía que no podía haber hecho otra cosa llevaba un buen rato huyendo de los postulantes y estaba agotado.
De pronto escuchó un grito seguido de un gorgoteo sordo, un golpe seco le indicó que alguien había caído al suelo.
—¡Legión!
El grito de guerra resonó en la casa vacía y dio inicio a un intercambio de golpes. Jynos escuchaba aterrorizado el entrechocar del acero contra el acero pero la sensación de terror aumentó cuando el ruido cesó y con un quejido de dolor cayó alguien más.
—¿Quién… quién eres? —El tono de voz del tercer hombre era de auténtico terror—. Jamás había visto a nadie luchar como tú.
Como toda respuesta se oyó un grito ahogado y otro gorgoteo, después reinó el silencio.
Jynos luchaba contra sus miedos y sus instintos sin decidir qué haría a continuación. Una parte de él le instaba a permanecer allí escondido, pues temía que alguien le estuviese esperando si abandonaba el armario. Pero por otro lado una voz en su cabeza le apremiaba a escapar de allí, también por el temor de lo que podía pasarle si permanecía más tiempo en ese lugar. Allí había muerto gente y temía que si se atrevía a salir él sería el siguiente.
El tiempo pasó y poco a poco el Agente de Malesur recuperó la calma. Cuando decidió que había pasado rato suficiente se arriesgó a abrir la puerta para echar un vistazo a la habitación. Una figura se encontraba sentada en el suelo y recostada contra la pared. Cerca de él yacían los tres postulantes tumbados sobre charcos de sangre.
—Ya era hora, pensé que tendría que sacarte yo mismo —dijo.
Sus ojos verdes se clavaron en Jynos, que se sorprendió al ver en el rostro del hombre una sonrisa amistosa.
—Yo… eh… no sabía si eras un amigo o un enemigo —confesó el Agente mientras se obligaba a sonreír.
—Sí, eso supuse.
—Soy Jynos, gracias por salvarme.
—Ovreuc –dijo a su vez el asesino, que miró de arriba abajo al otro hombre mientras este salía del armario, su túnica verde claro estaba manchada de barro y suciedad.
—Muchas gracias por tu ayuda, amigo —repitió Jynos—. ¿Qué ha sido de los otros tres hombres que me perseguían?
—Se entretuvieron en la taberna más de la cuenta y después probablemente perdieron tu rastro.
—¿Y cómo has logrado encontrarme tú?
—Bueno, se me da bien cazar. A decir verdad, me dedico a eso y adoro mi trabajo.
—Ah, ya veo—. El Agente de Malesur sonrió aliviado—. Ciertamente es una buena profesión; las pieles y la carne se venden bien y en nuestros bosques hay muchos ciervos y jabalíes. Sin embargo Malesur nos insta a honrar a todas las criaturas vivas y no debemos cazar más de lo necesario para alimentarnos.
—En realidad me dedico a otro tipo de presas —confesó Ovreuc.
—¿Ah, sí? ¿Cómo cuales?
—Personas.
Jynos sintió que un sudor frío bajaba por su espalda y clavó la mirada en el asesino mientras comenzaba a retroceder despacio. Tenía que salir de allí y debía ser rápido si quería salvar la vida.
—¿Has venido a por mí?
—Ajá.
—¿Por qué? Has matado a tres postulantes, así que no puedes trabajar para la Legión de los Cien Corazones. ¿Formas parte de la Eclestía de Saül? —preguntó el Agente de Malesur a fin de ganar tiempo.
—No. Trabajo para cualquiera que pueda pagar mis servicios, pero te confieso que siento bastante aversión hacia cualquier religión y, por extensión, hacia sus seguidores.
—Comprendo que sientas desprecio por los siervos de Saül, pues él no es más que un hombre que se hace pasar por dios. Pero nosotros, los adeptos de Malesur, rezamos al Padre, a nuestro dios creador. Él nos dio forma en el nacimiento de Saphir y en cambio le hemos dado la espalda…
—¿Te parece este el mejor momento para predicar? Además, para mí sois todos iguales: cobardes que temen aceptar la verdad de la muerte y a los que les da miedo la certidumbre de que después de la vida tan solo hay oscuridad. Por eso os refugiáis en vuestros dioses, por cobardía y temor. Pues bien, ahora estás a punto de descubrir si tu fe en Malesur es o no justificada.
Ovreuc extrajo una daga de su vaina y se puso en pie sin apartar en ningún momento la mirada. Jynos trató de escapar pero sus piernas no le respondían, parecía atrapado por la intensa mirada verde del asesino.
—Si tu religión está en lo cierto deberías darme las gracias, pues te envío a encontrarte con Malesur. Pero si se equivoca mírame bien, pues el mío será el último rostro que verás.

SphereWars: El Rey Caído. Capítulo 1

1

El estruendo de los fusiles de pólvora resonó en el campo de batalla iluminado por el sol del atardecer. Un postulante de la Legión de los Cien Corazones cayó muerto en el acto cuando los proyectiles de plomo y fuego impactaron contra ellos, pero sus compañeros continuaron corriendo hacia los tiradores.
—¡Legión, con el corazón!
El grito de guerra del capitán insufló valor a sus compañeros y los tres supervivientes cargaron contra un grupo de cuatro fusileros que con fría calma dispararon a sus atacantes. Lograron derribar a un segundo hombre, mientras los restantes desenfundaban sus espadas. Uno de ellos ensartó al tirador que tenía más cerca de un solo golpe y su compañero hizo un feo tajo a otro, que soltó el arma de pólvora y trató de huir corriendo; sin embargo el soldado le hizo tropezar al patearle en una pierna y lo remató cuando cayó al suelo.
Los dos fusileros supervivientes dieron la vuelta y echaron a correr conscientes de que no eran rival para los postulantes de la Legión en una lucha cuerpo a cuerpo. Los dos soldados no dudaron ni por un momento y persiguieron a uno de los tiradores, que se dirigía directo hacia unas rocas con intención de ponerse a cubierto tras ellas. A su alrededor podía sentir la batalla con todos sus sentidos: el rugido de los fusiles y el entrechocar de las espadas; el olor a pólvora, sudor y sangre de los hombres de la Legión de los Cien Corazones y de los Neonatos que combatían unos contra otros por la victoria, como tantas y tantas otras veces durante los últimos años. Cuando finalmente llegó junto a las rocas pasó sobre ellas de un salto y cayó rodando al otro lado, donde rápidamente apuntó con su arma para disparar al primero que apareciese tras él mientras trataba de recuperar el aliento.
Cuando uno de los dos postulantes llegó rodeando las rocas recibió el impacto de un proyectil de plomo ardiente que le perforó el pecho y lo arrojó hacia atrás con fuerza, derribándolo al suelo de arena y guijarros donde quedó tendido para no volver a levantarse.
—¡Maldito cobarde! –el grito del capitán de los postulantes alertó al fusilero, que advirtió que el superviviente había rodeado las rocas por el otro lado. Disparó de nuevo, pero el soldado interpuso el escudo que le había sido entregado como símbolo de su rango y el proyectil se estrelló inofensivo contra el acero. Después golpeó con fuerza al tirador y le arrebató de las manos el arma de pólvora, la punta de la espada apuntó al pecho del neonato y este levantó las manos sabiéndose derrotado.
—Esto va por mis compañeros –gruñó entre dientes.
Sin embargo el golpe mortal no llegó. El fusilero miró a su enemigo sin entender lo que pasaba y advirtió que este tenía los ojos muy abiertos, un hilo de sangre le corría por entre los labios. La espada repiqueteó al caer de sus manos flácidas y un momento después el cuerpo del capitán de los postulantes también se derrumbó.
En pie quedó una figura oscura que portaba en las manos una daga ensangrentada, dos ojos color tierra miraban al tirador desde el fondo de una capucha negra. El rostro cubierto de marcas y tatuajes del hombre lo señalaban como miembro del gremio de asesinos de los neonatos. El fusilero lo identificó como uno de los silenciosos y letales Sombríos.
No intercambiaron palabras. Una única mirada y un gesto de asentimiento fue todo lo que necesitaron, pues ambos sabían bien qué era lo que debían hacer. El fusilero recuperó su arma y se atrincheró tras las rocas en busca de nuevos objetivos mientras su compañero se marchaba corriendo, en silencio; todavía quedaba mucha batalla por delante.
El sombrío avistó a dos exploradores enemigos que trataban de rodear su línea de batalla y se deslizó tras ellos mientras empuñaba una daga. En silencio reptó tras unos arbustos espinosos hasta que se aproximó lo suficiente como para escuchar la conversación de los dos exploradores.
—Tenemos que llegar hasta sus máquinas de guerra –dijo uno de ellos, un hombre joven de largo cabello trenzado—. Están causando estragos entre los nuestros.
—Sabes que si lo hacemos posiblemente podamos sabotear una o dos de ellas pero no saldremos vivos, ¿verdad? –El otro, de mediana edad y poco pelo, miró a su compañero con compasión. Él había vivido bastantes años, pero el otro era demasiado joven para morir. Sin embargo en la guerra nada de eso importaba...
—Sí –respondió el aludido al cabo de unos instantes.
—Entonces hagámoslo, por la Legión.
Los exploradores desenfundaron sus espadas cortas y se prepararon para cruzar a la carrera la distancia que los separaba de tres de los ingenios mecánicos con que los neonatos hostigaban a sus enemigos a base de devastadores disparos, pero el asesino no estaba dispuesto a darles ocasión de llevar a cabo sus planes. Echó mano a su otra arma, la daga Vunscher diseñada por los ingenieros y que incorporaba una pequeña arma de pólvora en su empuñadura, y disparó. El más joven gritó de dolor y cayó de rodillas, una herida negra humeaba en su espalda.
—¡No! –su compañero se agachó junto a él para tratar de socorrerle en lugar de enfrentarse a su atacante y ese fue su último error; ni tan siquiera vio venir la daga que le hizo una gran sonrisa roja en el cuello. Murió antes incluso que el otro explorador.
El Sombrío miró hacia los ingenios mecánicos y esbozó una mueca de contradicción al advertir que pese a que había neutralizado esa amenaza no estaban a salvo, pues varios miembros de la Legión de los Cien Corazones cabalgaban directos hacia allí.


—¡Matad a la dotación, después inutilizar las máquinas! –El grito del llanero llegó a sus dos compañeros por encima de la batalla y los tres azuzaron a sus monturas para dirigirse lo más rápido posible hacia donde se encontraban los peligrosos ingenios.
Nueve pequeñas criaturas correteaban junto a los tres aparatos y se apresuraban a apretar botones, mover palancas y cargar nuevos proyectiles antes de que los jinetes llegasen hasta ellos. Sin embargo no fue suficiente; con eficacia devastadora los llaneros hicieron una primera pasada junto a los diminutos seres y la mitad de ellos murieron aplastados por los caballos o golpeados por las espadas.
—Acabad hasta con el último de esos pequeños engendros –dijo el cabecilla casi escupiendo la última palabra.
Las dotaciones de los ingenios mecánicos estaban formadas por los kluch, unos seres del tamaño y la complexión de niños de siete años que los neonatos habían creado con lo que para la Legión de los Cien Corazones no podía ser otra cosa que artes siniestras, pues nadie excepto los dioses y los practicantes de magia oscura eran capaces de otorgar vida. Los kluch, cuyo aspecto recordaba al de una esmirriada tortuga sin caparazón y con piel, trataron de defenderse sin éxito pero pronto sus patéticos cuerpecillos yacían mutilados en el suelo. Los llaneros bajaron de sus monturas y se apresuraron a inutilizar las máquinas de guerra conscientes de que esa pequeña victoria supondría una gran ventaja para sus compañeros.
Un grito demente desvió su atención de los ingenios mecánicos y advirtieron que una figura de aspecto desquiciado corría hacia ellos con mirada ida y extraños artefactos en las manos. A juzgar por sus ojos desencajados e inyectados en sangre y por su expresión de ira no parecía estar en sus cabales.
—Seguid, soldados. Yo me encargo de él.
Un caballero se situó ante ellos con pasos tranquilos. Su porte gallardo y la espléndida armadura de placas que vestía le daban un aspecto magnífico que contrastaba con el demente neonato. Con el escudo en una mano y la espada en la otra el guerrero se aprestó para recibir la embestida de su enemigo, que corrió directamente hacia él sin importarte al parecer atacar a un enemigo o a otro.
—El Corazón Virtuoso –susurró uno de los llaneros, que de pronto se sintió lleno de orgullo por poder combatir junto a uno de los más reputados caballeros de la Legión de los Cien Corazones, de quien se decía que representaba como nadie el ideal de caballería y que poseía un valor y una integridad moral intachables.
—¡Daos prisa con eso, no podré contenerlos mucho tiempo! –exclamó el aludido. Fue entonces cuando sus compañeros advirtieron que otros tres neonatos de aspecto muy similar al primero corrían tras él.
Los jinetes se apresuraron a buscar la manera de incapacitar los ingenios mecánicos cuando una tremenda explosión llamó de nuevo su atención. Al volverse vieron al Corazón Virtuoso de rodillas y envuelto en una nube de humo, una mancha negra en el suelo era todo lo que quedaba del primero de los dementes.
—¿Ese loco se ha hecho explotar a sí mismo? –dijo uno de ellos con horror.
Cuando advirtieron que los otros tres estaban cada vez más cerca comprendieron que el caballero no sobreviviría a otra explosión, pese a que en esos momentos volcaba todas sus fuerzas en tratar de incorporarse para interceptar el ataque.
—¡Con el corazón! –el grito de guerra de la Legión de los Cien Corazones vino de detrás de los dementes desde donde surgió al galope un Corazón Équite, el más alto rango al que podían aspirar los caballeros. Este cargó contra los suicidas y hundió su martillo de guerra en la cabeza de uno de ellos, cuyo cráneo quedó aplastado mientras una masa gelatinosa se escurría por su nariz cuando cayó al suelo. Al segundo le golpeó en la espalda y con un terrible crujido el neonato también quedó tendido en el suelo. El Corazón Équite hundió las espuelas en los flancos de su caballo y este corrió directo hacia el último de los dementes, al que derribó y pisoteó. Justo cuando el caballero se alejaba de él este explotó al igual que lo había hecho su compañero, pero no consiguió causar daños.
Un disparo resonó como un trueno y el corcel relinchó de dolor mientras se derrumbaba, casi aplastando a su jinete en el proceso. Sin embargo este logró salir ileso del percance y cuando se incorporó advirtió que tenía a uno de sus enemigos ante él. Se trataba de una figura oscura con el rostro cubierto por una capucha y marcado por tatuajes, pero que a diferencia del sombrío mostraba un físico mucho más musculoso y desarrollado, más apto para el combate que para el movimiento furtivo y sigiloso. Una de sus manazas empuñaba un alfanje Vunscher.
El caballero se colocó en posición de combate con el escudo y el martillo de batalla dispuestos. Ambos sabían que solo uno de ellos podría seguir con vida al final del duelo.


En medio de la cruenta batalla destacaban las dos figuras que se alzaban una frente a otra, cada uno de ellos un reputado líder entre los suyos. La rivalidad entre los Neonatos y la Legión de los Cien Corazones se remontaba ya a varios años en el pasado, cuando los primeros se alzaron desde las sombras donde se habían formado en secreto y derrocaron a los caballeros de los puestos de poder de Darlime. Les arrebataron el control de las distintas ciudades poco a poco hasta que los expulsaron por completo y la Legión se vio obligada a esconderse para evitar ser aniquilada. Durante muchísimo tiempo antes, desde que ellos hicieron lo mismo con el linaje de los Malakoy, la Legión de los Cien Corazones había dirigido Darlime con puño de hierro. Sin embargo en ese duelo no era la rivalidad de dos facciones la que se enfrentaba, sino la de dos hombres. Su enemistad databa incluso de antes de que caballeros y Neonatos se enfrentasen; antes incluso de que la existencia de estos últimos dejase de ser un secreto.
Uno de ellos, el más grande y corpulento, cubría su cuerpo con una armadura de acero y oro que le daba un porte majestuoso. Parecía un héroe surgido de las canciones y las leyendas. El emblema de la Legión de los Cien Corazones estaba grabado en su pecho a la altura del corazón y un escudo con forma de lágrima lucía el emblema de la Alianza surgida del pacto de hermandad entre la propia Legión y las Mercenarias de Isha, también enemigas de los Neonatos. El caballero empuñaba una espada larga de doble filo con la hoja repleta de runas que emitían un brillo dorado, el yelmo metálico con que se protegía mantenía oculta la mirada de vivo odio y desprecio que tenía fija en su adversario.
El otro hombre era menos corpulento y desde luego, su aspecto no recordaba en nada al de los héroes de las canciones. Vestía sencillas ropas de cuero blando teñidas en tonos oscuros que le permitían moverse entre las sombras sin ser visto. Estaba cubierto además por una gabardina del mismo material, a la que se le habían añadido refuerzos de oricalco, una aleación metálica descubierta por los Neonatos que les otorgaba una protección que rivalizaba con la cota de mallas de los caballeros pese a ser mucho más ligera. Dos dagas de aspecto siniestro emitían un resplandor verdoso en las manos del hombre, que miraba desafiante a su adversario. Un sombrero le cubría la cabeza y bajo su sombra destellaban dos ojos verdes en los que también podía entreverse la ira que albergaba el corazón del neonato. Varios mechones de cabello rubio sobresalían por debajo del sombrero, a juego con una fina barba del color de la paja.
—Hacía mucho tiempo, Ovreuc –dijo el caballero.
—Demasiado, Nírlem el Paladín –concedió el asesino—. Hace años que debimos zanjar nuestro... asunto pendiente.
—Estoy de acuerdo. He oído que ahora estás al mando del Gremio de Asesinos de los Neonatos.
—Has oído bien –señaló el otro—. Sobre ti, en cambio, no he escuchado nada nuevo. ¿Sigues siendo el Corazón Bélico de la Legión de los Cien Corazones o han decidido dar el cargo a alguien más digno?
—Sigo siendo yo.
—Lástima.
—Eso dicen nuestros enemigos cuando deben enfrentarse a nosotros –replicó el Paladín—. Dime, ¿piensas quedarte ahí intercambiando pullas o has venido a resolver nuestro asunto pendiente?
—Llevo años esperando una oportunidad para matarte con mis propias manos. Te aseguro que saborearé el momento. Recuérdalo cuando te hunda una de mis dagas en el corazón.
—Defiéndete, asesino.
El caballero cargó contra su enemigo y asestó un golpe con la espada que el asesino detuvo al entrecruzar sus dagas, un estallido resonó en la batalla al entrechocar las tres armas. El Paladín dirigió un golpe con su escudo al neonato y este reculó de un salto de manera que el arma de su enemigo quedó libre, este se apresuró a atacar de nuevo. Sin embargo en esta ocasión Ovreuc se limitó a agacharse y dejar que la hoja pasase por encima sin causar daño, después embistió hacia delante y una de sus dagas rebotó en el escudo mientras que la otra resbalaba sobre la armadura del caballero, el asesino retrocedió de un salto y ambos recuperaron la guardia.
Un alarido de terror llamó la atención de los dos cabecillas, pero ninguno de los dos apartó los ojos de su adversario. A su alrededor comenzaron a resonar más y más gritos de terror a medida que el manto de la noche cubría el campo de batalla.
—¿Qué demonios ocurre? –gruñó Nírlem, que finalmente miró de reojo a su alrededor mientras procuraba no perder completamente de vista al asesino.
Este enfundó sus dagas y frunció el ceño al ver que una figura se acercaba tambaleándose hacia ellos. Cuando esta salió de entre las tinieblas de la noche vieron que se trataba de un fusilero, pero una espada atravesaba su pecho de lado a lado y sus ojos los miraban carentes de vida.
—Por los dioses... –el asesino retrocedió dos pasos al ver al engendro muerto viviente.
—No sé qué es lo que sucede aquí, pero mi lugar está con mis caballeros –dijo Nírlem—. Aunque te doy mi palabra de que retomaremos nuestro duelo lo antes posible.
—Como si tu palabra valiese de algo –bufó Ovreuc, después dio la vuelta y echó a correr hacia donde esperaba encontrar a sus hombres.
El Corazón Bélico apenas le dirigió una postrera mirada antes de encararse con el muerto viviente.


Ovreuc corría a través del campo de batalla en busca de los supervivientes neonatos, pero hasta el momento no había encontrado más que muertos vivientes que se tambaleaban mientras gemían patéticamente. No comprendía cómo podía haber estado tan absorto en obtener su venganza del Paladín como para no advertir que algo no iba bien, ¿o realmente todo había sucedido tan rápido como parecía?
No importaba dónde mirase, pues a su alrededor no quedaba nada que no estuviese tocado por la muerte. Al fin dejó de correr mientras comprendía que no encontraría a sus hombres.
—Por los dioses, ¿qué ha pasado? –preguntó en lo que fue apenas un susurro.
Fue entonces cuando advirtió que no todos los muertos vivientes que podía ver en el campo de batalla habían sido miembros de la Legión de los Cien Corazones o de los Neonatos, pues algunos parecían más bien sencillos campesinos y otros vestían antiguas armaduras de escamas que nada tenían que ver con las de los caballeros. Sin embargo todos los desconocidos tenían algo en común: sus cuerpos aparecían parcialmente descompuestos y sus ropas y armaduras mostraban avanzados signos de putrefacción mientras que las armas, que iban desde espadas hasta improvisadas azadas, mostraban señales de óxido y podredumbre. Mirar el rostro de cualquiera de esas criaturas era como mirar a la mismísima muerte, pues unas cuencas vacías devolvían la mirada mientras un lamento fúnebre escapa de bocas descarnadas. Los huesos podían verse a través de desgarrones en la piel y en algunos casos era posible incluso apreciar los órganos del muerto viviente, dejados al descubierto por la piel desprendida.
Al asesino le estaba suponiendo un grandísimo esfuerzo mantener la calma. Esos gritos amenazaban con volverlo loco de un momento a otro. Sacudió la cabeza y reunió todas sus fuerzas para echar otro vistazo a su alrededor. No demasiado lejos de su posición advirtió que un grupo de guerreros de la Alianza estaba a punto de verse desbordado por la marea de muertos vivientes que acabaría con ellos al igual que habían hecho con todos los humanos que encontraron. Eran sus enemigos, pero algo dentro de él le dijo que si querían salir de esa con vida iban a necesitar toda la ayuda posible. Tal vez no había sido tan buena idea separarse de Nírlem, después de todo. Podían ser enemigos, pero contra un ejército de muertos vivientes cualquiera capaz de respirar era un aliado en potencia.
Echó a correr hacia el grupo de supervivientes consciente de que probablemente habría resultado más sensato ocultarse hasta que todo eso hubiera pasado, pero dudada que él solo pudiese hacer nada contra un enemigo semejante. Con un rápido movimiento empuñó su rifle pesado, un arma excepcional a la que le habían aplicado diversas mejoras mecánicas, y disparó hacia la multitud. El proyectil de plomo ardiente destrozó la cabeza de uno de los muertos vivientes y este cayó al suelo como un muñeco roto, pero seguían siendo demasiados. Realizó un par de disparos más y después se colgó el arma del hombro, desenfundó sus dagas y cargó contra los muertos vivientes.
Los combatientes de la Alianza miraron asombrados al hombre que acudía a rescatarlos, uno de los líderes de sus acérrimos enemigos ahora convertido en improvisado aliado.
—¡Legión, por el corazón! –gritó el Corazón Próximo que lideraba al grupo de caballeros y mercenarias que trataba de resistir.
Sus subordinados reanudaron el ataque con renovado vigor, motivados por la intervención del neonato. Dos postulantes rasos contraatacaron a ambos lados de su líder mientras una oteadora utilizaba su ballesta para abatir al enemigo desde detrás de los caballeros. Otra de las mujeres, una de las temidas recaudadoras, hacía lo mismo con su arco; los cinco miembros de la Alianza se encontraban acorralados contra un risco.
Los muertos vivientes se desmoronaron como trigo ante una guadaña cuando Ovreuc cayó sobre ellos, rápido y letal como una serpiente con colmillos de acero. Sin embargo por cada uno que caía otro ocupaba su lugar; la marea de espectros parecía no tener fin.
—¡Es suficiente! –El grito resonó con fuerza y las criaturas sobrenaturales detuvieron su ataque, después se apartaron y entre la muchedumbre de muertos vivientes surgió una figura majestuosa y terrible como una criatura de pesadilla—. Es suficiente –repitió.
Ovreuc miró a ente espectral que había dado la orden y por un momento sintió que perdía la cordura. Era un caballero, pero no tenía nada que ver con los hombres de la Legión de los Cien Corazones. Su armadura parecía surgida de las historias del pasado, y su rostro estaba cubierto por un yelmo astado en cuyo fondo podían verse dos ascuas ardientes, dos ojos de fuego que observaban con una calma inhumana a los hombres y mujeres que habían osado contraatacar.      
Una explosión de oscuridad y frío surgió del espectro y derribó a los supervivientes, momento que aprovecharon los espectros para arrojarse sobre ellos. Los gritos de los desafortunados parecían surgidos de terribles pesadillas.
—¡He dicho que ya basta! –gritó el ser—. ¡Necesito a alguno con vida!
Sus súbditos inmovilizaron a los pocos que todavía vivían: el Corazón Próximo, las dos mujeres y el líder de los asesinos. Con un gesto del ser eterno los muertos se levantaron de nuevo, sus rostros carecían ya de toda humanidad.
—¿Qué... qué eres tú? –preguntó el caballero, negándose a someterse al miedo que le provocaba la criatura espectral.
—¿De verdad no lo sabes? –su voz, como el ruido de una daga arañando un trozo de metal, era capaz de provocar escalofríos solo con escuchar sus palabras de ultratumba.
—¡No, maldita sea! –La mera presencia de la inhumana criatura hacía que al miembro de la Legión de los Cien Corazones le temblasen las piernas, pese a que siempre se había considerado un hombre valiente.
—Darlime se ha olvidado de mí, de nosotros –susurró el caballero de la muerte, decepcionado—. Ha pasado tanto tiempo... –El espectro clavó su mirada ardiente en el caballero—. Legión... –el susurro se clavó en la mente del hombre como cristales en la carne, un grito desgarrador surgió de su garganta—. ¡Legión!
—¡No! –suplicó el caballero—. ¡No!
El ente espectral hundió los dedos fantasmales en la cabeza de su víctima y comenzó a indagar en busca de algo, sin embargo el terrible bramido de dolor del caballero le hizo apartar la mano cuando este cayó sin sentido a sus pies.
—¡Maldito seas! –gritó una de las mujeres—. ¡Que los dioses te lleven, mil veces maldito seas!
—Tú serás la siguiente –advirtió el ente mientras se acercaba a las dos supervivientes de la Alianza inmovilizadas junto a Ovreuc.
—¡No! –gritó—. ¡No, eso no!
No hubo piedad para ella. Al igual que había hecho con el caballero el ente espectral hundió su mano incorpórea en la cabeza de la mujer y comenzó a buscar algo, a remover las brumas de su mente. Pero la mujer, también al igual que el caballero, no pudo soportarlo: su cuerpo empezó a convulsionarse hasta que la vida le abandonó acompañada de un grito desgarrador. Sus restos quedaron postrados en el suelo entre el barro y la lluvia. Unos instantes más tarde se movió y se puso en pie una vez más, pero esta vez lo hizo como muerta viviente.
—Ya que no has podido serme de utilidad en la vida al menos me servirás en la muerte –proclamó el ente—. ¿Quién es el siguiente? –sus ojos recorrieron a los dos supervivientes.
—¿Por qué no pruebas conmigo? –Ovreuc devolvió la mirada a la criatura fantasmal, sus ojos verdes relampaguearon a causa de la ira—. Veamos qué sabes hacer.
El espectro no se molestó en responder, simplemente se aproximó a él y después de observarlo con detenimiento enterró su mano en el cráneo del neonato. Este apretó los dientes con fuerza para evitar gritar pese a que el dolor le recorría todo el cuerpo.
—Tu voluntad es fuerte –dijo el caballero espectral—. Tal vez pueda obtener algo de ti.
Ovreuc sintió que recuerdos de su pasado regresaban a su mente para después escurrirse de nuevo, como si alguien intentase coger agua con los dedos. Pudo rememorar docenas de imágenes, toda una cascada de vivencias que parecían querer volverlo loco. Al cabo de unos minutos que a él le parecieron horas el caballero espectral sacó la mano de su cabeza y lo miró fijamente.
—Bastardo –escupió el asesino, que sentía todo su ser puesto del revés.
—Tú servirás –dijo el ente—. Puedes soportar mi búsqueda y lo que he visto en tu interior me dirá lo que quiero saber, pero tendré que profundizar mucho más en tu mente. ¿Podrás soportarlo, mortal? No quiero que mueras antes de que saque de ti lo que necesito.
—Vete al cuerno –replicó el aludido.
—Nos lo llevaremos –el caballero espectral se dirigió a su horda de muertos vivientes—. Y también a la mujer, sus conocimientos pueden resultar útiles si consigue soportar el proceso. Matad al otro, tendrán el honor de unirse a mi ejército en la muerte.
Una muchedumbre de muertos vivientes alzó sobre sus cabezas a Ovreuc y a la mercenaria, que apenas pudieron oponer resistencia cuando se los llevaron en pos del ente fantasmal. Tras ellos solo quedaron los gritos de muerte del Corazón Próximo, que pronto se alzaría de nuevo.


—No te diré nada.
Ovreuc era consciente de su difícil situación, rodeado por entes espectrales y muertos vivientes se encontraba por completo a merced del caballero fantasmal que lo escrutaba con sus ojos ardientes. A escasa distancia de él estaba también la superviviente de la Alianza, sumida en un extraño sueño mediante los poderes del caballero espectral.
—Lo cogeré yo mismo, mortal –dijo la criatura, su voz gélida y abrasadora al mismo tiempo hizo que el asesino rechinase los dientes—. Entraré en tu mente y me llevaré lo que necesite, no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Tan solo intenta no morir hasta que dé con lo que necesito.
—¿Qué... qué buscas? –El prisionero miró con desesperación la mano translúcida que se aproximaba a su cabeza, sabía que el ente estaba en lo cierto.
—Venganza –dijo este—. La Hermandad de los Cien Corazones pronto recibirá el castigo que merece.
—¿Hermandad?
—Así se hacían llamar en mi época, aunque al parecer ahora son conocidos por otro nombre. Pero ven, hay mucho que debo saber.
Cuando la mano del caballero espectral entró en su cerebro Ovreuc lanzó un grito desgarrador mientras sentía que los recuerdos de días pasados regresaban a su mente como un torrente imparable. La criatura esbozó una sonrisa cruel y se concentró en aquellos que trataban sobre los caballeros.

viernes, 14 de octubre de 2011

Prólogo de El Rey Caído (SPHEREWARS)

Pues sí, he vuelto. Después de casi dos semanas de ausencia a causa de ciertos problemas de conexión ya estoy aquí para seguir dando guerra. Y como este mes ha estado la cosa muy parada (precisamente por esos motivos) vamos a empezar a subir material al blog. Por lo pronto tenéis el prólogo de El Rey Caído, la novela de SphereWars que será novedad en las próximas navidades. En breve los capítulos 1 y 2 de la misma y muchas cosas más, permaneced atentos al blog.
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Prólogo

Salssa´el, diosa de la vida, observaba Saphir desde el panteón divino donde ella y sus hermanos vigilaban tanto ese como el resto de los incontables mundos habitados por sus criaturas. La deidad lanzó una mirada de soslayo a los otros dioses, pero estos se encontraban enfrascados en una de sus habituales discusiones y no parecían siquiera advertir su presencia.
—¡Esto es intolerable! –la voz de Mohed, Señor de la tierra, la roca y la arena resonó como un alud de piedras montaña abajo. Salssa´el no pudo evitar estremecerse solo con escucharlo—. ¡Los mortales jamás debieron tener acceso a la Quintaesencia!
—Nuestra traicionera hermana ya ha sido castigada por eso –recordó Kurgan, el dios de los mares y del hielo. Sus palabras resultaban frías y penetrantes como agua helada—. ¿Qué más quieres que hagamos?
—Esta esfera se nos ha ido de las manos –añadió Kazag, señor del fuego y de la incineración; cuando hablaba era como escuchar el crepitar de un gran incendio—. Sigo pensando que deberíamos destruirla, a fin de cuentas, tenemos muchas más en las que enfrentar a nuestras criaturas.
—Yo siento curiosidad por ver hasta dónde pueden llegar los humanos. Mis hijos han demostrado una capacidad de adaptación que supera a la de cualquier otra raza de las miles que hemos creado en las distintas esferas. –Malesur, señor del viento, miraba con cariño hacia Saphir, donde los humanos a los que él mismo había dado forma continuaban disputándose el territorio divididos en distintas facciones.
—Puede que los creases tú –intervino de nuevo Mohed—, pero esos ya no son tus hijos. Con la excepción de los que viven ocultos en los bosques, los demás se han olvidado por completo de ti y te han dado la espalda.
—Es posible, pero yo no se la he dado a ellos –replicó Malesur con férrea determinación.
—En cualquier caso el juego debe continuar –indicó Kurgan—. Llevamos compitiendo entre nosotros desde que dimos forma a la primera esfera. Nuestras criaturas reciben el don de la vida que otorga nuestra hermana tan solo para enfrentarse unas con otras en el duelo cósmico que libramos desde hace eónes. ¡No vamos a permitir que la intervención de la estúpida Salssa´el nos obligue a dejar de lado esta esfera!
—Hablando de nuestra hermana, ¿dónde se ha metido? –preguntó Mohed—. Desde que recibió su castigo y arrebatamos la inmortalidad a sus criaturas se muestra tan taciturna y melancólica que temo que pueda hacer alguna tontería.
—Olvídate de ella –dijo Kurgan—. Todavía hay mucho que ver en Saphir. Venid, estoy seguro de que pronto caerán esos Neonatos pese al poder de la Quintaesencia con el que nuestra engañosa hermana les obsequió.
Los cuatro hermanos se reunieron ante la cúpula celestial y escrutaron con interés los acontecimientos que se desarrollaban en Saphir mientras la quinta divinidad los observaba desde las sombras, llena de rencor y odio hacia aquellos que le habían castigado a través de su más preciada creación: los trascars, los únicos seres a los que dio forma al romper la ley que le prohibía crear algo por sí misma. Tanto ella como sus criaturas pagaron un alto precio por su desobediencia, pero no estaba dispuesta a que las cosas quedasen así. No podía soportar por más tiempo lo que sus cuatro hermanos estaban haciendo con ella y con todos los seres a los que le obligaban a dotar de vida.
Salssa´el aprovechó que los dioses elementales estaban distraídos con guerras y batallas para marcharse de allí, pues tenía asuntos de los que ocuparse. Llevaba muchísimo tiempo ideando un plan con el que vengarse de sus hermanos y finalmente había encontrado la forma de hacerlo. Sabía que no podía volver a crear criatura alguna, pues si bien tan solo lo había hecho en una ocasión, fueron sus hijos quienes pagaron el precio por sus actos cuando les fue arrebatada la inmortalidad con que ella les había obsequiado. Si volvía a intentar algo semejante no dudaba que sus hermanos los erradicarían de la faz de Saphir con un solo gesto. Así pues llegó a la conclusión de que debía encontrar otros emisarios que pudiesen actuar en su nombre. Sin embargo después de discurrir sobre ello se le planteó una nueva pregunta: ¿cómo podía hacerlo cuando solo se le permitía dar vida a las criaturas de sus hermanos? Al fin había dado con la respuesta: ella era la diosa de la vida, sí, pero también de la muerte. Ella era la única de entre los cinco hermanos que tenía poder sobre la vida y la muerte, motivo por el que los otros cuatro dioses precisaban de su ayuda para crear a sus criaturas. Decidió por tanto que puesto que no podía originar nuevos seres que le ayudasen a ejecutar su venganza y tampoco unir a su causa a las creaciones de sus hermanos, tan solo había un lugar en el que podría encontrar aliados: el otro mundo, más allá de la vida y de la muerte, el lugar al que van las almas cuando parten de sus cuerpos mortales. El único lugar al que los otros cuatro dioses no tenían acceso.
Serían los muertos los que le ayudarían a llevar a cabo sus planes. Resultaría de lo más apropiado, pues ellos debían ser el instrumento mediante el cual se vengaría, no solo de sus hermanos, sino también de los humanos conocidos como Neonatos. El líder de esta facción había recibido tiempo atrás el regalo de insuflar vida de manos de la propia Salssa´el y, para su decepción, en lugar de usarlo para honrarla y ayudarle a llevar a cabo sus planes, la traicionó e incluso fue el causante de la muerte de un elevado número de trascars. Ese día Salssa´el cambió: desde entonces tan solo vivía para la venganza.
Una vez tuvo eso claro no le costó esfuerzo dar con un alma poderosa y que, al igual que ella, se encontraba ansiosa de venganza. Otorgarle el poder de la muerte tan solo requirió suave un soplo por su parte.
Un castigo terrible estaba a punto de caer sobre los habitantes de Saphir, un castigo al que los propios dioses no sabrían cómo hacer frente. Ella, diosa de la vida, había abrazado la oscuridad de la muerte y sacrificado su identidad misma, un precio muy elevado, para cobrarse su venganza. Y sin embargo todavía estaba dispuesta a dar mucho más a fin de castigar a sus hermanos.


La lluvia repiqueteaba entre las ruinas del antiguo Castillo de Malakoy. El cielo estaba cubierto de nubes negras cargadas de agua entre las que saltaban algunos relámpagos; la tormenta estaba a punto de estallar.
Los siglos habían hecho mella en los restos de la antigua fortaleza. Los pedazos del que fuese el castillo del más poderoso linaje que jamás había gobernado Darlime no eran más que un tenue recuerdo de una época ya muy lejana, una época mejor, en la que los humanos todavía estaban unidos y combatían contra sus enemigos como un único pueblo. Eso quedaba muy atrás. El presente resultaba terrorífico para el futuro de la humanidad, pues no solo se encontraba dividida en facciones enfrentadas, sino que, además, eran muchos los enemigos que buscaban su exterminio.
Una figura se alzaba entre los restos del castillo sin apartar la mirada de las ruinas. Era la silueta de un antiguo rey, del que fuese un poderoso guerrero y un gran estratega y líder. En su raída capa podía verse el blasón de Malakoy, descolorido y estropeado por el tiempo.
Un relámpago restalló entre las nubes y su luz iluminó durante solo un instante al ente que posaba la mirada en los restos de su antiguo hogar. Su armadura, forjada para ser llevada por reyes y emperadores, le daba un aspecto imponente y majestuoso que se veía potenciado por el mandoble cruzado a la espalda, un arma de hoja oscura y envilecida por el poder de la muerte.
Con movimientos calmados pero decididos la criatura se quitó el yelmo que cubría su rostro y dejó a la vista unos ojos fríos como el hielo y enmarcados por una cascada de raído cabello oscuro. Su piel pálida parecía el reflejo de la misma luna.
—Malakoy... –fue solo un susurro, pero habría sido capaz de provocar la locura en el más cuerdo de los mortales—. Mi linaje ha desaparecido y con él todo aquello por lo que luché. Pero ahora he vuelto y la Hermandad de los Cien Corazones deberá pagar con sangre por lo que hizo, pues Jeryk Malakoy camina de nuevo entre los vivos.
Salssa´el le había prometido devolverle a su ejército para que le ayudasen en su búsqueda de venganza y era el momento de que la diosa cumpliese su promesa. El espectro alzó los brazos hacia el cielo oscuro y lanzó una llamada siniestra y silenciosa que recorrió todo Darlime. Al principio no ocurrió nada, pero poco a poco comenzaron a escucharse lamentos hasta que los primeros de entre los caídos se alzaron para acudir a la invocación del que fuera su Emperador durante sus vidas; también lo sería en la muerte.
Jeryk Malakoy sintió cómo acudían las almas de campesinos y plebeyos fieles a los Malakoy, pero también las de soldados, caballeros y hechiceros que defendieron hasta su último aliento al que fuera Emperador de Darlime hacía ya tanto tiempo.
—Salssa´el, tú me has devuelto la vida y a mi ejército. No te fallaré –susurró el caballero espectral—. Tus enemigos, al igual que los míos, caerán a mi paso.
La tormenta arreció y empapó a los fantasmas del pasado que una vez más se alzaban para combatir por su Emperador.
El Rey Caído había regresado a Darlime.